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¿ES UNA CITA?
Sofía
Decir que hacía tiempo que no me despertaba tan cansada puede parecer un tópico.
Vale, lo de anoche fue… guau. No puedo ni recordarlo sin que se me cruce una sonrisa idiota. Fue salvaje, fue tierno, fue apasionante y, joder, ¡tuve tres orgasmos!
Tengo que remontarme a… Nunca para recordar algo así. Nunca con Robert, con el que daba gracias si al final conseguía correrme. Así que, sí, fue la mejor noche sexual de mi vida. Absolutamente.
Pero mientras voy asimilando lo que pasó, no es solo eso lo que me pone esta sonrisa en los labios.
Anoche nos quedamos dormidos enseguida, abrazados, y ninguno de los dos dudó de si yo me volvía a mi habitación o si él me pedía que me fuera.
Terminamos y, cuando volvió del baño, simplemente me besó, me abrazó y se quedó dormido casi en el acto.
A mí me costó un poco más. Y cada vez que intentaba despegarme un milímetro, me agarraba de manera inconsciente, pegándome más a él.
Hacía… Creo que nunca había pasado la noche entera con un chico. Ni qué decir tiene que menos todavía con Robert.
Mierda… Robert. Esto va a ser muy raro. Pero ya lo pensaré más tarde. Mucho, mucho más tarde.
Acabo de escuchar a Jacob despertarse, pero sigo haciéndome la dormida. No entiendo muy bien por qué, supongo que porque necesito unos minutos a solas conmigo misma para procesar todo lo ocurrido en esta habitación.
Porque me he despertado antes que él y, al notar sus brazos todavía alrededor de mi cuerpo, me he vuelto a encender de golpe.
Los recuerdos de anoche han regresado uno a uno: la forma en la que se hundió entre mis piernas, sujetando mi cintura contra el colchón, cómo no me soltó hasta que me corrí en su boca.
Y es jodidamente vergonzoso despertarse mojada y cachonda. O a lo mejor no. Podría darme la vuelta, besarle el cuello, bajar por su pecho hasta llegar a esos abdominales que las chicas de la piscina no podían dejar de mirar, pero que solo yo disfruté. En primera línea.
¿Qué pensaría si hago eso? Podría seguir bajando, y bajando, hasta conseguir que se fuera despertando. Y luego… bueno, podría hacer que se despertara algo más en él.
Sofía, joder, céntrate.
¿Qué coño me pasa? ¿Ha despertado algo en mí que no sabía que tenía? ¡Llevo solo cinco minutos despierta y en lo único en lo que puedo pensar es en chupársela!
Pero a ver, usemos la cabeza… ¡Es Jacob! ¿Qué se supone que vamos a hacer ahora delante de los demás? ¿Qué va a pasar cuando volvamos a UCLA?
Jacob se está moviendo, lo noto. ¿Y… espera, me está oliendo?
Intento no moverme, porque como siga así, voy a tirarme encima de él.
Respira, respira.
Parece que se aparta, que por fin se está levantando, pero yo sigo con los ojos cerrados, haciéndome la dormida, hasta que escucho el suave clic de la puerta al cerrarse.
Me quedo un par de minutos más en la cama, saboreando el silencio, antes de levantarme con sigilo y escabullirme al baño.
La ducha ayuda, por supuesto. Al menos para despejarme la mente y calmar el calor que arrastro desde que me he despertado, pero no borra ni un ápice el recuerdo de sus manos en mi piel, de sus labios en cada centímetro de mi cuerpo.
Cuando salgo con una toalla enredada en el pelo y la ropa limpia del día anterior, el olor a café recién hecho me guía directa hasta la cocina.
Jacob está allí, con la espalda apoyada en la pared y la mirada perdida. Tiene una taza humeante entre las manos. Lleva puesta una camiseta cómoda y ese aire despreocupado que le he conocido aquí, en Palm Springs, tan diferente al que suele mostrarnos en UCLA, entre clases y batas de laboratorio.
Cuando me ve entrar, se queda en silencio. Su expresión cambia, volviéndose indescifrable. Me dedica una sonrisa que intento interpretar sin éxito; no sé qué significa, pero sé de sobra que no se parece en nada a la complicidad de anoche.
—Buenos días. He hecho café —dice, tendiéndome una taza—. No sé cómo lo tomas, pero he pensado que te haría falta.
—Buenos días —le contesto—. Y gracias.
Jacob agacha la cabeza, esquiva mi mirada y se pone a mirar hacia otro lado. Incomodidad pura.
Ya está. Se arrepiente de lo de anoche.
Claro. Yo lo provoqué para que me besara. Lo encendí y ahora, con la luz del día, le pica la conciencia. Lógico. Jacob no es un simple estudiante de la facultad, ni uno de esos tíos con los que te acuestas una noche y haces como si nada al día siguiente.
Es mi tutor de prácticas. El profesor sustituto cuando Robert no está. Ay, joder… ¡Y por si fuera poco, Robert es su tío!
Mientras le doy vueltas a todo eso, Jacob desliza sobre la encimera unos papeles arrugados. Los miro de reojo y se me cae el alma al suelo: son unas notas que los demás debieron dejarnos anoche, cuando volvieron de la fiesta. Está clarísimo que se han enterado de todo.
Por supuesto que se arrepiente de haberse acostado conmigo.
—Tus compañeros de prácticas parece que vinieron muy entrada la madrugada —me dice, observándome con cautela—. O más bien ya de día.
—Sí. Ya veo —respondo, tragando saliva.
Las cojo una por una, leyendo las gracietas y sintiendo cómo el aire me empieza a faltar en los pulmones.
—Por cierto, si necesitas entrar en tu habitación, debes saber que Owen está dentro con tu amiga.
Me giro como un resorte hacia el pasillo con los ojos abiertos de par en par.
—¿En serio? Vaya tía, no pierde el tiempo.
—No. Por lo visto, se lo pasaron muy bien anoche.
Joder, joder… Claro, ellos disfrutaron de su particular fiesta, y Jacob tuvo que hacer de niñera y cargar conmigo hasta este puto apartamento.
—Sí, bueno… —murmuro, sintiendo que la situación empieza a quedarme grande.
Jacob me mira a los ojos, interrumpiendo el desastre de mis pensamientos con una tranquilidad que contrasta con mi pánico:
—Sofía… ¿Has subido alguna vez al monte San Jacinto?
La pregunta me pilla completamente desprevenida. Cuando pensaba que Jacob estaba muerto de miedo y arrepentido hasta las cejas, él empieza a darme una serie de detalles sobre todo lo que ha estado pensando.
—Los chicos están durmiendo y no creo que se vayan a despertar pronto —me dice, con esa seguridad calmada que vuelve a desconcertarme.
Me enseña una de las notas, precisamente una que escribió Amber en la que nos piden literalmente que los dejemos morir en paz. Luego saca el móvil y me muestra el itinerario que ha estado planificando mientras yo me duchaba y, rematando la jugada, me mira fijo a los ojos:
—¿Qué me dices? Nos vendrá bien aire fresco a los dos.
Solo consigo asentir con la cabeza y regalarle una sonrisa tonta. Así que, en menos de media hora, cogemos la furgoneta y nos dirigimos por la carretera hacia el norte de la ciudad, directos al Palm Springs Aerial Tramway , el famoso teleférico situado a los pies de Chino Canyon.
No hay demasiados turistas haciendo cola y la verdad es que es completamente comprensible.
Es muy temprano y esta zona de Palm Springs, en plenas fechas de vacaciones universitarias, está casi reservada en exclusiva para el tipo de turismo al que hemos venido: el de piscina, fiestas, alcohol y desenfreno nocturno.
Nadie madruga por voluntad propia a menos que tenga una resaca monumental o, como nosotros, una urgencia distinta por escapar.
Aparcamos sin problemas y nos acercamos a una estación de aspecto moderno encajada en la base de la montaña. Compramos los billetes rápido y, en menos de nada, estamos subiendo a una cabina enorme.
Y joder, en cuanto aquello empieza a moverse, no puedo creer que no conociera este sitio. Es increíble.
Se trata de una cabina gigante que va girando despacio sobre sí misma mientras sube.
El suelo se desplaza de forma imperceptible y, antes de que me dé cuenta, tengo todo el Valle de Coachella a mis pies, reduciéndose a una cuadrícula de piscinas y tejados mientras dejamos atrás el calor seco y asfixiante del desierto.
—Vaya —susurro en voz baja, pegada al cristal, con una media sonrisa mientras veo cómo se extiende el paisaje—. Esto es precioso.
A medida que ascendemos por los cortados de roca, el paisaje da un giro radical. El calor sofocante del desierto empieza a quedarse atrás, y el suelo árido de la llanura de Palm Springs da paso, poco a poco, a una masa de pinos altísimos que parecen sacados de otra película completamente distinta.
Con el cambio de altura, el aire dentro de la cabina empieza a refrescar de golpe. Noto cómo la brisa fría me corta la piel a través de la ropa y, de manera instintiva, cruzo los brazos y me abrazo a mí misma para defenderme de la helada.
Jacob, que está a mi lado, reacciona al instante. Aprovecha que el resto de los turistas tienen puesta toda la atención en el paisaje al otro lado de la cristalera para dar un paso hacia mí. Me rodea los hombros con su brazo y me pega contra su cuerpo, compartiendo su calor.
El contraste al salir de la cabina es brutal.
El aire aquí arriba es puro, frío y huele a pino mojado, nada que ver con el bochorno del desierto.
Caminamos junto al resto de los turistas un par de minutos hasta que Jacob me coge suavemente de la mano y me desvía por un sendero secundario, bordeado de rocas y árboles gigantes, alejándonos del resto de turistas.
Llegamos a un saliente de piedra que hace las veces de mirador natural. Desde aquí, el Valle de Coachella parece una maqueta diminuta allá abajo, perdida entre una bruma lejana.
—Qué maravilla —digo, soltando el aire mientras me asomo al borde.
Jacob no mira al paisaje. Se coloca justo detrás de mí, apoyando las manos en la fría roca a ambos lados de mi cuerpo, atrapándome en su propio refugio contra el viento. Noto el calor de su pecho pegado a mi espalda, protegiéndome de la brisa helada.
—¿Te gusta? —murmura contra mi oído.
—Me encanta —respondo, girando ligeramente la cabeza.
Sus ojos se desvían un segundo hacia mis labios y, sin decir nada, rompe la distancia.