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LA PRIMAVERA, SEGÚN MITCHELL
Jacob
Con los exámenes terminados y las vacaciones de primavera a la vuelta de la esquina, en el laboratorio se respira un ambiente completamente relajado.
Mi equipo está contento, cerrando los últimos ensayos con los cultivos antes del parón.
Todos se apoyan, todos se ayudan, y no hay ni rastro del mal rollo que cortaba el aire en las primeras semanas.
Incluso Arjun, que a sus veintitrés años parece un profesor de cátedra con una crisis existencial perpetua, se ha relajado y ahora suelta bromas científicas que solo le hacen gracia a él.
Todos comentan sus planes para estas vacaciones, que sin ser las más largas, son las que más ganas tenemos de exprimir.
Lily y Arjun planean volver a sus hogares, e incluso este último habla de mirar vuelos de última hora a Londres.
Las opciones de Megan y Owen son menos familiares y hablan de escaparse a México para buscar sol y fiesta.
Y yo… bueno, presto especial atención a lo que dice Sofía, que parece tenerlo muy claro.
—Yo me quedo en casa, en Los Ángeles.
Le cuenta a las demás que su padre está a punto de casarse, que la novia es un manojo de nervios y que seguramente le tocará echar una mano con los preparativos.
Yo, por mi parte, podré aprovechar para avanzar en el máster. De todas formas, mi tío Robert no tardará en pedirme que me quede.
Como si lo hubiera invocado, la puerta del laboratorio se abre de repente.
Tiene el semblante serio. Mucho más de lo habitual. No es que sea un dechado de alegría y simpatía, pero ahora mismo su mandíbula está tan tensa que parece a punto de estallar de rabia.
Se dirige a mi mesa y, nada más abrir la boca, todos notamos que no van a ser buenas noticias.
—Buenas tardes. Vengo a comunicaros que vamos a tener que recortar las vacaciones de primavera —suelta sin preámbulos, con voz seca y autoritaria que no admite réplica—.
Las líneas celulares no pueden quedarse sin supervisión ni recambio de nutrientes durante días.
Yo tengo que viajar a Seattle, y el personal contratado se ha amparado en el sindicato para negarse a hacer horas extra.
Así que necesito gente competente, miembros del proyecto que conozcan los protocolos, nuestra manera de trabajar y vigilen todo de cerca.
Ahora comprendo el semblante con el que ha entrado; se nota a leguas que viene de tener un encontronazo serio con su propio personal.
—Sé que, como estudiantes que sois, no os puedo obligar —continúa, bajando ligeramente el tono, aunque sin perder la rigidez—. Vosotros no trabajáis aquí, no es vuestra responsabilidad. Pero si el laboratorio cierra toda la semana, el proyecto retrocederá meses. Tendremos que empezar de nuevo.
Los conatos de protesta se apagan de inmediato. Robert nos está pidiendo ayuda y los chicos no dudan ni un segundo.
—Cuente conmigo, profesor Mitchell —dice enseguida Arjun—. Ya volveré a Londres en verano.
Los demás se miran y Sofía es la siguiente en hablar.
—Yo también me quedo. No pensaba irme a ningún sitio de todas formas.
Veo a Robert tragar saliva y agachar la cabeza. Evita mirarla, pero sé que, en el fondo, por mucho que intente disimularlo, una pequeña sonrisa se le dibuja en el rostro.
Todos los demás, para mi sorpresa, acceden sin dudar a renunciar a sus planes de vacaciones, y uno a uno aceptan quedarse. Por último, Robert se gira hacia mí.
—No me mires con esa cara, anda. Yo ya daba por hecho que me tocaba quedarme —le digo para tranquilizarlo.
Robert solo asiente, da tímidamente las gracias al grupo y me deja al cargo de organizar los turnos.
Más tarde, con el material guardado y las centrífugas en silencio, los reúno a todos alrededor de mi mesa. He desplegado un cuadrante encima; un mapa de turnos que he garabateado con un bolígrafo rojo, intentando que el desastre sea lo menos doloroso posible.
—A ver —empiezo, captando su atención—. He estado mirando las necesidades de las líneas celulares. Si nos organizamos bien, podemos cubrirlo todo sin que nadie pierda la cabeza.
Se acercan, escrutando la hoja como si fuera un plano de evacuación.
—Si repartimos los días entre semana a cada uno le tocará cubrir solo un par de turnos, así que os garantizo tres días libres —explico, levantando la vista para ver sus reacciones—.
Además, si el viernes nos presentamos todos a primera hora, podemos dejar los cultivos a punto para que aguanten sin problemas hasta el lunes.
Los murmullos de aprobación no tardan en llegar. Al ver el esquema organizado, el ambiente cambia por completo. No es el plan de vacaciones que esperaban, pero uno a uno van aceptando sus turnos sin una sola queja.