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¿QUÉ SUCEDIÓ ANOCHE?
Jacob
Decir que estoy nervioso como un adolescente en su primera vez no es una exageración.
Lo estoy.
Mucho más, quizás, que en aquella época. Puede sonar estúpido a estas alturas: he tenido sexo recurrente con Cindy, relaciones despreocupadas y casuales con mi vecina Chloe y con alguna chica de la universidad, sin contar las noches locas de la fraternidad.
Pero ahora tengo entre los brazos a una chica que me importa de verdad. Mucho más de lo que planeé en un principio.
Y no me importa solo por cumplir en la cama, por dejarla satisfecha o con ganas de repetir. Aunque, joder, todavía no lo hemos hecho ni una sola vez y ya me estoy dando cuenta de que esto es exactamente lo que quiero repetir el resto de mi vida.
Estoy nervioso a un nivel que me hace temblar las manos cada vez que la toco. Y ahora es ella quien me acaricia a mí, agitando un torbellino tan intenso que siento que podría correrme antes de empezar.
Bien. Estoy jodidamente acojonado por eso también. Por fallar. Por no estar a la altura de unas expectativas que yo mismo me he impuesto.
¿Cuánto deseo follarla?
Lo que me quema por dentro no es solo deseo, ni siquiera pura necesidad. Es algo tan denso que ni yo mismo sé cómo nombrarlo, y desde luego no puedo decírselo sin espantarla.
Pero sí, claro que puedo demostrárselo.
Me enderezo un poco sobre los codos, apartándome lo justo para observarla desde arriba. En silencio, bajo la tela del bikini por sus muslos mientras trazo un rastro invisible con la yema de los dedos sobre la piel de su cadera.
Mis ojos se detienen en la cicatriz de su costado. Ya la había visto en la piscina, y me muero de curiosidad por saber de dónde salió. Pero eso tendrá que esperar; ahora mismo tengo a una mujer preciosa, ardiente y completamente desnuda bajo mi cuerpo.
Vuelvo a descender y le cubro el cuello de besos lentos.
Ella arquea las caderas, buscando la fricción, y, joder, me vuelve loco verla así, perdiendo el control por mi culpa.
Sigo bajando por sus pechos para continuar luego por su cintura, hasta detenerme ahí abajo.
En ese punto alzo la vista para buscar su permiso.
Tiene los ojos cerrados con fuerza y se muerde el labio inferior.
Al notar que me he detenido, los abre de golpe y me devuelve la mirada. Hay un incendio en sus pupilas que me termina de romper los esquemas.
—Jacob, por favor…
No dejo que termine y voy justo al lugar que necesita. Pongo mi boca en su coño, húmedo y caliente. Y es una puta maravilla.
Ella se pone rígida por una fracción de segundo, elevando las caderas en busca de más, hasta que le planto una mano firme sobre el vientre para sujetarla contra el colchón, mientras me pierdo por completo en su cuerpo.
El dormitorio entero se impregna del sonido húmedo de mis labios trabajando sin descanso, mezclado con los gemidos de Sofía, mientras noto cómo pierde el control bajo mi lengua, directa hacia el orgasmo.
Y cuando llega, mis nervios desaparecen por completo. Verla así, deshecha y satisfecha, me inyecta una seguridad salvaje. Me siento más valiente que en toda mi vida.
Ella sonríe con los ojos cerrados mientras su respiración lucha por volver a la normalidad. Me levanto de la cama de un salto, impulsado por una urgencia ciega, pero con una capa extra de confianza.
Ahora sí: necesito follarla.
—¿Dónde vas? —me pregunta, abriendo los ojos de par en par.
—¡Vuelvo enseguida!
No tardo ni un minuto. Tal como recordaba de cuando vaciamos las maletas al llegar, Owen tiene una caja de condones en la mesita de noche; nos la enseñó en cuanto entramos en la habitación, sacando pecho, aunque a estas alturas ya le falta la mitad, probablemente porque se los ha guardado para llevarse a la fiesta de esta misma noche.
Cuando regreso, Sofía está apoyada sobre los codos, mirándome con el ceño fruncido. Le muestro la caja en la mano y ella sonríe.
—¿A quién le has robado los condones? —pregunta, divertida—. No habrá sido a Arjun, ¿verdad?
—No. Owen ha presumido un poco antes —contesto, subiendo de nuevo a la cama—. Los vi en su habitación al llegar. Es buen chico, pero un poco fantasma.
—¿Y tú? ¿No has traído los tuyos? Has sido muy poco previsor.
—No, Sofía —le digo, cambiando el tono de voz, sin apartar la mirada ni un segundo—.
Puede que otros vengan buscando rollos de una noche, con las maletas llenas de preservativos solo para divertirse.
Pero yo no he venido a eso. Yo solo he venido por ti.
Y ahora mismo voy a encargarme de que no te quede ninguna duda de cuánto deseo follarte.
Un rayo de sol se cuela por la rendija de la persiana y me da de lleno en el ojo.
Me despierto con la extraña sensación de haber corrido una maratón: tengo los músculos entumecidos y el cuerpo cansado, pesado, pero de la mejor manera posible.
Sin embargo, en cuanto el cerebro me hace clic y termino de ubicarme, todo cambia de golpe.
Una sonrisa idiota se me dibuja en los labios, imposible de contener, estúpida y feliz.
Sofía duerme desnuda a mi lado. Tiene las sábanas enredadas entre las piernas y el rostro relajado en una calma absoluta.
Su piel sigue desprendiendo un calor que me tienta a volver a besarla, a despertarla despacio. Pero duerme con tanta paz que me contengo. Fuera hace el fresco típico de la mañana, y el apartamento entero está sumido en un silencio absoluto.
Me deslizo fuera de la cama con sumo cuidado, procurando no hacer el menor ruido, y me pongo lo primero que encuentro a mano.
Al salir al salón, los ronquidos de Arjun me guían hasta su habitación. Me asomo un segundo: está solo. Ni rastro de Owen. Parece que el chico debió triunfar anoche.
Avanzo hacia la cocina, pero un movimiento me detiene al llegar al pasillo.
Doy un paso atrás y me aparto hacia la pared.
Es Owen. Viene medio tambaleándose, de vuelta del baño en calzoncillos y con los ojos medio pegados por el sueño.
Antes de que me vea, entra en la habitación de Amber y cierra la puerta sin hacer ruido.
Joder, este giro no lo veía venir, aunque no me sorprende del todo, Owen mostro interés en la chica desde el mismo momento en que subió a la furgoneta.
Paso de largo, compruebo que la puerta de Megan y Lily sigue cerrada a cal y canto, y me dirijo directo a la cocina con la esperanza de no encontrarme más sorpresas por el camino.
Sobre la encimera, justo al lado de la cafetera, descansa una nota escrita a prisa y a mano:
Llegamos muy tarde y muy borrachos. Por favor, dejad café listo.
Resoplo con una sonrisa y me giro hacia la nevera para buscar leche. Al ir a abrirla, me topo con un segundo post-it pegado directo en el tirador, escrito con un pulso desastroso:
Para los tórtolos: si sobrevivís al maratón de anoche y os dignáis a salir de la cueva, por lo que más queráis, NO nos despertéis para comer. Dejadnos morir en paz. Amber.
Al coger un vaso, veo otra.
Pregunta seria: ¿las prácticas de laboratorio tienen que ser obligatoriamente desnudos y en la misma cama? Porque si es así, yo renuncio ahora mismo. Buenos días, parejita. PD: Dejad café de verdad, no esa mierda de descafeinado.
Me tapo la cara con una sola mano, maldiciendo en voz baja.
Esto no estaba previsto, claro, pero ha sido maravilloso y no me arrepiento en absoluto.
Me importa una mierda lo que piensen o las bromas que se traigan con la situación, porque Sofía no es un simple rollo para mí.
Desde el mismo instante en que la besé, supe que quería todo con ella.
Todavía no sé qué etiqueta ponerle a esto, pero una cosa está clara: no tengo ninguna intención de que sea algo puntual. Al menos por mi parte.
No estoy dispuesto a que lo que sucedió anoche en Palm Spring, se quede en Palm Spring.