Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 14
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¿QUÉ HAY DE LOS

EFECTOS SECUNDARIOS?

Jacob

Los finales han sido agotadores. Porque sí, nos hemos librado de las prácticas del laboratorio, pero en cambio me ha tocado corregir un montón de exámenes. Como no podía ser de otra forma, ese es el trabajo tedioso y sin gracia que mi tío Robert considera prescindible y de escaso valor.

Billy y otro par de estudiantes de doctorado que hacen las veces de profesores asistentes de Robert me convencen para que vayamos a uno de esos locales de moda en West Hollywood.

No conozco el sitio, pero en cuanto cruzamos la puerta el ambiente es oscuro y vibrante.

A los lados, varias bailarinas gogó se mueven dentro de grandes jaulas metálicas colgadas del techo, mientras que sobre el pequeño escenario central las luces de neón cortan la penumbra al ritmo de una música electrónica realmente molesta.

Billy y los demás han cogido una mesa pequeña en una esquina, bastante cerca del escenario.

Las actuaciones se suceden al mismo tiempo que se vacían nuestras copas.

Nos reímos con uno de esos monologuistas que hacen chistes baratos sobre la política y los temas de actualidad, aunque casi nadie le presta la mínima atención; todos esperan que la atracción especial de la noche haga su aparición.

Las luces bajan de golpe y los focos solo dejan ver una silueta.

Es una chica en mallas, con una camiseta de cuello enorme que apenas le tapa la parte superior de los muslos y le deja un hombro al descubierto.

Lleva unos tacones de esos que deben destrozar los pies, pero ella se mueve con elegancia sobre ellos, bailando al compás de una música lenta alrededor de una silla.

Por mucho que intento fijar la vista, no consigo distinguir su cara. Los focos desde atrás hacen que sus rasgos queden en absoluta penumbra.

El resto de mis compañeros vitorean cada movimiento sensual de la chica, dándose codazos cómplices y señalando hacia el escenario. Se nota que no es la primera vez que ven este espectáculo.

La chica sigue sobre la silla hasta que, en un momento dado, se sienta, acciona una palanca que surge del techo y hace que caiga sobre ella un cubo de agua fría que la empapa por completo.

Echa la cabeza hacia atrás, sacudiendo el pelo y salpicando gotas sobre el público, que ruge todavía más fuerte.

Es entonces cuando mi tío Robert aparece de la nada a mi lado y me grita entre el bullicio:

—Es buena, ¿verdad?

Entonces la chica del escenario se gira hacia mí. Pero lleva una máscara. Mi curiosidad crece por momentos y me levanto, acercándome a ella porque necesito verle la cara. Y, es en ese momento, como si hubiera escuchado mis pensamientos, se quita la máscara y la reconozco. Es Sofía Edwards.

—Profesor Bowman —dice con una voz sensual—. Me alegro muchísimo de verte por aquí.

Me tiende la mano y yo, como un autómata, se la doy y la sigo hasta salir del local.

En cuanto abrimos la puerta, el contraste de luces es brutal.

Pasamos de la oscuridad de ese antro a una claridad casi aséptica; todo es blanco, azul y verde luminoso.

Estamos en el laboratorio, que está vacío.

Sofía ahora lleva la bata blanca con la que siempre trabajamos, con el pelo seco y suelto cayéndole sobre la espalda.

O al menos eso alcanzo a distinguir antes de que mis gafas se empañen de nuevo por el cambio de temperatura.

El escenario ha cambiado, pero su actitud no. Sofía se mueve entre las mesas como si aquello fuera su pasarela particular, y se abre la bata dejándome ver que debajo solo lleva la ropa interior.

—¿Quieres saber si lo que dicen de mí en el campus es verdad? —me pregunta acercándose despacio.

—¿A qué te refieres? —consigo responder, completamente hipnotizado.

—A que en vez de hincar los codos, soy especialista en hincar las rodillas.

No me da tiempo a articular palabra. Se agacha delante de mí y, cuando bajo la vista, me encuentro con sus ojos desafiantes y su boca tan cerca de mis pantalones que siento que voy a explotar.

No debería quedarme callado, pero llegados a este punto soy incapaz de decir nada, y ella interpreta mi silencio como el consentimiento exacto que necesita para bajarme la cremallera y llevársela a la boca.

—Sofía… —suspiro—... joder, sí.

Parece que al final no me he quedado mudo y algo puedo articular. Estoy disfrutando de cada segundo, del roce y de las caricias de su lengua en mi polla. Es jodidamente buena en esto, y lo sabe.

—¿Cómo voy, profesor Bowman? —me dice separándose apenas unos milímetros y mirándome desde abajo—. ¿Lo estoy haciendo bien?

—Sí, lo haces genial —contesto casi en un suspiro—. ¿Puedes seguir, por favor?

—¿Qué nota me pondrías? —insiste con una sonrisa.

Entonces ya no puedo aguantar más. La cojo de los hombros para que se levante y me lanzo a besarla solo para que se calle.

Miro a mi alrededor. Todo el laboratorio está lleno de mesas con tubos de ensayo, pipetas y placas de Petri; microscopios nuevos y material recién adquirido abarrotan cada rincón. Con un gesto brusco, barro todo de un manotazo, tirándolo al suelo para despejar la superficie de una de las mesas.

A la mierda unos cuantos años de investigación. A la mierda los cultivos y los experimentos. En lo único que puedo pensar es en ella.

Pero cuando me doy la vuelta, Sofía ya no está. En su lugar, mi tío Robert se queda plantado mirándome con una mezcla de decepción y asombro, negando despacio con la cabeza antes de preguntar:

—Jacob, ¿se puede saber qué cojones estás haciendo?

Me despierto sobresaltado, con el pulso acelerado y una buena erección. De esas con las que me solía levantar a los quince años. Solo que ahora tengo veinticuatro y no estoy tan salido como cuando era adolescente.

Al menos eso creía hasta hace dos putos segundos.

Me quedo un buen rato mirando el techo a oscuras, intentando bajar las revoluciones, pero no voy a negar lo evidente. Esto solo se me puede bajar con una ducha fría o una paja.

La idea de masturbarme me la quito enseguida de la cabeza. Lo único que me faltaba es correrme pensando en Sofía Edwards con la bata del laboratorio, en ropa interior y chupándomela entre las mesas de trabajo.

No, joder. Tengo que quitarme esa imagen de la cabeza.

La ducha fría me viene bien, al menos para calmar el cuerpo, pero no rebaja ni un ápice el recuerdo del sueño que acabo de tener con ella.

Le echaré la culpa a los nervios.

Hoy es el Research Symposium , la presentación de mi proyecto de máster ante el tribunal y los profesores del departamento. Llevo semanas con el estómago encogido por esto, así que es normal que la cabeza me juegue malas pasadas.

¿Verdad?

Claro que sí, pensemos en eso y no en lo mucho que me atrae la chica de mi tío, que para colmo es una de las alumnas del grupo de laboratorio que tutorizo.

Cuando llego al salón de actos, el ambiente es el de siempre: aire acondicionado demasiado frío, profesores con cara de aburrimiento mortal en las primeras filas y los compañeros de siempre repasando notas de último minuto.

Me acomodo la corbata, trago saliva y subo al estrado cuando nombran mi proyecto.

Al principio la voz me tiembla un poco, pero en cuanto me meto en materia, con los gráficos de los cultivos y los resultados de las muestras, la tensión desaparece.

Es algo que domino y las palabras salen solas.

Todo va sobre ruedas hasta que, en medio de una pausa, levanto la vista de la pantalla y me encuentro con ella.

Sofía está sentada en una de las filas del medio, mezclada con el resto del grupo de laboratorio: Arjun impasible, Lily y Megan sonriéndome, y Owen medio distraído. La estampa habitual.

No debería afectarme. Pero en cuanto nuestros ojos se cruzan, la imagen de hace un rato vuelve a mi cabeza con tanta fuerza que noto de nuevo los temblores en las piernas y la voz a punto de quebrarse.

Termino la exposición con el piloto automático, respondiendo a un par de preguntas de rigor de los profesores con más soltura de la que me esperaba.

Cuando bajo del estrado, los profesores y compañeros me felicitan.

Mi tío Robert se acerca con una sonrisa de orgullo mal disimulada, me atrapa en un abrazo rápido y firme, y me suelta un «buen trabajo, muchacho» directo al oído.

—Esto hay que celebrarlo como Dios manda —añade con una palmada en la espalda antes de excusarse—. Me reclama el decano, pero esta noche nos tomamos algo para celebrarlo como se merece.

El grupo de laboratorio al completo, encabezado por Arjun, se acerca a felicitarme.

Yo intento disimular la incomodidad evitando mirarla, pero cuando todos se van dispersando y ella es la única que se queda, no puedo evitarlo más.

Es una estupidez, lo sé, pero tengo la maldita sensación de que llevo escrito en la frente todo lo que he soñado esta madrugada.

—Enhorabuena —me dice—. Me ha parecido muy interesante lo que has planteado sobre cómo el microambiente tumoral puede inhibir la respuesta de los linfocitos T. Nunca había pensado que pudieras trabajar sobre ese mecanismo para conseguir que la inmunoterapia fuera más eficaz.

—Gracias, Sofía —contesto dudando—. Estaba un poco nervioso, sobre todo al principio.

—Pues yo te he visto bastante seguro.

Podría explicarle que mis nervios van por otra parte, pero prefiero dejarlo ahí.

—En fin, ahora que han terminado los exámenes, mi exposición y hemos dejado las prácticas del laboratorio en pausa, toca descansar —digo cambiando de tema—. ¿Dónde pasas las navidades?

—Pues en realidad me voy a Brasil, con mi madre. Estaré unos días allí con ella, visitaré a mis amigas de São Paulo e intentaré desconectar. ¿Y tú? ¿Pasarás las navidades en familia?

La pregunta puede parecer casual, pero sé que el trasfondo es consciente. Desde que le dije que Robert era mi tío y que pasamos Acción de Gracias juntos, está claro que Sofía quiere sacarme información.

—Pues sí, claro. Iré a Springdale a ver a los míos.

Aunque solo unos días, la verdad. Robert ya me ha soltado que antes de fin de año tenemos que dejar listos los nuevos cultivos.

El proyecto NOVA no puede quedarse parado demasiado tiempo, así que tendré que revisar las muestras y dejarlo todo preparado para cuando volvamos de las vacaciones.

—Vaya, el profesor Mitchell te tiene bastante esclavizado, ¿no?

—Es un hombre ocupado. Necesita delegar.

No sé por qué, pero me sale justificarlo. Ella parece estar pensándose muy bien la próxima pregunta, como si esto fuera un interrogatorio y ella un policía intentando sacarme la verdad.

—¡Jacob! —escucho una voz a mi espalda interrumpiéndonos—. Has estado increíble.

Cindy aparece a mi lado, cogiéndome del brazo y dándome un beso en la mejilla, manteniendo esa misma confianza de siempre. Viene acompañada de su amiga Carolyn, a la que observo de reojo mientras le hace un repaso de arriba a abajo a Sofía.

—Gracias. No os he visto, creía que no ibais a venir —les digo a ambas.

—Sí, bueno, no me he enterado de casi nada de la charla —admite Cindy con naturalidad—, pero Carolyn y yo nos hemos sentado en la última fila para verte. El traje te sienta de maravilla, por cierto.

La situación se vuelve tensa y no sé dónde meterme. Miro a Sofía, que solo sonríe con incomodidad.

—Bueno, Jacob, enhorabuena de nuevo —me dice con una sonrisa de cortesía—. Que pases muy buenas vacaciones.

—Igualmente, Sofía.

La veo alejarse, y luego a Cindy y a su amiga cuchichear. Aunque ahora Cindy va vestida de manera elegante y formal, siento exactamente la misma incomodidad que en la fiesta de Halloween.

—Oye, Jacob, ¿nos vamos a tomar algo para celebrarlo? —me pregunta.

Y yo lo tengo muy claro. Es el momento perfecto.

—Sí —le contesto—. Tenemos que hablar.