21
ESTO HA ENTRADO EN FASE LÍTICA
Sofía
Tengo una mezcla de sentimientos muy jodida en el interior. Siento rabia y estoy muy enfadada con Robert. Pero también conmigo misma porque al final he tenido que admitir que mi padre tenía razón desde el principio.
Por eso necesitaba salir de la residencia unos días y volver a mi refugio, al sitio dónde siempre me he sentido segura que es, irónicamente, junto a mi padre.
Él me recibe con preocupación. Sabe de sobra que pedirle pasar el fin de semana con ellos no es lo habitual; en estos dos cursos en la UCLA apenas he pisado su casa salvo en vacaciones y únicamente porque cerraban la residencia. No es egoísmo ni desapego por mi parte, es todo lo contrario.
Mi padre está en una nube desde que conoció a Alice y se enamoraron, y necesitaba dejarles el espacio y la intimidad que se merecen. Por eso, cuando le solté de golpe que quería pasar el fin de semana allí, lo primero que hizo fue preguntarme qué me pasaba.
No he vuelto a hablar con él en toda la semana, me refiero a Robert.
Solo lo he visto lo justo en el laboratorio y en las pocas clases que nos imparte.
No he estado a solas con él en ningún momento y ni siquiera nos hemos cruzado un mensaje.
Así que el sábado por la tarde me encuentro tirada en el sofá viendo cómo mi padre y Alice planean juntos los detalles de su boda, y a mí se me cae el alma al suelo.
Otra vez él poniendo mis estándares sobre los hombres en unos niveles imposibles de alcanzar.
Quizás también esté un poco enfadada con él por eso.
Mi móvil vibra sobre la mesa. Es un mensaje de Robert:
Siento mucho haber olvidado tu cumpleaños. ¿Qué te parece si cenamos en casa y celebramos las dos cosas? También un San Valentín atrasado.
Hace apenas unos días, habría salido corriendo hacia su apartamento con una sonrisa de oreja a oreja. Ahora solo escribo un escueto: «Ok, voy en un par de horas».
Sigo un rato más con ellos, repasando catálogos de flores, mirando cuartetos de cuerda en Instagram y discutiendo sabores de tarta antes de levantarme con total tranquilidad y decirles que salgo a cenar.
Cuando llego a su apartamento, él me recibe intentando acercarse para besarme, pero lo detengo antes de que lo haga y pongo distancia entre los dos.
—Esto no tiene solución, Robert. Creo que queremos cosas distintas y he venido hasta aquí solo para decirte que no quiero seguir.
—¿Lo dices en serio? —me pregunta en un amago de protesta—. ¿Solo por un cumpleaños?
—No es solo por eso. Pero sí, también tiene que ver. Nos seguiremos viendo en clase, y en el laboratorio cuando vayas, claro. Pero ya está —digo con toda la determinación de la que soy capaz—. Esto se acabó.
Me giro y le doy la espalda antes de que intente replicar, bajando las escaleras a toda prisa porque ni siquiera he esperado al ascensor.
Ya en la calle, abro la aplicación del coche y, antes de acomodarme del todo en el asiento de atrás, con la puerta todavía tambaleándose al cerrarse, ya tengo el teléfono en la oreja marcando el número de Amber.
—Ya está. Lo he hecho.
—De puta madre, Sofía. Demasiado has aguantado —me suelta, con la voz acelerada al otro lado de la línea—. Ahora apunta, porque te has estado perdiendo media vida de la UCLA por estar pendiente de ese tío y vas a empezar a vivir la auténtica experiencia de un buen Bruin.
Niego con la cabeza, apoyando la frente contra la ventanilla fría del coche mientras escucho cómo vuelve a tomar aire.
—El próximo viernes nos jugamos el pase directo a las eliminatorias contra los Trojans en el Pauley Pavilion, y si ganamos hay megafiesta en la fraternidad, y si perdemos también. Así que este viernes tenemos fiesta, chica. ¡Go Bruins!
Y acudimos al partido. He de reconocer que lo paso especialmente bien, sobre todo teniendo en cuenta que el baloncesto nunca ha sido lo mío; toda mi vida en São Paulo giraba en torno al fútbol de instituto.
Pero los Bruins ganan, el ambiente es eléctrico y yo, completamente desinhibida, me tomo un par de cervezas entre gritos y aplausos.
Cuando llegamos a la fiesta, montada en uno de los grandes pabellones que el campus suele habilitar para estos eventos, aquello está a rebosar.
Es increíble lo que el deporte consigue unir a la gente: da igual la carrera que estudie cada uno, el espíritu y el orgullo de ser un Bruin nos abarca a todos por igual.
En mis casi dos años en la UCLA, es la primera vez que asisto a una celebración de este tipo.
La temperatura dentro es asfixiante, el ruido de las conversaciones se mezcla con la música a todo volumen y las luces estroboscópicas parpadean sobre cientos de cuerpos apretados que se empujan para avanzar entre la pista y las barras.
Un chico se nos acerca de repente y nos ofrece una copa. Amber se limita a negar con la cabeza y rechazarla, sin dejar de mirar al frente.
—Regla número uno, guapa —me dice al oído, superando el volumen de la música—. No aceptes bebidas de nadie, ¿de acuerdo? Solo mías. Y tampoco pierdas de vista tu vaso. ¿Qué tal si pedimos algo más fuerte?
Amber agita el vaso con el poco hielo que le queda pero yo niego con la cabeza, acercando los labios a su oreja para hacerme oír por encima del volumen de los altavoces:
—Yo no puedo beber más, en realidad. Esas dos cervezas ya han sido mucho más de lo que me podía permitir.
Amber se aparta un poco, frunce el ceño y se lleva la mano a la oreja.
—¡¿Qué?! —grita, incapaz de escuchar con el estruendo de la música.
Y juro que quiero cumplir mis propias normas.
Pero, justo cuando mi móvil vibra sobre la palma de la mano y veo varios mensajes de Robert acumulados en la pantalla, toda mi responsabilidad se esfuma en un segundo.
Cojo de la mano a Amber y nos arrastro a las dos hacia la barra improvisada para pedir lo más fuerte que tengan.
Al tercer chupito, la mirada se me empieza a nublar y la sonrisa se me afloja de golpe. En ese momento, Amber se cruza con un compañero de clase y los dos se enredan de inmediato en una discusión encendida sobre la filmografía de Nolan, un debate para el que no tengo el cuerpo ni la cabeza.
Prefiero apartarme, sintiéndome invisible y terriblemente triste, hasta que tropiezo con un corrillo montado junto a una de las mesas centrales.
Alguien sostiene en alto un largo tubo flexible con un embudo de plástico rojo en el extremo, mientras otro estudiante se agarra a la estructura como puede, tragando a presión toda la cerveza que le vierten de golpe entre las risas y las palmadas de los demás.
—¡El siguiente! —grita el que sostiene el embudo, barriendo con la mirada a los presentes hasta que sus ojos se posan en mí—. ¡Eh, guapa! ¿Te atreves o qué?
Niego con la cabeza, dando un paso atrás para apartarme de la multitud, porque estoy un poco borracha, pero no tanto como para meterme todo ese alcohol. Mi cuerpo no resistiría.
Sin embargo, antes de que pueda huir, un chico se me cruza en el camino, me bloquea el paso y me tiende una petaca plateada directamente hacia las manos.
El chico es simpático y yo acepto más por educación que por ganas.
Es algo fuerte y, al tercer trago, ya tengo la cabeza completamente nublada.
Brian, que así se llama, me cuenta que estudia para astronauta.
No sé si lo dice en serio, pero nos reímos.
Luego me coge del brazo y me invita a acompañarlo.
—¿Nos vamos? Esto está petado.
La verdad es que necesito tomar un poco el aire, así que acepto sin dudar. Salimos a la calle y Brian me propone subir a su coche a dar una vuelta para despejarnos.
Noto su brazo guiándome mientras intento mantener el equilibrio con la mente muy, muy espesa.
Busco a Amber con la mirada para avisarle de que me voy, pero entre la multitud es imposible encontrarla.
Brian me lleva hasta el lateral de su coche y abre la puerta del copiloto, tirando suavemente de mí para ayudarme a subir al asiento.
Justo en ese momento, una mano firme me agarra del brazo y me aparta hacia atrás, sacándome del radio de acción del muchacho.
—Ey, tío... suéltala —le escucho decirle a Brian—. La chica está mareada. La conozco, ya me encargo yo de llevarla a casa.
Intento enfocar la vista, pero los párpados me pesan demasiado y las luces de los coches se convierten en manchas borrosas.
—¿Qué coño dices, imbécil? Lárgate de una puta vez, ella se viene conmigo —le responde Brian, con una agresividad repentina.
Lo que sucede a continuación me llega como en una película muda y desordenada.
Solo alcanzo a captar retazos: un golpe seco contra la chapa del coche, respiraciones aceleradas, un par de insultos volando por encima del ruido de la calle, y una voz cortante y seria que me recorre la espalda con un escalofrío.
Intento descifrar quién le habla a quién, pero el alcohol me nubla los pensamientos y me deja atrapada en una especie de vértigo.
Por fin, tras un último forcejeo y unas palabras amenazantes que se apagan a medias, Brian suelta un taco, se aparta de mala gana y se marcha.
Cuando el espacio se despeja un poco y parpadeo con fuerza para aclarar la vista, lo reconozco: es Jacob.
—¿Eh... profesor? ¿Qué tal...? —balbuceo con una sonrisa torpe, todavía con el eco de la pelea zumbándome en los oídos.
—Anda, bebe un poco —me dice, tendiéndome una botella de plástico.
—No puedo. Mi amiga Amber me ha dicho que no acepte bebidas de nadie. Solo suyas.
—Sofía, bebe. Es agua.
—Ah, vale. Agua sí puedo. Tengo sed.
Nos alejamos del bullicio y salimos a una pequeña zona trasera pavimentada con adoquines, donde la brisa fría y directa de la noche consigue espabilarme un poco. Destapo la botella, bebo a sorbos largos y empiezo a respirar hondo, intentando que el aire limpio me despeje por dentro.
—¿Me has salvado de algo? —le pregunto, parpadeando con fuerza mientras intento fijar la vista en sus ojos—. ¿Estaba en peligro?
Doy un paso al frente y, por culpa del tambaleo, pierdo el equilibrio un segundo. Jacob me sostiene con firmeza por el codo para evitar que tropiece, y ese contacto directo hace que me concentre un poco más.
—Prefiero pensar que no, pero no podría asegurártelo —responde él, con los ojos fijos en el camino—. Ese chico no tenía buenas intenciones desde el principio.
Me quedo mirándolo mientras caminamos despacio por los senderos iluminados del campus. El aire frío de la noche me golpea la cara y, poco a poco, la neblina espesa del alcohol empieza a disiparse de mi cabeza, permitiéndome hilar mejor los pensamientos.
—Espera… —me detengo un segundo, ladeando la cabeza y cruzándome de brazos—. ¿Me has estado observando? ¿En serio? ¿Para protegerme? Eres monísimo.
Jacob no sonríe. Más bien todo lo contrario. Su expresión seria está más cercana al enfado.
—No deberías haber bebido tanto, Sofía —suelta con brusquedad, sin ni siquiera mirarme—. No puedes ir por ahí así… Ese idiota intentaba aprovecharse de ti.
De pronto el mareo se me pasa del todo ante su enfado, recordándome de la peor manera posible que tiene razón.
—Sí... No debería beber en absoluto, en realidad —admito en un susurro, bajando la mirada hacia mis zapatillas mientras volvemos a caminar despacio.
El trayecto hasta la residencia es corto y transcurre en silencio. Cuando llegamos al edificio, rebusco en mi bolso las llaves y, antes de que pueda girar la cerradura, él me detiene con suavidad, me sujeta del brazo y me las quita de la mano.
—Vamos, te acompaño hasta arriba —dice, en un tono que no admite réplica.
Camina a mi lado por el pasillo tenuemente iluminado hasta detenernos frente a mi puerta.
Allí, introduce la llave y la hace girar.
Pero antes de dejarme entrar, me coge de la mano.
Y en ese preciso instante, con su piel cálida sujetando la mía en medio del frío de la noche, me siento mucho menos sola y triste que hace muchísimo tiempo.