Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 20
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VARIACIÓN CIEGA Y

RETENCIÓN SELECTIVA

Jacob

—De acuerdo, chicos, vamos con el siguiente —anuncio a todo el grupo, mientras me detengo frente a la tarima central y dejo la carpeta de registros sobre la mesa.

El murmullo general y el trasiego de pipetas se apaga de inmediato. Todos levantan la vista hacia mí, esperando las instrucciones de la práctica de hoy. Me cruzo de brazos, recorriendo con la mirada a los cinco estudiantes antes de señalar hacia las gradas de termocicladores que tenemos al fondo.

—Como ya sabéis, la fase piloto del proyecto NOVA que nos han encomendado depende de la precisión de este bloque —explico, adoptando un tono firme pero accesible—.

Lo que vamos a hacer hoy es una extracción y amplificación diferencial del plásmido marcador mediante PCR anidada, aislando las secuencias diana de expresión transitoria.

Hago una breve pausa, apoyando las manos en el borde de la mesa y bajando el tono para asegurarme de que no pierden detalle.

—Puede parecer una tontería porque apenas requiere un par de ciclos de desnaturalización y cebadores estándar, pero este paso es crucial.

Si contamináis la muestra en esta primera fase o no medís bien las alícuotas, tiráis por la borda todo el trabajo previo y los otros grupos de laboratorio no podrán replicar el mapeo proteico.

Así que muy atentos a las concentraciones y a la medición.

Arjun ha formado un medio equipo con Megan, mientras que Lily ejerce sus dotes de mando en Owen y Sofía.

En estas últimas prácticas parece que la tensión entre nosotros se ha disuelto, pero ella apenas me mira más de lo estrictamente necesario. Y yo, que soy un imbécil porque no puedo evitarlo, descubro que cuando está concentrada en el trabajo se me van los ojos de una manera muy poco profesional.

Estoy revisando las fichas de todos para empezar a puntuar las prácticas. Se acercan las notas parciales del segundo trimestre y, mientras ellos trabajan en silencio y concentrados, aprovecho para calificar las últimas semanas.

Entonces me detengo en la ficha de Sofía. Desvío la mirada hacia el viejo reloj colgado en la pared y, acto seguido, saco el móvil del bolsillo para comprobar la fecha. Sí, hoy es lunes dieciséis de febrero. Y es inequívoco, tal y como pone en los datos que tengo delante: Sofía cumple veinte años.

Dejo pasar un buen rato mientras el experimento entra en su fase de incubación y los alumnos, más relajados, charlan de manera distendida entre ellos. Me acerco despacio a su mesa.

—¡Sofía, pero qué callado te lo tenías! —exclamo, haciendo que todos presten atención—. Hoy es tu cumpleaños. Muchas felicidades.

Todo el grupo se gira hacia ella de inmediato y las felicitaciones se suceden entre risas.

Me siento un poco orgulloso al comprobar que aquella bronca del trimestre pasado hizo efecto.

Ya no hay cuchicheos a su espalda y la tratan como a una compañera más, logrando que el ambiente en el laboratorio sea más distendido.

Miro las reacciones de Sofía mientras los demás la abrazan con mayor o menor efusividad. Ella acepta los halagos de forma tímida y, un segundo después, mira su móvil de manera disimulada, como si estuviera esperando un mensaje.

En cuanto volvemos al trabajo, un instante después, algo cambia de golpe en su expresión. Sofía rompe a llorar sin previo aviso y sale hacia el baño pidiendo disculpas a duras penas.

Los alumnos se quedan mirándose extrañados, con la incomodidad grabada en la cara, hasta que Megan se alza como portavoz y se dirige a mí directamente.

—Jacob, ¿te importa si salgo a ver cómo está?

—Claro, sin problema —contesto, sintiendo un nudo que me aprieta el pecho—. Ve a verla, por favor.

Diez minutos después, la puerta del laboratorio se abre con suavidad y Megan reaparece. Se acerca a mi mesa y me dice en voz baja que Sofía se encontraba indispuesta y ha preferido marcharse a casa, pidiendo que la disculpemos.

No me lo trago del todo. Esa excusa rápida me deja mal sabor de boca y una desconfianza que se confirma al instante cuando veo a Megan regresar con los demás y murmurarle algo al oído a Lily con total complicidad.

Su reacción no se hace esperar; niega con la cabeza y exclama lo bastante alto para que lo oigamos: «Todos son iguales, no se libra ni uno».

Prefiero no comentar nada y dejo que el grupo termine de recoger el material, guardando los cultivos y dejando las gradas de termocicladores perfectamente ordenadas antes de marcharse.

Cuando el último alumno cruza la puerta y el silencio vuelve a instalarse entre las mesas de trabajo, me quedo solo ordenando los registros.

La puerta se abre de nuevo y ahí está mi tío Robert, cruzando el laboratorio con su habitual tranquilidad, preguntando por los resultados de la práctica como si el día avanzara sin sobresaltos.

Le doy el informe rápido, cumpliendo con la formalidad justa, pero en cuanto termina de hablar, la lengua se me adelanta antes de que pueda frenarla.

—¿Sabías que era el cumpleaños de Sofía? —le pregunto, clavando los ojos en él—. Hoy cumple veinte años.

A mi tío le cambia la cara de golpe.

—¿Sofía? ¿Qué Sofía? —dice, intentando disimular.

—No te hagas el tonto. Todo el campus sabe lo tuyo con ella —le suelto, dándole la espalda para recoger unas probetas—. Es más, a estas alturas a nadie le sorprende ya, ¿sabes?

No puedo verle la expresión, pero le escucho carraspear y acomodarse la bata con desdén.

—Bueno, somos dos adultos. Sofía es una chica muy madura para su edad —se defiende, intentando restarle importancia.

—Sí, lo sé —le contesto, volviéndome para encararlo de nuevo—. La conozco bastante. Pero el que se está comportando aquí de manera inmadura eres tú.

—No sé por qué dices eso. ¿A santo de qué iba a saber cuándo es su cumpleaños?

Tengo cosas mucho más importantes en la cabeza que andar pensando en un maldito cumpleaños o en el puto San Valentín, Jacob.

No tiene ninguna relevancia. Yo... yo estoy intentando sacar adelante una investigación contra el cáncer.

—Ya, y eso es admirable —le replico con frialdad—. Pero quizás deberías habérselo dejado claro a ella, ¿no te parece? Decirle a la cara que es solo un entretenimiento más, como tantas otras antes que ella.

Robert cambia el gesto y se pone a la defensiva.

—No es solo un entretenimiento. Esa chica me gusta, pero ya sabes cómo soy. No puedo estar pendiente de todo el mundo todo el tiempo.

—Se supone que esa chica no es todo el mundo —le suelto, sin apartar la mirada—. Al menos no debería serlo para ti. Y, si lo es, tienes la obligación de decírselo.

—No te metas en mi vida privada, Jacob. Yo no me meto en la tuya, ¿de acuerdo? Nos vemos el lunes.

Se da la vuelta y se marcha sin dar pie a más réplicas, dejándome otra vez solo en el silencio del laboratorio.

Me quedo con cara de imbécil, atrapado en una contradicción absurda que me quema por dentro: una parte de mí, la más ruin y egoísta, sabe de sobra que lo suyo con mi tío es un callejón sin salida, lo que en teoría me dejaría el terreno libre.

Pero, al mismo tiempo, me revuelve las tripas verla sufrir.

Me jode comprobar que a él le importa tan poco alguien así, y lo peor de todo es darme cuenta de que a mí, de un tiempo a esta parte, me importa demasiado.