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TRISTE NAVIDAD
Sofía
Las Navidades en la familia Sousa no se parecen en nada a lo que he vivido en Estados Unidos. De hecho, creo que hasta me transformo en cuanto pongo un pie en Brasil.
Aquí la gente canta a todas horas.
La diferencia empieza por la música: los villancicos son totalmente alegres y festivos, un desmadre rítmico que no tiene nada que ver con las melodías lentas y melancólicas de los yankis.
En el salón hay una mezcla constante de risas, televisión a todo volumen, olor a comida casera y ventiladores de techo que zumban intentando espantar el calor del verano austral. Mientras que en Los Ángeles las fiestas se viven con una formalidad exasperante, aquí el caos es una forma de cariño.
Ver a mi madre es lo mejor de las vacaciones. Después de cinco meses sin abrazarla —desde finales de agosto, cuando me mudé con papá para retomar el curso—, es increíblemente reconfortante volver a casa, aunque solo sea por unos días.
Nunca me he arrepentido de dar el salto y mudarme para estudiar en California.
Al fin y al cabo, soy mitad estadounidense y no considero que esté renegando de mis raíces.
Pasé allí la mayor parte de mi infancia, hasta que mis padres se divorciaron cuando era pequeña.
Pero toda mi adolescencia y la mayoría de mis amigas están aquí, en São Paulo.
En pleno bullicio de la cena, mi tío Gustavo y mis primos —todos más jóvenes que yo— sacan una guitarra acústica y una botella vacía de algún licor brasileño que rascan con un anillo de metal para llevar el compás.
Se ponen a entonar un villancico improvisado mientras mi madre y mi tía Mariana sacan los postres a trompicones entre las sillas.
Esa explosión de alegría familiar choca frontalmente con el nudo que llevo en el pecho desde que salí de Los Ángeles.
Pongo una excusa y aprovecho para ir un momento al baño y echarle un vistazo al móvil, porque en casa de los Sousa está terminantemente prohibido sacar cualquier aparato en medio de la cena.
Tengo varios mensajes de mi padre y de Alice.
Me han mandado una foto de su Nochebuena.
La estampa no puede ser más distinta: aquí somos unas veinte personas apiñadas en un apartamento de noventa metros cuadrados, sudando en mangas de camisa, mientras que ellos apenas son tres parejas en lo que parece la mansión del hermano de Alice.
La imagen está tomada en el jardín, a plena luz del día, con un aperitivo en la mano y la cena todavía por empezar.
Mi padre sale con esa sonrisa de idiota que se le queda cada vez que Alice se le pega al brazo.
Luego tengo otra de Amber, que estará empezando a cenar en Montreal con un jersey de lana gordo, y el chat grupal de mis amigas de aquí, intentando cuadrar horarios para hacer una quedada después de la comida de Navidad.
Pero lo que de verdad me pone triste es mirar el chat con Robert.
Al entrar en la conversación, compruebo que parece un monólogo patético. Le he mandado varios mensajes preguntándole cómo ha ido el viaje, qué tal el vuelo a Utah, cuáles son sus planes para estos días. Cuanto más repaso las burbujas de texto, más ridícula me siento.
Cuando regreso al salón, la calidez de mi familia brasileña consigue distraerme un rato de todo lo que llevo en la cabeza. Pero la tregua dura poco. Ya entrada la noche, cuando por fin me dispongo a ir a la cama, el teléfono vibra sobre la mesilla.
Es una notificación de Robert.
Un solitario «Feliz Navidad» que no va acompañado de nada más. Ni una sola palabra sobre nosotros, ni un matiz, ni un intento de alargar la conversación. Se queda ahí, frío y protocolario, dejándome mucho más vacía y triste que antes de abrirlo.
Después de la comida de Navidad, mis amigas y yo hemos quedado en una cafetería animada en el barrio de Pinheiros. Llevo meses sin ver a la mayoría, y cada una está con su vida perfectamente encarrilada.
Gabriela nos cuenta cómo le va en la Universidad de São Paulo estudiando Magisterio, y Larissa se lamenta por no haberle puesto más empeño a los libros, obligada ahora a soportar a su padre como jefe a jornada completa.
Incluso Mariana, la más excéntrica del grupo, nos cuenta su viaje por Colombia y Perú como voluntaria en una ONG.
Después de ponernos al día con los estudios y el trabajo, llega el momento del salseo. Lo que nos da más vidilla.
Gabriela confiesa que ha iniciado una relación casi seria con un chico de su facultad que estudia Ingeniería y que ayer mismo estuvo cenando con ella en Nochebuena. Larissa es un caso aparte, porque sigue con su novio del instituto y ya tienen planes de boda.
—Pero si solo tienes veinte años —le decimos casi a coro—. Eres demasiado joven. ¿En serio estás pensando en casarte?
—Llevo trabajando dos años, él también está en la empresa de su familia... ¿Para qué voy a esperar más? Queremos vivir juntos.
Escuchar así a mi amiga me deja un sabor agridulce. Por un lado, me alegro un montón de verla tan decidida; por otro, siento una punzada de envidia que me apresuro a borrar.
—¿Y tú, Mariana? —le pregunto.
Ella sonríe de oreja a oreja, saca el móvil y empieza a pasarnos fotos de su paso por Perú.
—¿Veis a esa rubia? Es sueca y trabaja para Médicos Sin Fronteras. La conocí allí y creo que lo nuestro va en serio. Estoy pensando en mudarme, chicas.
Lo que viene a continuación es una de esas típicas escenas nuestras en las que todas empezamos a chillar, a golpear la mesa y a abrazarnos como locas bajo la mirada atónita del resto de clientes del local.
Pero el contraste es brutal, casi violento, cuando la conversación da la vuelta y me toca a mí hablar de lo mío.
Les cuento a grandes rasgos mi historia con Robert, intentando restarle gravedad con una media sonrisa para que no suene a drama. Y entonces llega el momento inevitable: las preguntas sobre el físico, la curiosidad, el «enséñame una foto».
Entonces saco el teléfono, dispuesta a buscar alguna en la galería, pero me quedo helada con el aparato en la mano.
No hay ninguna. Ni una sola.
Robert no es de posar y, que yo recuerde, no tenemos ni un solo selfie .
Evidentemente, no es el tipo de hombre que va subiendo fotos a las redes sociales.
Me excuso a medias diciendo que es mayor, que no es como los chicos de nuestra edad, e intento presumir de que él solo aparece en publicaciones académicas y en portales universitarios porque es un científico de prestigio.
Noto cómo mis amigas sonríen y me dicen que es increíble, pero, en el fondo, hasta a mí me da vergüenza darme cuenta de que no puedo presumir de estar con alguien si ni siquiera soy capaz de enseñar una simple foto en la pantalla de mi móvil.
Despedirme de mis amigas en Pinheiros me deja mucho peor de lo que estaba. Había acudido con toda la ilusión de reencontrarme con ellas, de volver a conectar con las compañeras con las que compartí cada rincón de la secundaria, pero solo he conseguido sentirme completamente desubicada.
Todas arrastran una inercia imparable hacia el futuro, con planes de pareja sólidos, anillos de compromiso o mudanzas internacionales que gritan estabilidad.
Y a su lado, la realidad de lo mío con Robert me explota en la cara, revelando un territorio lleno de sombras donde antes solo quería ver luces.
Camino de regreso a casa de mi madre, esquivando el bullicio nocturno de las calles de São Paulo. Consulto la pantalla del móvil y hago un cálculo rápido de la diferencia horaria con Canadá. En Montreal ya deben estar en plena sobremesa de la comida de Navidad.
Y yo necesito la voz de mi asesora sentimental con urgencia antes de que este nudo en el pecho termine por ahogarme.
Solo tarda dos tonos en contestar y yo suelto un suspiro de alivio.
—¡Holaaaa, morena! —saluda al otro lado con su energía de siempre—. ¿Cómo va el verano austral? Aquí hace un frío polar que te hiela hasta las pestañas.
—Hola, Amber —contesto sin tanto entusiasmo, incapaz de disimular del todo el peso que arrastro.
—Ey, Sofi. Espera un segundo. No suenas nada bien —su tono cambia de inmediato—. ¿Qué te pasa?
—Nada, es solo que te echo de menos —le suelto, mintiendo a medias porque la verdad implicaría abrir un melón demasiado grande en mitad de la calle—. ¿Cuándo vuelves a Los Ángeles?
—Pues el día treinta. Al final he rascado una buena oferta en un vuelo y cruzaré los dedos para que no me lo cancelen por ningún temporal de nieve, pero paso el fin de año allí seguro.
A mí se me ilumina el cielo de nuevo.
—¿En serio? ¡Yo también estaré de vuelta! Entonces… ¿Vienes a cenar conmigo, con mi padre y Alice?
Al otro lado se oye una carcajada cómplice.
—Uy… ¿Habrá drama de sobremesa por cierto profesor cuarentón que tu padre no puede ni ver en pintura?
Porque no sé si estoy preparada para empezar el año con tensión en el ambiente —bromea entre risas antes de suavizar el tono—.
Estoy de coña, amiga. Si no estorbo, cuenta conmigo.
Aunque me han soplado que los de Beta Theta Pi montan una fiesta brutal esa misma noche.
—No sé si tendré cuerpo para grandes fiestas, pero… si vienes a cenar conmigo, te prometo que haré un esfuerzo y lo daremos todo.
—No se hable más, cariño. Nos vemos muy pronto.
Corto la llamada y guardo el teléfono en el bolsillo mientras subo los últimos escalones hacia el piso de mi madre. El aire caliente de la noche brasileña me golpea la cara de nuevo, pero al menos la perspectiva de tener a Amber de vuelta me alivia.
El año se apaga, y aunque las respuestas que busco siguen sin aparecer en la pantalla de mi móvil, al menos sé que no tendré que enfrentarme sola al vacío del nuevo comienzo.