Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 23
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LA EVIDENCIA HA SIDO

CONVENIENTEMENTE IGNORADA

Sofía

Soy imbécil.

Soy imbécil.

Soy rematadamente imbécil.

La resaca es lo de menos; conforme voy despertando y recordando todo lo que pasó anoche, más convencida estoy de mi propia estupidez.

Primero: no debería beber. Y como mis padres se enteren, voy a tener un problema de esos en los que, con toda seguridad, me corten el grifo de la residencia y me vea obligada a volver con ellos.

Con mi padre, claro, porque a Brasil no pienso regresar ni loca.

De acuerdo, he sido una irresponsable, lo apunto en la lista, y me prometo a mí misma que no volverá a suceder.

Segundo: por poco me voy con un gilipollas que ni de coña pretendía llevarme a dar un paseo en coche.

Pero entonces —y eso enlaza con lo tercero— apareció Jacob.

Como un caballero con una armadura brillante para rescatarme.

¿Y a mí qué se me ocurre? Imbécil de mí, besarle.

Porque, claro, solo es mi profesor de prácticas y nos vemos casi todas las tardes.

Ah, y por si eso no fuera bastante, es el sobrino de Robert.

Oh, mierda, Robert.

Sí, rompí con él y estaba triste, pero eso no quita que cada una de mis salidas se estén convirtiendo en una competición absurda por ver hasta qué grado de estupidez puedo llegar.

Amber duerme en su cama y, cuando cojo el móvil, lo primero que me encuentro es su mensaje:

Tía, menudo susto me diste anoche. Pero tranquila, todo estaba bien cuando llegué. Mañana hablamos. Te quiero. A.

Luego, otro de Robert:

¿Podríamos hablar?

Y el último, de Jacob:

Bebe mucha agua y tómate una pastilla. Descansa el fin de semana. El lunes tenemos prácticas.

Dios. La vergüenza que tengo es de dimensiones casi idénticas a mi dolor de cabeza. Además, lo de la pastilla me recuerda de golpe que anoche me salté la medicación.

No quiero que llegue el lunes.

No quiero que llegue el lunes.

Me cago en la puta, ya es lunes.

El fin de semana no ha sido suficiente. Los recuerdos del beso que le di a Jacob en la fiesta de los Bruins me siguen persiguiendo como un fantasma en mis pesadillas.

Y si ya era incómodo haberme pasado dos días pensando en la vergüenza que sentiría al verlo, la realidad supera con creces cualquier expectativa cuando lo tengo delante en el espacio cerrado del laboratorio.

Sí, es una sala bastante amplia, pero a mí me resulta completamente claustrofóbica.

Intento disimular.

Puedo hacerlo.

Solo tengo que actuar como si no le hubiera besado sin su consentimiento, sin previo aviso y sin la más mínima excusa. Quizás él lo haya olvidado, o a lo mejor lo estoy inflando en mi cabeza mucho más de lo que fue en realidad. No pasa nada.

Estoy exagerando.

—Sofía —dice acercándose a mi mesa—. Por favor, intenta que esta vez no se mezclen los fluidos.

¡Qué cabrón! Lo ha dicho a propósito. Ha hecho una alusión directa al beso.

Megan me mira extrañada, sin saber muy bien por dónde van los tiros.

—Tía, dime, —susurra en mi oreja— ¿qué fluidos no debemos mezclar? Joder, no me entero de nada.

Mantengo la calma, pongo mi mejor cara de póker y sigo trabajando, aunque este lunes oposita con fuerza para ser el peor inicio de semana de mi vida.

En ese momento, Robert entra en el laboratorio. Recorre las mesas con la mirada y luego se dirige a Jacob en voz alta, asegurándose de que todos lo escuchemos. Aunque, para ser sinceras, sé de sobra que lo hace para que lo escuche yo . Llevo ignorando sus mensajes todo el fin de semana.

—Bueno, chicos, os dejo esta semana en buenas manos otra vez. Jacob y Billy impartirán mis clases y, como siempre, Jacob seguirá al frente de las prácticas de laboratorio. Yo me voy toda la semana a Nueva York para asistir a un simposio sobre Biología Molecular del cáncer.

Sé perfectamente que es un mensaje con destinatario. Él nunca da tantos detalles a los alumnos de segundo.

Yo ni siquiera levanto la vista mientras Lily, a mi lado, me hace un gesto de reojo.

Bah, me importa una mierda.

Tengo clarísimo que medio campus ya sabía lo mío con Robert, y ahora, con esto, los rumores van a correr como la pólvora: todos se enterarán de que hemos terminado.

Pero creo que algo ha cambiado. Ahora, nada más salir de la práctica del laboratorio, después de lo que nos ha dicho Robert, no pienso en mandarle un mensaje. Ni en hablar con él y decirle lo mucho que lo echaré de menos.

Quizás luego lo haga. Me refiero a echarlo de menos, pero ahora mismo, en lo único que pienso es en llamar a papá.

—Hola, preciosa —lo escucho responder al segundo tono—. ¿Va todo bien, Sofía?

—Sí, claro. Todo perfecto —contesto—. Es solo que quería saber cómo van los preparativos de la boda. ¿Ya habéis elegido las flores?

—Mmm, pues no sé, cariño, porque Alice... —Lo escucho hacer una pausa y bajar el tono de voz—. Está un poco emocional y yo no estoy acostumbrado a eso, ¿entiendes?

—Vale, papá. Define «emocional».

—Pues se pone a mirar catálogos de flores y la veo con los ojos húmedos, tiene cambios de humor raros y ayer mismo se puso a gritarme y me soltó que, si no quería casarme con ella, se lo dijera claro.

Me asusté, la verdad, porque ella nunca me grita.

Aunque me lo merezca muchas veces. Empiezo a pensar que es posible que sea ella la que se está replanteando lo de la boda.

—Papá, no te ofendas, pero eres idiota. A lo mejor le ha venido la regla en plan apocalipsis hormonal —digo, poniendo los ojos en blanco, aunque él no pueda verme—.

Ya sabes cómo es esto. No siempre tenemos los mismos síntomas, pero hay meses en los que te baja el periodo y te pones mucho más sensible, como si el mundo fuera a acabarse.

Amber y yo ya sabemos exactamente lo que hay que hacer cuando nos pilla así. Apunta.

Él me escucha atento al otro lado de la línea y yo oigo a través del auricular cómo carraspea y parece buscar algo de papel y boli para tomar notas. Al cabo de unos segundos, me apiado de él.

—Papá, no seas tonto, no hace falta que apuntes nada.

Solo escúchame y luego te lo mando por mensaje para que no se te olvide.

Pero, ante todo, pase lo que pase, no le preguntes si le ocurre algo.

Solo compra lo que te voy a decir. Que no se te pase por la cabeza hacerle un drama ni ofrecérselo como si fuera una enferma o una loca.

Tienes que dejarlo en zonas estratégicas de la casa, ¿me entiendes?

—Sí —contesta él, totalmente entregado a mis instrucciones—. Dispara, por favor.