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EXTRAÑA NAVIDAD
Jacob
La ruptura con Cindy ha sido bastante más dramática de lo que me esperaba.
Y la verdad es que sigo sin entenderlo del todo, porque lo nuestro nunca fue algo formal ni estable.
De hecho, jamás hablamos de ponerle etiquetas; a lo sumo, habíamos quedado un par de veces para cenar en dos meses, fuimos juntos a la fiesta de Halloween y coincidimos en un par de eventos de mi fraternidad a los que acudió con sus amigas. Nada serio, cero compromisos.
Pero a ella no le sentó nada bien que le dijera que prefería no seguir viéndola, que no veía ningún futuro en lo nuestro.
Hubo reproches, cruce de caras largas y un amago de bofetón que logré esquivar casi por instinto, haciendo un movimiento digno de Matrix.
Me sentí culpable, sí, pero el remordimiento me duró exactamente lo que tardó ella en acribillarme a insultos por WhatsApp, con mensajes explícitos donde, entre otras lindezas, cuestionaba mi hombría.
Por eso, venir a Utah y meterme en casa me viene de perlas para desconectar y recargar las pilas.
Springdale es pequeño. Muy pequeño. Si has nacido allí, prácticamente conoces a todo el mundo o, al menos, sabes quién es. La calle principal está llena de hoteles, restaurantes y tiendas para turistas, y en verano parece que hay más gente de fuera que de aquí.
Pero sales dos minutos de esa calle y todo cambia. Tienes las montañas encima de ti, literalmente. Zion está ahí, al fondo, y cuando eres niño te parece lo más normal del mundo. Creces viendo esas paredes rojas cada mañana y llega un momento en que dejas de mirarlas.
El invierno, en cambio, es otra cosa. Mucho más tranquilo.
Hay días en los que parece que el pueblo se ha quedado vacío. Los turistas desaparecen, los negocios cierran antes y todo el mundo vuelve a su rutina. Es cuando recuerdas que, en realidad, somos cuatro gatos.
A mí me gustaba cuando era un niño. Supongo que porque nunca conocí otra cosa.
Teníamos espacio para aburrirnos, para desaparecer durante horas y volver a casa cuando empezaba a oscurecer.
Y todo el mundo sabía quién eras. Eso podía ser estupendo cuando tenías diez años y bastante menos estupendo cuando tenías dieciséis.
Este es el rincón donde nací y me crie.
El vuelo desde Los Ángeles hasta el pequeño aeropuerto de St. George es corto, pero en cuanto pongo un pie fuera de la terminal y veo la vieja furgoneta de mi padre aparcada allí mismo, el cambio de mundo es absoluto.
Colin, mi padre, lleva años trabajando como guía independiente en Zion, y se mueve con esa tranquilidad inalterable de los hombres curtidos al aire libre.
Me recoge como siempre, con un apretón de manos fuerte y seco que enseguida se convierte en uno de esos abrazos cerrados que te cortan la respiración.
Mientras conducimos de vuelta hacia Springdale, el trayecto se llena de las preguntas de siempre.
Se interesa por la universidad, por mis investigaciones y por cómo me van las cosas en la gran ciudad, atento a cada detalle con esa curiosidad práctica que tiene.
Después de tanto tiempo viendo las colapsadas autopistas de California, estas carreteras secundarias, donde apenas nos cruzamos con un par de coches, me devuelven a esa calma donde el tiempo parece tomarse su propio ritmo.
Al llegar a casa, mi madre, Laura, ya está esperándonos en la puerta.
Me recibe con los brazos abiertos y una sonrisa cálida que de inmediato me hace sentir en casa.
Dirige una pequeña galería de arte y fotografía en pleno centro del pueblo, un negocio que encaja a la perfección con la comunidad de creadores, paisajistas y visitantes atraídos por la magia de Zion.
Con su carácter sociable, observador y esa sensibilidad artística tan suya, siempre ha sido el contrapunto perfecto a mi cabezonería científica y analítica.
Pero quien mejor sabe hacerme sentir en mi hogar es Nana, mi abuela.
Ella ya tiene preparado el menú de Nochebuena y las tareas asignadas a cada uno con precisión militar. Por eso, cuando me ve llegar solo, antes incluso de darme un beso de bienvenida, lanza su primer interrogatorio:
—¿Dónde está tu tío? Él se encarga este año de hacer la salsa de arándanos.
—Vendrá mañana para la cena, Nana. Tenía que cerrar unos asuntos en Salt Lake City.
Mi abuela se marcha refunfuñando y quejándose de él entre dientes. En cuanto se aleja un paso, mi madre interviene al instante.
—Estás más delgado, Jacob. ¿Es que no comes bien? ¿Te ha pasado algo?
—¡No estoy más delgado! —protesto—. Siempre me dices lo mismo cada vez que vengo de visita.
—Mamá, ¿tú lo ves más delgado? —le pregunta a mi abuela, buscando una cómplice desesperadamente.
—No digas tonterías, Laura. El chico está guapísimo, como siempre.
—Gracias, Nana —respondo, sonriendo por tener a mi abuela como aliada.
Antes de que mi madre pueda replicar, ella me coge de la manga del abrigo con una fuerza impropia de su edad y me hace acompañarla hacia la cocina.
—Anda, ven conmigo. Necesito un chico alto y fuerte para que me ayude.
En cuanto estamos a salvo del alcance de los oídos de mi madre, me somete a un tercer grado que me deja sin margen de maniobra.
—A ver, chico, dime qué te pasa —me ordena, seria—. No voy a consentir que tu madre te amargue el día con sus manías, pero a mí no me engañas. Estás más delgado que en Acción de Gracias, y de eso no ha pasado ni un mes.
—Nana, no creo… Será el estrés por los exámenes finales, el laboratorio, el máster…
—Eso son tonterías. Llevas seis años en California, has terminado la carrera, te has pasado media vida metido en el laboratorio, y nunca habías venido con este aspecto. Algo ha cambiado, y vas a decírmelo. ¿Es por una chica?
—¿Qué? ¡No!
—¿Es por un chico? —insiste cambiando de tercio sin inmutarse lo más mínimo—. Soy una abuela moderna, no me voy a asustar.
Y es verdad; mi abuela pertenece a una generación a la que le enseñaron a mirar el mundo sin prejuicios, y los años solo han afinado su olfato.
Yo solo niego con la cabeza mientras contengo una sonrisa y le doy uno de esos abrazos de oso que tanto odia porque la aprisiono contra mi pecho sin dejarla mover un músculo.
—No te preocupes, ¿vale? —intento tranquilizarla—. No es nada importante.
—¿Seguro?
—Bueno, he roto con una medio novia que tenía, pero estoy bien, de verdad.
—¿Novia? Nunca me has hablado de ella.
—Porque no era nada serio, abuela. Así que…
—Entonces es que hay otra persona —concluye ella con una lógica aplastante—.
Alguien que te quita el sueño. Porque si en la facultad no ha cambiado nada y sigues haciendo exactamente los mismos experimentos en el laboratorio, la única variable anómala en la ecuación eres tú.
En ciencia los datos son tozudos, y los tuyos hablan por sí solos: hay un factor externo que desestabiliza todo el sistema.
Me quedo mirándola un instante, flipando un poco con que sea capaz de usar la física en mi contra. Como sé perfectamente que no va a parar hasta que confiese, bajo los brazos y me rindo.
—De acuerdo —admito al fin—. Hay una chica. Pero está con otro y, sí, me quita un poco el sueño. ¿Contenta? Pero no tienes de qué preocuparte, te lo aseguro.
—Ya sabía yo que había algo que no me contabas.
No vuelvas a querer ocultarme nada —me sentencia, señalándome con un dedo acusador antes de cambiar de tema con total naturalidad—.
Ahora bájame ese cuenco de la estantería de arriba que tendré que hacer yo misma la salsa de arándanos; conociendo a tu tío, mañana aparecerá por la puerta con el tiempo justo, una salsa de bote y a mesa puesta.
Y mi abuela no se equivoca. Mi tío Robert llega a las siete de la tarde del mismo día de Nochebuena y, aunque nos coge con los preparativos a medias, aparece justo a tiempo de abrazar a todos y aceptar la cerveza fría que le tiende mi padre.
La bronca que Nana le tenía preparada se queda en nada comparado con lo que amenazaba con soltarle, así que nos sentamos a cenar sin echar más leña al fuego.
La cena sigue el ritmo de siempre en esta casa.
La comida justa, porque mi abuela siempre insiste en que desperdiciarla es un pecado imperdonable con la cantidad de gente que pasa hambre en el mundo.
El señor y la señora Peyton, nuestros vecinos de al lado, comparten la Nochebuena con nosotros desde que sus hijos se mudaron a Europa, de modo que acabamos siendo siete personas reunidas alrededor de la mesa entre risas y anécdotas.
Cuando los platos ya están limpios y la noche avanza, mi tío me hace una seña para que lo acompañe un momento aparte.
—Oye, yo me vuelvo a Los Ángeles mañana después de la comida de Navidad. ¿Quieres venirte conmigo? Necesito adelantar los análisis pendientes de los cultivos celulares en el laboratorio.
—No puedo, tío Robert. Ya le prometí a mamá que me quedaría unos días más. Además, tengo el vuelo de vuelta reservado para el día treinta.
—Ya —dice con una mueca de resignación—.
Esperaba que pudieras adelantarlo y volver antes.
Me ha surgido un viaje imprevisto a Filadelfia el treinta y uno.
Tengo que dejar cerrados los informes de resultados antes de retomar las clases.
El decano me ha dado un par de días de permiso, pero necesito a alguien de absoluta confianza que supervise el laboratorio mientras yo no estoy.
No me fío demasiado de los apaños de Kaufmann.
—Lo siento de verdad, pero hasta el treinta me es imposible. Mamá siempre se queja de que apenas paso tiempo con ellos y, la verdad, lleva toda la razón.
—De acuerdo, tendré que apañármelas como pueda. No te preocupes, muchacho.
Más tarde, lo veo acorralar a mi abuela para soltarle la misma excusa con la que intenta justificar su marcha.
En ese instante, el móvil de mi tío, colocado boca arriba sobre el aparador, se ilumina.
Lo cojo para dárselo y, aunque intento no mirar, resulta imposible ignorar las burbujas de notificación que se acumulan en la pantalla.
Es Sofía.
Se lo alcanzo y él le echa un vistazo rápido antes de guardárselo en el bolsillo, ignorando los mensajes con total indiferencia.
Yo me quedo con una sensación de frustración absurda, preguntándome qué demonios le habrá visto a mi tío una chica tan increíble para ir detrás de alguien que pasa de ella de esa manera.