Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 29
61%

29

REACCIÓN EN CADENA EN

ENTORNO ESTÉRIL

Sofía

La fiesta alcanza su punto álgido. El ambiente es un hervidero con la música retumbando a todo volumen y el alcohol haciendo estragos en las risas de todo el mundo. Lily, el faro de la sensatez del grupo, se cuelga del brazo de un surfista con pinta de haber vivido más de juergas que de libros.

Jamás la habría imaginado con un chico así.

En mi cabeza siempre encajaba con alguien de la especie de Arjun, otra rata de laboratorio con ojeras crónicas.

Pero supongo que los chupitos de tequila tienen el superpoder de nublar los filtros habituales; ahora mismo, los ojos de Lily están pegados a los abdominales del muchacho como si fuesen el único salvavidas del Océano Pacífico.

De Owen y Amber ni rastro. Han desaparecido del mapa.

Si no tuviera la cabeza ocupada con otras cosas, me preocuparía por mi amiga.

Amber es un catálogo andante de peligro sexual y Owen...

Bueno, no es ninguna virgen desamparada, pero conociendo a mi amiga, sé que lo va a devorar vivo antes de la medianoche.

Megan y yo compartimos banqueta junto a la barra con Jacob y Arjun. Los chicos ya van por el quinto cóctel coronado con una palmerita de papel, mientras que yo planté la bandera en el primero. No tengo la menor intención de acabar haciendo la idiota como en la fiesta de los Bruins .

Aun así, el aire se vuelve pesado de repente. La humedad de la noche se me pega a la piel y me cuesta respirar con normalidad, sintiendo que el cuerpo empieza a pasarme factura.

Jacob no abre la boca. Me estudia en silencio desde su asiento, con una atención que empieza a ponerme nerviosa.

—¿Sofía, te encuentras bien? —pregunta, frunciendo el ceño con preocupación.

—La verdad es que me estoy agobiando. Hace demasiado calor aquí dentro.

Arjun y Megan giran la cabeza hacia mí, con la lentitud típica de los que ya llevan unas cuantas copas encima.

—¿En serio? —salta Megan—. No hace tanto. A lo mejor estás mareada. ¿Has bebido mucho?

—No, no... No es eso. Necesito salir, nada más.

Cojo la mochila del suelo y salgo hacia la calle con la única idea de respirar aire de verdad. No llego a cruzar la puerta cuando noto los pasos de Jacob pegados a mí.

—Ey, Sofía —escucho su voz a mi espalda—. Espera.

Cuando me giro, veo que me alcanza y me sujeta suavemente del brazo. Lleva la camiseta del revés, aunque parece que él ni se ha dado cuenta. De lo que sí me percato yo es de que sus ojos reflejan una preocupación que me deja casi sin palabras.

Lo miro y le señalo la prenda; él se apresura a arreglársela mientras yo intento disimular una sonrisa.

—¿Quieres que te acompañe al apartamento? —me pregunta—. Estás pálida. Podemos coger un taxi en un segundo.

—Vaya, profe... ¿Vas a convertir esto en una costumbre?

—¿A qué te refieres? —pregunta, desconcertado.

—Ya sabes, rescatarme de las fiestas, sacarme de apuros y llevarme a casa sana y salva. Esas cosas.

—Bueno, si lo necesitas, por supuesto. Soy tu hombre.

Asiento sin replicar, porque la verdad es que el estómago se me ha encogido del todo y las fuerzas empiezan a escasear. En menos de cinco minutos, el taxi nos deja en la puerta de la casa de alquiler.

El color me vuelve a las mejillas por entregas, sobre todo cuando entramos en la cocina y Jacob me prepara un brebaje que, según su infalible teoría, curaría cualquier mal sobre la faz de la Tierra.

No puedo creer que alguien que se ha tirado toda la semana encerrado en el laboratorio y preparando su tesis, ahora que tiene un respiro para divertirse, decida hacer de enfermero en vez de estar ligando con alguna de las chicas que no le han quitado el ojo en la piscina. Y han sido varias.

—¿Amber tiene razón? —suelto de golpe.

—¿Razón en qué? —me devuelve la pregunta, desconcertado.

Me adelanto, dejo el vaso sobre la encimera, sin apartar los ojos de los suyos, e insisto.

—Ella piensa que yo te gusto.

Jacob da un paso atrás. Lo veo tragar saliva, mirar hacia un lado y a otro. Pero no tengo ninguna intención de retroceder, ni siquiera de darle un respiro para que pueda pensárselo, porque yo, sinceramente… tampoco lo quiero pensar demasiado.

Ante su silencio, lo agarro de la camiseta y acerco mis labios a los suyos. Están tan cerca que cualquier palabra hará que terminen rozándose. Pero no hablo.

Le he preguntado yo, lo justo es que sea él quien me conteste. La pregunta es simple. Solo tiene que decir sí o no.

¿Le gusto o no?

Pero solo escucho su respiración, cada vez más agitada.

Vamos, Jacob, solo di que sí. Di que te gusto, pienso para mis adentros.

—Has bebido, Sofía —me dice en voz baja.

Es casi un susurro, como si temiera abrir demasiado la boca y que de esa forma nuestros labios se tocaran. Se separa un poco, poniendo distancia entre los dos.

—¿Yo? No. Solo he bebido un cóctel. No estaba mareada por el alcohol. Así que eso no te va a servir de excusa.

Me vuelvo a acercar y él retrocede de nuevo, hasta que choca con la encimera de la cocina.

—Vamos, profesor Jacob, eres un científico, estudias un máster. Es una pregunta sencilla. ¿Sí o no?

—Sofía, yo…—balbucea—, no es tan sencillo.

—¿Tú crees? Déjame demostrarte lo fácil que es.

No espero más. Me acerco del todo y pongo los labios a la altura de los suyos. Ni siquiera lo estoy besando, solo dándole permiso para que sea él quien lo haga. Le he dejado el camino despejado. Solo tiene que dar un paso tan pequeño que es casi ridículo.

No sé cuánto tiempo pasa, pero se me hace eterno. Al principio sus dudas, su resistencia me han parecido demasiado sexys ; ahora, cuando lo veo apretar la mandíbula, mirarme a los ojos con tanta seriedad, empiezo a pensar que me he equivocado.

Que quizás Amber se equivocaba también.

Que tal vez para Jacob solo soy la alumna que se follaba a su tío y todo lo que he visto me lo he imaginado.

Que me he imaginado sus miradas en el laboratorio cuando él pensaba que no me daba cuenta. Me he imaginado cómo me protegía en aquella fiesta después del partido. En cómo no ha apartado sus ojos de mí en cuanto me he quedado en bikini.

¿Me lo he imaginado todo?

Me humedezco los labios, solo un poco, en un gesto sutil. Y luego miro los suyos. Y este gesto ya no es tan sutil. Joder, ¿a qué espera? ¿Qué más tengo que hacer para que decida dar el paso?

Entonces, cuando casi he perdido la esperanza, me sujeta de las caderas.

Es un agarre firme, posesivo y seguro. Me empuja hacia la pared contraria hasta que mi espalda da con ella. Ahora es él quien se humedece los labios, ahora es él quien me los mira, y ahora soy yo la que trago saliva.

—¿Quieres una respuesta? —susurra muy cerca de mi boca—. No voy a decirte nada, pero sí voy a demostrarte lo mucho que me gustas.

Su boca está fresca y sabe a frutos rojos y lima. Me besa lentamente al principio. Sus labios toman todo el control, mordiendo los míos con cuidado para acariciarlos después con su lengua.

Es un beso de esos que no necesitan preámbulos.

Es un beso con unas intenciones claras. Toda la duda de hace unos minutos se queda en una estúpida broma cuando mete la mano por debajo de mi camiseta.

Me estremezco al contacto de sus dedos muy cerca de mis pechos. Pero no avanza. Solo sigue besándome y suspirando en mi boca. En este punto ya no hay momentos para preguntas; solo siento que, si no le gusto, lo disimula demasiado bien.

Mueve sus manos por toda mi espalda, y se para en el cordón de mi bikini. Ahí duda un poco, se detiene jugando con la tela, poniéndome nerviosa. Luego, con un movimiento lento y al parecer muy estudiado, lo desata; entonces sus manos dejan mi espalda para tocar mis pechos.

Los acaricia y noto cómo se me endurecen los pezones, que él coge entre sus dedos. No deja de besarme y a mí se me escapan los suspiros y los gemidos en su boca.

A este paso, estoy más mojada que cuando estaba en la piscina. Mucho más.

Jacob se separa unos centímetros de mí. Tiene algo en la mirada que no había visto nunca. Pasa la lengua por sus propios labios, como si estuviera saboreando los míos.

Yo soy incapaz de decir nada. No quiero estropear este momento.

Él me coge de los muslos y me levanta sin esfuerzo, poniendo mis piernas alrededor de su cintura.

No deja de mirarme en silencio y vamos caminando así hasta su dormitorio.

Cierra la puerta con un movimiento de su pie, sin dejar de comprobar que esto es justo lo que yo deseo y que lo hago con las mismas ganas que me está demostrando.

Me deja caer en la cama. Con cuidado, se pone encima y vuelve a besarme sobre las sábanas.

En segundos, la poca ropa que llevamos empieza a sobrar. Jacob arroja su camiseta a un lado y empieza a subir la mía, desde la cadera, con ambas manos, mientras toca cada centímetro de mi cuerpo.

Vuelve a relamer sus labios y traza un recorrido con su lengua desde el elástico de mis pantalones cortos hasta mis pechos. Me quita la camiseta por la cabeza y todo se descontrola a partir de ahí.

La paciencia, las dudas, o incluso las miradas pidiendo permiso. Todo desaparece.

Pasa la boca de un pecho a otro, chupando mis pezones, mientras yo me limito a sentir, a gemir y a disfrutar de su boca en mi cuerpo.

No creo que se deje ni un solo centímetro de mí sin probarme. Pero necesito mucho más, y empiezo a desabrochar mi pantalón. Lo siguiente es una especie de lucha por mantener el equilibrio y desnudarme sin separar nuestros labios.

Es complicado. Sobre todo, porque Jacob no parece tener intención de soltarme.

Cuando consigo quitarme el pantalón, noto perfectamente su erección a través de la fina tela del bikini.

Él gime más fuerte cuando le bajo el bañador lo justo para acariciar su polla con mi mano.

—Joder, Sofía —dice, mientras lleva sus labios a mi cuello.

Y escuchar mi nombre así me enciende todavía más de lo que estaba.

—Jacob, creo que ya has demostrado lo mucho que te gusto, pero ahora… —le susurro en la oreja sin dejar de acariciarle—. ¿Qué tal si me demuestras cuánto deseas follarme?