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¡HAY PISCINA!
Jacob
No sé si ha sido buena idea aceptar la invitación de los chicos. Pero Owen fue tan insistente que no me quedó más remedio. Luego está el hecho de que Sofía también irá, así que quizás la razón se me nubló y acepté sin pensarlo.
Conforme fue avanzando la semana, empecé a ser consciente de las consecuencias: voy a pasar un fin de semana entero encerrado con mi grupo de prácticas en un Airbnb en Palm Springs.
El viernes por la mañana llega mucho antes de lo que esperaba y han aparecido todos puntuales en el laboratorio. Pero Sofía viene con una sorpresa. Al menos para mí. Al final no solo he sido yo al que han invitado a Palm Springs.
También viene Amber, la amiga de Sofía.
La amiga que se acercó a mi stand el día de la feria de actividades y la que, al parecer, se dio cuenta de que mi interés por Sofía va más allá del académico. La misma que casi me saca los ojos cuando pensó que me había aprovechado de ella en la fiesta después del partido.
Joder, espero que no todos en el grupo se hayan dado cuenta de lo que me gusta esa chica.
En menos de una hora hemos dejado los cultivos y las muestras perfectamente preparadas para que, el próximo lunes a primera hora y en cuanto llegue Robert, lo vea todo en perfecto estado.
Amber es un torbellino de energía y los chicos están encantados con ella, a pesar de que no hace más que disculparse por haberse unido al plan en el último momento.
—No digas más eso, Amber —dice Owen, pegándose a ella—. Cuanto más seamos… mejor.
Arjun conduce la furgoneta de ocho plazas en la que hemos cargado equipaje para una semana entera, aunque solo vayamos a pasar un par de días.
Tardamos como dos horas en llegar al apartamento alquilado.
Owen se pasa todo el trayecto hablando con Amber y ella parece encantada con toda esa atención.
Mientras tanto, Sofía los mira en silencio y yo…
joder, yo la miro a ella casi sin darme cuenta.
Solo reacciono cuando Megan me da un ligero codazo en las costillas, obligándome a apartar la vista y haciéndome ver que se me nota demasiado.
El apartamento es grande. Tiene tres habitaciones con dos camas individuales cada una y otra estancia más con una cama de matrimonio. El reparto es instantáneo y, al parecer, a mí me toca la cama grande. Las chicas se instalan en las dos habitaciones y Arjun y Owen comparten la otra.
—Eh, ¿qué es esto de separar por géneros? Estamos en el siglo XXI, podríamos hacer el reparto de otra manera, ¿no? —salta Owen.
—No cuela, idiota —le dice con cariño Megan, dándole un manotazo en el brazo—. No pienso dormir con un tío. Roncáis como bestias.
—¿Qué? —protesta él—. Yo no ronco y vosotras sois unas aburridas.
El resto de la mañana transcurre sin más contratiempos. Compramos provisiones y empezamos a planear la tarde o, al menos, a escuchar a Owen, que lo tiene todo perfectamente calculado.
—Vale, chicos. Esta tarde tenemos fiesta en el Saguaro: DJ, piscina, cócteles y mucha diversión.
Está a unos minutos de aquí y ya tengo las entradas.
Vamos a pasar allí toda la tarde, así que podemos comer algo antes de ir y luego dejarnos llevar.
Y sí, he mirado hasta cómo ir y volver, así que nadie tiene que preocuparse de conducir.
El Saguaro es imposible de pasar por alto. Nada más cruzar la entrada con los chicos, el ambiente te envuelve por completo: un bloque enorme de paredes de colores chillones, palmeras por todas partes y el bullicio de la gente haciéndose notar.
El patio central es un puto hervidero. El bajo del DJ se impone al resto del ruido desde antes de llegar a la zona de la piscina, donde el agua está petada de colchonetas flotantes y gente dando voces.
Hay tíos con gafas de sol de espejo y chicas en bikini con vasos de plástico gigantes llenos de alcohol ocupando cada rincón entre risas y música a todo volumen.
Es el típico sitio diseñado puramente para posturear y beber desde la una de la tarde.
—Joder, Owen, pensaba que exagerabas —suelta Arjun, silbando bajito al ver el panorama mientras se ajusta las gafas de sol.
—¿Cuándo os he fallado yo? —responde él con una sonrisa de oreja a oreja mientras se libera de la camiseta con un gesto rápido, listo para lanzarse a la piscina.
Las chicas se van directas a buscar un hueco para dejar las mochilas y quitarse la ropa de encima.
Cuando Sofía se despoja de los pantalones cortos y la camiseta para quedarse únicamente con el bikini, el mundo a mi alrededor parece quedarse en pausa y a mí se me olvida hasta respirar.
El sol de Palm Springs le ilumina la piel, y aunque ya me parecía increíblemente atractiva en el laboratorio con la bata puesta, verla así, expuesta y sin filtros, me deja sin aire.
Me quedo anclado a un par de pasos, tragando saliva mientras la observo casi sin parpadear.
Y es entonces, mientras ella se estira y se coloca las gafas de sol, cuando mis ojos reparan en ello: una línea fina, blanquecina y perfectamente asentada en la parte baja de su vientre, a un lado de la cadera.
Se nota que es una marca de hace años, algo muy antiguo, pero lo suficientemente visible como para llamar mi atención de inmediato.
—Jacob, será mejor que te des un baño —me dice Megan por detrás, señalando con la barbilla a Sofía—. Creo que necesitas refrescarte un poco.
Maldita sea, otra vez me ha pillado mirándola.
¿Es que soy estúpido?
Me quito la camiseta de un tirón, con la frustración de darme cuenta de que soy incapaz de contenerme y me meto en la piscina sin decir una sola palabra.
El agua está templada, perfecta para el calor sofocante de Palm Springs.
Nos quedamos un rato junto al borde charlando con una copa en la mano, intentando integrarnos en el ambiente.
Pero la piscina empieza a llenarse demasiado; la gente no para de saltar, chocar contra nosotros así que decido salir por la escalera metálica.
Me paso las manos por la cara para quitarme el agua de los ojos y, al enderezarme en el bordillo mientras me sacudo el pelo, escucho la voz de Lily atravesando el ruido del DJ.
—¡Joder, profe! ¿De dónde has sacado esos músculos? —pregunta en voz alta, sin ningún tipo de filtro desde las hamacas—. ¡Las probetas no pesan tanto!
Su comentario provoca que el resto de las chicas se giren hacia mí. Megan suelta una carcajada, Amber le sigue la broma con un silbido y, de golpe, siento cómo todas me miran fijamente: Megan, Lily, Amber... y Sofía.
Noto que se me encienden las mejillas de golpe, delatándome por completo.
La vergüenza me recorre desde la punta de los pies, y el rubor se me dispara todavía más cuando veo que Sofía, apartándose las gafas de sol sobre la cabeza y apoyándose en el codo sobre la tumbona, me examina despacio de arriba a abajo con una media sonrisa indescifrable.
Necesito apartarme de aquí, quitarme esa mirada de encima y pensar con un mínimo de claridad, porque verla así me ha descolocado por completo. Mucho más de lo que ya estaba. Y sus ojos, joder, me están quemando por dentro de una forma que ni todas las piscinas del mundo van a apagar.
Sin saber muy bien dónde meterme, paseo la mirada alrededor del recinto, por encima de los estudiantes que lo abarrotan todo, hasta ver a Arjun al otro lado, apoyado en la barra.
Doy media vuelta y voy directo hacia él a paso rápido, buscando algo fuerte que me baje las revoluciones antes de perder el control por completo.
Este fin de semana acaba de empezar y no sé si voy a poder sobrevivir.