Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 25
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¿QUÉ COÑO HA PASADO?

Sofía

El fin del trimestre se acerca y, con él, la semana de exámenes.

Todos hemos estado encerrados, incluso Amber, a la que no recuerdo haber visto estudiar tanto en los dos años que llevamos compartiendo habitación.

Sigue trabajando en su guion y, dado que apenas coincidimos un rato por las noches, casi no hemos hablado.

Tampoco ha insistido; me ha dado el espacio y el tiempo necesarios. Sabe que necesito procesar mi ruptura yo sola.

Las prácticas en el laboratorio han ido a mejor. Sin la alargada sombra de Robert —que casi nunca aparece, aunque siga muy presente en la cabeza de mis compañeros—, la tensión se ha disipado.

Después del incidente de la semana pasada, noto un cambio claro en el grupo.

Lily se acerca con una humildad inédita, aceptando mis opiniones con respeto cuando antes ni se molestaba en fingir su desprecio.

Megan y Owen no se despegan de mí, y Arjun, que siempre me ha mirado con suspicacia, por fin parece haberme aceptado.

Al final, cumplimos a rajatabla lo que Jacob nos dijo en la primera sesión: aquí los logros son de todos y los errores también.

Megan se ha convertido en el alma del equipo. «Todos para uno y uno para todos» , repite cada tarde antes de empezar, marcando el inicio de la sesión con un entusiasmo que hace unas semanas nos habría parecido impensable.

Y luego está Jacob. Con él, la tensión se ha ido desinflando poco a poco. Como un globo de fiesta olvidado en un rincón: sin estallar, sin hacer ruido, solo vaciándose en silencio.

De aquel beso en el rellano no hemos vuelto a hablar; de mi ruptura con Robert, todavía menos.

Las vacaciones de primavera están a la vuelta de la esquina, y todos arrastramos los pies con la urgente necesidad de desconectar. Lejos de las clases, de los libros y de los tubos de ensayo.

Porque sí, los cinco peleamos con uñas y dientes para entrar en estas prácticas, pero somos conscientes de que se está cumpliendo lo que nos advirtieron desde el primer día: aquí hay que trabajar el doble, y el cansancio acumulado empieza a pesar demasiado.

El punto de inflexión llega el jueves por la mañana en el anfiteatro principal.

Robert ha vuelto de su viaje a Nueva York y retoma las clases magistrales con una sesión sobre el análisis de expresión génica mediante secuenciación de ARN de célula única, exponiendo los avances que ha estado revisando en los laboratorios de la costa este.

Lo escucho atenta, como el resto del auditorio, tomando notas mecánicamente.

Pero hay algo distinto. Cuando entra por la puerta, luciendo esa seguridad impertinente y ajustándose la americana, mi estómago se queda completamente quieto.

Ni rastro de las mariposas de antes, ni de la emoción tonta que me paralizaba hace solo unas semanas.

Mientras desarrolla la ponencia, empiezo a fijarme en los matices.

Lo que antes interpretaba como una brillantez inalcanzable, hoy me suena a una altivez innecesaria; esa manera de despachar las dudas de los alumnos con tecnicismos ampulosos ya no me parece madurez, sino rigidez.

Lo que antes me dejaba con la boca abierta ahora apenas me produce interés, y ahí es cuando empiezo a preocuparme de verdad.

¿Qué me pasa? ¿Mi vocación por la Biología Molecular se tambalea solo porque mi perspectiva sobre un tío ha cambiado? ¿O es que mi propia decepción me está haciendo cuestionar todo lo demás?

Es extraño, pero lo escucho hablar y hasta lo noto pedante. En cambio, cuando cede la palabra a su equipo para repasar los datos en la pantalla, mi vista se desplaza instintivamente hacia la derecha de la tarima.

Jacob lleva unos vaqueros azules desgastados y una camisa blanca.

Algo sencillo, y sin embargo tiene muchísimo más porte que su tío.

Cuando le toca intervenir y exponer la parte del proyecto NOVA que supervisa personalmente, lo hace con una pasión desbordante que atrapa a todo el auditorio sin necesidad de artificios. Es increíble.

La mitad de la clase Robert nos ha soltado una chapa densa y fría sobre un tema fascinante. Y Jacob, al contrario, ha hecho apasionante una rutina técnica de laboratorio.

Todos tomamos notas, pero al finalizar la sesión y mirar mi cuaderno, lo encuentro lleno de apuntes inconexos. Lo peor de todo es cuando descubro que, en un margen de la última hoja escrita, junto al nombre de Jacob, hay dibujado un pequeño corazón atravesado por una flecha.

Me quedo helada mirando la página, con los aplausos de la clase retumbando a mi alrededor mientras asumo lo que acabo de hacer de manera inconsciente.

Pero… ¿Qué coño ha pasado?