Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 22
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UNA REACCIÓN FUERA DE CONTROL

Jacob

La cabeza me va a explotar. Intento contenerme, de verdad que lo intento, pero siento que toda esta situación me sobrepasa y no lo entiendo.

Bueno, sí lo hago. Y eso es lo peor; ser consciente de lo que me pasa por dentro no me viene nada bien para intentar mantener la cabeza fría.

¿Por qué no le habré reventado los dientes a ese imbécil?

El haberme contenido es lo que me tiene con este nudo en el estómago.

Sé exactamente lo que buscaba. Llevarse a Sofía a dar una vuelta en el coche , le ha escuchado decir al muy gilipollas.

¡Ella casi ni podía abrir los ojos y pretendía subirla a un vehículo!

Ufff, de verdad que intento calmarme, pero estoy enfadado. Con ese tío, claro, pero también con Sofía por haberse expuesto así. Aunque ella ahora mismo no tenga la culpa de nada.

Cuando entramos en la residencia nos recibe el silencio, todavía más incómodo que el que nos ha acompañado de camino. La mayoría de la gente está en la fiesta de la fraternidad o en alguna otra cercana; de esas nunca faltan.

Sofía parece encontrarse algo mejor, pero me he empeñado en acompañarla hasta la puerta de su habitación y no pienso ceder.

—Gracias por protegerme y por acompañarme —me dice con la voz todavía pastosa por el alcohol—. Y hablando de acompañar… ¿y tu novia?

Me giro hacia ella de golpe. Tiene una sonrisa bobalicona en la cara y un mechón de su pelo rizado le cae pegado a la frente. Ella sopla para apartarlo en una estampa tan torpe como inevitablemente tierna.

—¿Qué novia? No tengo novia.

—¡Sí que tieeeenes! —me replica señalándome con el dedo de forma acusadora, alargando las vocales con solemnidad—. Es una coneja.

Me quedo en absoluto silencio, parpadeando un par de veces mientras intento procesar lo que acaba de decir. El enfado con el que venía cargando desde la calle choca de bruces contra su comportamiento absurdo, y la muralla que intento mantener levantada se me viene abajo en un segundo.

Aprieto los labios, intentando contener la risa, pero es inútil: se me escapa antes de que pueda frenarla.

¡Maldita sea! Es que es jodidamente adorable.

—¿Una coneja? —consigo decir, negando con la cabeza—. Esa chica no es mi novia. Solo era un…

—¿Un rollete? —termina por mí la frase, ladeando la cabeza y entrecerrando los ojos—. Porque la verdad es que no te pegaba nada. Demasiado superficial para alguien como tú.

—¿Como yo? ¿Y cómo soy yo?

Sé que me estoy aprovechando. No de la misma manera que el capullo de la fiesta, por supuesto, pero sí del estado desinhibido en el que se encuentra, e intento sacar provecho de la situación para saber lo que piensa de mí.

—Pues tú eres… —empieza a decir, parpadeando despacio—. Eres…

Lo que sucede a continuación no me lo espero. Sofía se acerca a mí tan rápido que no la veo venir; me coge de la camisa a la altura del pecho y me besa. Su aliento huele a una mezcla de bebidas que no puedo identificar.

Y, por un momento, me dejo llevar.

Por el calor de sus labios, por lo que siento al notar su lengua acariciando la mía. Me dejo llevar porque en el fondo lo llevo deseando mucho más tiempo del que he sido capaz de reconocer.

La sujeto suavemente de los hombros, apartándola de mí con un esfuerzo sobrehumano, y ella frunce el ceño, como si de verdad estuviera decepcionada.

—Sofía, para —le ordeno con firmeza—. ¿Estás borracha, vale? No pienso hacer esto.

—¿Por qué? ¿Acaso no te gusto? Porque Amber dice que te gusto.

—Vale, mira, será mejor que entres en tu cuarto, te quites los zapatos y te vayas a dormir, ¿de acuerdo?

—Eres un aburrido… Quizás es por los genes que compartes con tu tío.

Que nombre a Robert no me hace ningún bien. Lo único que consigue es que mi sentimiento de culpa se haga más profundo y me devuelva de golpe a la realidad.

—Ya, puede ser eso —contesto, resignado—. Pero ahora mismo tú eres su... lo que sea que seáis.

—No, ya no. Ayer rompí lo que quiera que fuéramos o no fuéramos. ¡Soy una mujer libre, ¿te enteras?! Y sí, me voy a dormir. O a vomitar. Lo que venga antes.

Y así es como Sofía me cierra la puerta en las narices y me quedo plantado en el rellano de la residencia.

Tengo tantos sentimientos encontrados en este momento que mi interior parece una feria, ruidosa y ensordecedora, de esas que te dejan zumbidos en los oídos y dolor de cabeza.

Me alejo de allí con las manos en los bolsillos, intentando poner un poco de orden en el caos que los labios de Sofía me acaban de dejar en el cuerpo.

Primero, ha soltado que ha roto con mi tío Robert. Eso tendré que comprobarlo porque, hasta donde yo sé, el otro día cuando hablé con él seguía con su discurso de siempre.

Segundo… ¿Ha dicho que yo le gusto? No exactamente; ha nombrado a una tal Amber que al parecer le ha dicho que yo estoy interesado en ella.

No sé quién es esa tal Amber ni de dónde se ha sacado eso, pero la cuestión es que Sofía me ha besado.

Sí, estaba borracha, pero lo ha hecho con una intención que no se puede negar. ¿Significa eso que de verdad le gusto?

Salgo al exterior y mis pasos, casi por inercia, me llevan hacia el pabellón, donde la fiesta sigue en pleno apogeo.

De pronto, una silueta se aparta de la multitud y viene derecha hacia mí.

Me aborda sin contemplaciones y me coge de la camisa con una fuerza inesperada.

La reconozco al instante del otro día, de la feria de asociaciones.

—¡Eh, tío! ¿Dónde está Sofía? —me chilla para superar el volumen de la música—. ¿Dónde coño te la has llevado?

—¿Qué? —respondo dando un paso atrás y levantando las manos en un gesto defensivo—. La he dejado en su habitación de la residencia, estaba mareada.

—Espero que no le hayas hecho nada, cabrón.

—¡Eh, baja la voz! —insisto con los dientes apretados—. No le he hecho nada, ¿de acuerdo? La he acompañado y se ha ido a dormir. Soy su tutor de prácticas, cálmate.

La chica me escudriña con los ojos entornados, llena de desconfianza, pero poco a poco la rigidez de su postura empieza a aflojarse.

—Lo sé. Tú eres el sobrino del profesor Mitchell, ¿verdad?

—Exacto. Y tú eres la chica de la feria de actividades. Ibas con ella el otro día.

—¡Exacto! Y por tu bien, espero que lo que me has dicho sea verdad —masculla soltándome la camisa de un tirón antes de enderezarse—. Me llamo Amber. Y soy su mejor amiga.