Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 17
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HAY EVIDENCIAS QUE CONTRADICEN LA HIPÓTESIS

Sofía

En cuanto salgo de la terminal de LAX y espero en la zona de recogida, identifico enseguida el Porsche Macan de mi padre. Pero cuando se acerca, es Alice quien va al volante.

—Hola, preciosa —me saluda, abriéndome los brazos. Le devuelvo el abrazo con la misma intensidad—. Tu padre se ha quedado haciendo la compra y me ha pedido que te recoja yo. Quiere preparar algo especial para mañana.

A ver, mi padre es un tipo moderno que vivió solo muchos años antes de conocer a Alice y sé de sobra que se apaña perfectamente en la cocina y con las tareas de casa. Pero esto me huele a encerrona. A un claro «recoge a Sofía y habla con ella, por favor».

Enfilamos la salida del aeropuerto, incorporándonos al tráfico de la autopista bajo el gris del cielo de Los Ángeles mientras los carriles y los letreros verdes se suceden a toda velocidad.

Tras las preguntas de rigor sobre cómo ha ido mi estancia en Brasil, decido atacar yo antes de que empiece el interrogatorio.

—Entonces, ¿papá te ha mandado a recogerme para qué... exactamente?

Alice me mira de reojo desde el asiento del piloto, sin apartar del todo la vista de la carretera, y sonríe con resignación.

—Sofía —empieza, y ya me voy preparando mentalmente para el sermón—. Eres una chica muy lista. Se lo digo siempre a tu padre. Y aunque él lo sabe de sobra, a veces le cuesta un esfuerzo enorme empezar a pensar en ti como en una mujer independiente.

—Ya, por eso te ha mandado para que hables conmigo, ¿no?

—Exacto.

—Lo sabía. Entonces, ¿puedes hacerle entrar en razón? Porque mi padre es un cabezota y yo sé perfectamente que tú me entiendes. Estás con él, os lleváis trece años y sé que antes tuviste un novio todavía mayor que él.

—De acuerdo, Sofía, para el carro. Porque sí, tu padre me ha mandado a hablar contigo, pero te voy a decir exactamente lo mismo que le he dicho a él: a mí no me metáis en medio.

—Pero tu mejor que nadie podrías explicarle cómo me siento —me quejo—. Puedes hacer que lo entienda de una vez.

—¡No! No pienso meterme donde no me llaman ni hacer entrar en razón a nadie.

Tu padre y tú siempre seréis el uno para el otro, tenéis un vínculo de esos que nada ni nadie puede romper.

Pero yo no voy a posicionarme de ninguna manera, porque soy alguien externo a vuestros líos y sé que, si elijo un bando, acabaré perdiendo a uno de los dos, lo que inevitablemente me hará perderos a ambos.

¡Y no me da la puta gana! —suelta, golpeando el volante con la palma de la mano—. ¿Me he explicado con claridad?

En todo el tiempo que conozco a Alice, nunca, repito... nunca la había oído hablar así. Al menos no conmigo.

—Vale —digo, agachando la cabeza y sintiendo que se me encoge un poco el estómago—. ¿Podrías al menos decirme lo que piensas tú? Ya eres parte de la familia, tienes derecho a opinar y me gustaría que lo hicieras.

—Gracias, cielo y si quieres mi opinión te la daré —dice dándome un toque cariñoso en la pierna sin dejar de mirar al tráfico—.

Como has dicho, yo estuve con chicos mayores antes que tu padre y, sinceramente...

que te atraiga alguien con más experiencia es de lo más normal.

Estás en la edad perfecta para experimentar, y no me refiero precisamente a lo que hagas en el laboratorio.

Pero yo no me enamoré de tu padre solo por la diferencia de edad, que eso quede claro.

Me enamoré de él porque... joder, porque no solo es un hombre increíblemente atractivo.

Es culto, inteligente, divertido y tiene una cabeza maravillosa.

Y algo todavía más importante que todo eso: me trataba como jamás nadie lo había hecho antes. ¿Me entiendes?

Yo asiento despacio, asimilando cada una de sus palabras sin atreverme a interrumpir.

—Estuve con un músico de rock , con un profesor universitario, e incluso con un actor guapísimo al que toda mi familia detestaba y que me engañaba en mis propias narices.

Hasta que conocí a tu padre y... ¿Qué quieres que te diga?

Él me colocó siempre por encima de todo, excepto de algo...

¿Adivinas de qué? —me pregunta, girando el volante para tomar la salida hacia nuestro barrio y dejando la pregunta flotando en el aire—.

Exacto, Sofía. De ti. Tú eras lo único en este mundo por lo que él estaba dispuesto a sacrificarlo todo. ¿Y sabes qué?

Enfilamos por fin la calle de su casa, esa misma que comparte con mi padre desde que decidieron comprometerse. Alice aparca el coche junto a la acera, apaga el motor y se gira para mirarme fijamente a los ojos.

—Eso fue precisamente lo que hizo que me enamorara de él todavía más.

Así que esta es tu vida, es tu absoluta elección, y creo que debes decidir por ti misma si ese profesor merece la pena.

Pero te repito lo mismo que le dije a él: no me pidáis que convenza al otro de nada.

Os quiero a los dos con locura, y lo único que pido es que todo este absurdo mal rollo que tenéis ahora pase de una vez y volváis a la misma relación fantástica que siempre habéis tenido.

Los preparativos de la cena transcurren en una calma total.

Ni yo menciono nada que tenga que ver con Robert ni mi padre hace alusión a eso.

Ni una pregunta capciosa. Todo gira en torno a mis navidades con mi madre en Brasil y sus anécdotas en la mansión de Ethan Calloway, el hermano cirujano de Alice.

A eso de las seis, Amber aparece en la cocina vestida para... matar.

Lleva un vestido rojo ajustado que contrasta con su piel blanca y su pelo rubio de una manera tan explosiva que parece sacada de una revista.

Lo primero que hago al verla así es abrir un armario, coger un delantal enorme y obligarla a ponérselo para evitar que se manche con la salsa.

Eso, y plantarle unas sandalias planas en las manos.

—Toma, anda. Si luego vamos a ir a esa fiesta, no quiero tener que amputarte los pies a medianoche.

—¿De verdad? —abre los ojos con incredulidad—. ¿Entonces no me va a tocar suplicarte para que vayamos?

—No, tonta. ¡Ya te dije que iría contigo!

—Entonces tendremos que hacer algo con ese outfit que llevas tú, ¿no? —me dice, mirándome de arriba a abajo con desaprobación fingida.

—No seas idiota, Amber. Esto lo llevo porque alguien tendrá que evitar que mi padre y Alice quemen la cena. Así que lávate las manos y ayúdame en la cocina.

La cena transcurre sin dramas ni discusiones. De hecho, mi padre está muy cariñoso, casi demasiado, y cada vez que miro a Alice, la veo observándonos con el orgullo de ser la responsable de esta tregua que, para ser sincera, echaba mucho de menos.

Despedimos el año con abrazos y besos, solo los cuatro. Mi padre y Alice consiguen avergonzarme un poco dándose uno de esos besos de película sobre la mesa, con la excusa de que este es su último fin de año como solteros.

Todo muy bonito, pero Amber se descojona.

Luego, entre risas y tras darnos los últimos retoques de maquillaje y peinado frente al espejo, me ayuda a elegir el vestido que me pondré para acudir a la fiesta que los Beta Theta Pi organizan en un apartamento en Westwood.

Amber y yo cogemos un taxi que nos deja directamente allí.

Apenas bajamos, nos absorbe el ambiente de Nochevieja: grupos de estudiantes caminando por las aceras en dirección a distintas casas, chicas con vestidos y tacones intentando no tropezar con las grietas del pavimento, chicos con camisas y chaquetas de corbatas aflojadas, risas a voces y coches que avanzan despacio atrapados en el tráfico.

Westwood siempre me ha parecido una extensión de UCLA; nunca sabes muy bien dónde termina el campus y dónde empieza el barrio. Esta noche, además, todo gira alrededor de la misma excusa. Hay música retumbando desde los edificios, ventanas y balcones iluminados, y grupos reunidos en las esquinas.

Amber camina a mi lado con una sonrisa enorme. No tarda en saludar a varios conocidos entre la multitud hasta dar con uno de los organizadores de los Beta Theta Pi, que nos hace una seña desde la puerta para que nos saltemos la cola y entremos sin ningún tipo de problema.

En cuanto cruzamos la puerta, la música nos envuelve por completo.

El interior es un hervidero de estudiantes: unos cargan botellas entre risas, otros buscan a gritos a sus amigos y el gentío se apodera de cada rincón.

Por un instante, me olvido por completo de la cena, de mi padre y de todo lo que habíamos hablado días atrás.

Después de una Nochevieja en familia, esto es exactamente lo contrario. Lo mejor es que apenas he pensado en Robert. Y quizá sea justo lo que necesito.

Al menos eso es lo que pienso hasta que escucho una voz a mi espalda y me vuelvo para ver a Jacob Bowman con el mismo traje de la exposición de su máster. A diferencia de aquel día, hoy lleva la corbata deshecha, los ojos vidriosos y una copa en las manos. También, una sonrisa peligrosa.

—Sofía Edwards… ¡Qué sorpresa!