18
AÑO NUEVO, TONTERÍAS NUEVAS
Jacob
—Jacob, feliz Año Nuevo.
—Ah, sí. Feliz año —murmuro sin apartar la vista del vaso de plástico que sostiene entre las manos.
No sé cómo me he dejado convencer para venir a esta fiesta.
Me siento fuera de lugar la mayor parte del tiempo, atrapado en ese limbo extraño entre ser estudiante y encontrarme con gente a la que doy clase como profesor.
Sin embargo, no sé qué me pasa últimamente: en cuanto veo a Sofía, toda esa incomodidad se esfuma. O, al menos, eso creo al principio.
—Vaya, al final tú también has vuelto antes de tiempo —señala con una sonrisa de medio lado, levantando una ceja.
—Sí, ¿recuerdas? El profesor Mitchell me tiene esclavizado —le digo, repitiendo sus propias palabras.
—¿Y él? —pregunta ella, dudando—. ¿También está aquí ya?
—Espera… ¿No te lo ha dicho?
Sofía agacha la cabeza y yo le doy un trago a mi bebida, evaluando su reacción por encima del borde del vaso.
—¿Decirme qué?
—Estará en Filadelfia unos días.
Ella toma aire. Es evidente que él no le ha dicho ni una palabra, y yo… no puedo evitarlo. Con unas cuantas copas de más encima y sin ningún tipo de filtro, sé que debería callarme, pero la situación es superior a mis fuerzas.
—¿Qué le ves a mi tío? —suelto sin preámbulos.
—¿Qué? —se sorprende— ¿Cómo que qué le veo? Es brillante, es inteligente y va a conseguir grandes logros. Se preocupa por la humanidad, quiere curar el cáncer… es todo lo que está bien en un ser humano. ¿Te parece poco?
—Sí, entiendo la admiración, ¿sabes? No soy idiota. Pero… ¿Qué le ves como persona? Como hombre. Porque, perdona, pero no lo entiendo.
—Claro, los chicos de vuestra edad no podéis entenderlo porque sois inmaduros y estáis más ocupados en fiestas y…
—Eh, espera. ¿Los chicos de mi edad? Esto no va de edades. Solo te pregunto qué le ves a Robert Mitchell como hombre, o como pareja.
—Muchas cosas, pero sobre todo la madurez y…
—Espera, en serio… ¿Estás con mi tío porque es maduro? Porque te voy a dar una noticia en primicia: no lo es. Está en las antípodas de serlo. Mi tío es uno de los hombres más inmaduros que conozco. Y precisamente por eso siempre acaba relacionándose con chicas de tu edad.
—Eso no es cierto.
—Claro que lo es. Desde que tengo uso de razón nunca ha conseguido construir una relación con una mujer de su edad. Siempre acaba rodeándose de estudiantes. Llámalo casualidad si quieres, pero yo llevo demasiados años viéndolo.
—Lo que tienes es envidia y…
—Envidia, claro. Te ha faltado decir que estoy celoso…
pero de eso nada. Lo que tú tienes es una venda en los ojos.
¿Lo admiras? Perfecto, pero no me digas que mi tío Robert te atrae como hombre.
Es desaliñado, no cuida un ápice su imagen y, te repito, es un crío.
Y, sin embargo, vas detrás de él como si fuera una estrella de cine.
—Tú no lo entiendes.
—Por supuesto que lo entiendo. ¿Sabes qué? Yo admiro a Marie Curie; sus logros fueron… madre mía, en esa época lo que logró era increíble. También admiro a Jennifer Doudna, es una científica impresionante y aunque las admiro, no me imagino manteniendo una relación íntima con ellas.
—Marie Curie está muerta, Jacob. Sería un poco gore , ¿no crees?
—Ya me entiendes. Pongamos el otro ejemplo. Jennifer Doudna está viva, es brillante y además es una mujer muy atractiva.
—Pero tiene sesenta años y…
—Ah, interesante. ¿Aquí sí ves un problema con la diferencia de edad?
—Ya entiendes lo que quiero decir. A los hombres no os gustan las mujeres mayores.
—¿Qué? Eso es un prejuicio de manual y, además, me parece ofensivo.
—Ya, pues me da igual. Vosotros no…
—¿Qué pasa con nosotros? —la interrumpo, alzando la voz por encima de la música—.
¿Me estás diciendo que a un tipo como a mí no podría atraerle una mujer mayor?
Porque créeme que podría, y sin ningún problema.
No estoy poniendo en tela de juicio que existan diferencias de edad; cada uno es libre de hacer lo que quiera entre adultos.
Pero una cosa es admirar a alguien y otra muy distinta quererla como pareja, buscar una conexión real.
¿De qué hablas con mi tío? Si él de lo único que habla es de experimentos y tubos de ensayo.
—A ti no te importa lo que yo hable con Robert.
—Tienes razón, no me importa. Pero te miro y lo único que veo es que eres una chica preciosa, inteligente y con un talento increíble, bebiendo los vientos por un tipo que ni te hace caso ni te toma en serio. Pero chica… tú misma.
Me doy media vuelta y la dejo allí, con la palabra en la boca. Soy un gilipollas, lo sé, pero alguien tenía que decírselo.