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ESTO NO ES UN PROTOCOLO
DE AISLAMIENTO
Sofía
Todo en la vida tiene un límite, y la semana de exámenes finales de este primer trimestre, aunque se me han hecho eternos, ya han terminado.
El tiempo que he pasado en la residencia estudiando todas las vacaciones me ha servido para dejar de pensar en las discusiones con mi padre. Pero terminar estas pruebas con las mejores notas ni siquiera me ha servido de consuelo.
Con Robert ha sido un poco más de lo mismo, o peor.
Durante todos estos días ha estado completamente ausente, de viaje en viaje, lidiando con los nuevos inversores, supervisando la compra de material de laboratorio y metido de lleno en un torbellino de reuniones del que parecía imposible salir.
Mientras tanto, sus asistentes —entre ellos su sobrino, Jacob— se han encargado de evaluarnos.
Las prácticas se suspendieron temporalmente para darnos margen, así que apenas nos hemos visto.
Y yo, siguiendo los consejos de mi estratega sentimental particular, Amber, no le he escrito ni una sola vez.
Cuando recibo un mensaje suyo, por propia iniciativa y sin que haya sido yo quien haya dado el primer paso, el cuerpo me da un vuelco y me sorprendo a mí misma, pero mi amiga se limita a hacerme un gesto lento con la cabeza que significa un rotundo te lo dije .
Lleva toda la semana prohibiéndome que sea yo quien lo busque.
—Hazme caso, cariño —me ha estado repitiendo estos días—. Solo tienes que dejarlo con la duda, demostrarle que no estás a su completa disposición... y volverá a ti.
Su mensaje en la pantalla dice: He visto tus notas, preciosa. Habrá que celebrarlo.
Cuando llego a su casa, no sé muy bien qué esperaba. No soy tonta, y tampoco es que creyera que vendría a recogerme a la residencia en una limusina con un ramo de flores, aireando nuestro supuesto romance por todo el campus al estilo Pretty Woman .
Pero tampoco esto.
—Entonces, ¿qué te ha parecido? —le pregunto, entusiasmada y con las expectativas por las nubes—. He sacado un sobresaliente en Química Orgánica. Según me han comentado, he sido la única de la promoción.
—Joder, Sofía, es magnífico. Además, el profesor Maxwell es un cabrón bastante exigente. Enhorabuena.
—Gracias... Entonces, dime, ¿a dónde vamos a celebrarlo? —le pregunto con una sonrisa, ladeando la cabeza—. Había pensado que podíamos ir a Bavel. ¿Lo conoces?
—La verdad es que no —me responde, cambiando ligeramente el gesto mientras se cruza de brazos.
—Pues verás, está en el Arts District —empiezo a contarle ilusionada—.
Es un sitio impresionante, con ese rollo industrial de nave rehabilitada, ¿sabes?
Tiene paredes de ladrillo visto y muchísima vida.
Llevo tiempo queriendo ir a probarlo. Podríamos pedir su plato estrella, el cordero asado con la laffa calentita recién salida del horno y, aunque sabes que no suelo beber alcohol, esta vez podríamos pedir un buen vino... En fin, celebrarlo de verdad.
Lo imagino todo con una ilusión desbordada, convencida de que por fin vamos a comportarnos como una pareja normal, compartiendo una noche fuera de su rutina científica.
—Yo había pensado pasar el tiempo aquí, tranquilos —me dice en cambio con total naturalidad—. Pedir una pizza, poner una película... Ya sabes, lo de siempre.
El entusiasmo se me congela de pronto y todas mis ilusiones se desvanecen.
—Pero si llevo una semana encerrada en la habitación de la residencia, Robert, casi sin pisar la calle por los malditos exámenes. Creía que hoy podríamos hacer algo especial, salir a cenar...
Robert se acerca, me coge de la nuca con determinación y me besa tragándose mis protestas. No es que quiera discutir, pero necesito decir lo que siento o sé que voy a explotar aquí mismo.
—Para, Robert. Estaba hablando en serio —le digo, apartándome con suavidad de su agarre.
—¿Entonces, al final no quieres que pidamos la pizza?
—Quiero que salgamos por ahí. Quiero que, al menos una vez, me lleves a cenar a algún sitio como cualquier pareja normal. No creo que esté pidiendo tanto, ¿no?
Él se queda en silencio un segundo, mirándome con esa expresión distante que parece calcular la mejor manera de zanjar el asunto sin hacer demasiado esfuerzo.
—Tienes razón —dice al fin, agachando ligeramente la cabeza con gesto conciliador—. Voy a llamar a ese sitio.
Pero está claro que hoy no tengo el día, ni la semana ni el mes, al menos en el terreno personal.
Robert coge el teléfono y marca para intentar reservar una mesa, pero al cabo de unos minutos cuelga con una mueca de disculpa: está todo completo y la siguiente disponibilidad es para después de Navidad.
Me mira esperando que diga algo, pero yo me limito a negar con la cabeza.
Era para hoy. En Navidad ni siquiera estaré en Estados Unidos.
—No pasa nada —digo, resignada—. Ha sido una idea estúpida. Es un restaurante de moda, era obvio que no iba a haber hueco.
—Bueno, otra vez será. Entonces, ¿qué? ¿Pedimos la pizza?
Robert coge el teléfono, marcando directamente el número de nuestra pizzería habitual. La de siempre. Esa que se ha convertido en una especie de rutina cómoda para él, el fiel reflejo en el que se ha transformado nuestra relación.
Lo escucho pedir la pizza «de siempre» porque es su preferida, aunque a mí la masa fina y los ingredientes cargados de grasa nunca me hayan convencido del todo. De hecho, casi nunca como más de un par de bocados.
Debería habérselo dicho en su momento, claro. Pero lo fui dejando pasar porque… ¿Qué más da lo que comamos cuando lo único que quiero es compartir tiempo con él?
Lo que pasa es que ahora, viendo cómo marca los números de memoria y habla con el chico que siempre atiende al teléfono, no me siento resignada.
Ahora me molesta.
Me molesta escucharle hacer el pedido, llamar al chico de la pizzería por su nombre con total familiaridad.
Ni una sola vez se ha detenido a pensar si de verdad me apetece, si prefiero otra cosa, o si simplemente me estoy tragando la cena por compromiso.
Para él, dar por sentado mis gustos es tan automático como encender la luz del laboratorio.
Se sabe el nombre del pizzero y ni una sola vez me ha preguntado cómo se llama mi padre, o si tengo algún hermano. Ni siquiera sabe dónde pasé Acción de Gracias ni con quién.
Mientras tanto, yo me conozco hasta el último detalle de su biografía, y si por ejemplo no sé más, es porque él nunca me cuenta las cosas a no ser que yo se las saque a base de preguntas.
Me quedo sentada en el borde del sofá, escuchando su charla rápida con Joey, el pizzero. Es simpático, educado y complaciente. No debería molestarme su interacción, pero me da la sensación de que habla más con él de lo que ha hablado conmigo en esta última semana.
Cualquiera que lo escuchara pensaría lo mismo: Robert es encantador y educado, amable y considerado.
Pero hay una diferencia importante. Esa persona con la que habla solo la conoce por teléfono, no la ha visto en su vida y es alguien que solo le escucha porque le está vendiendo una pizza, mientras que yo, la persona que se supone que es su pareja, solo soy un elemento más que existe en su vida de forma periférica, como un adorno decorativo y cómodo que encaja únicamente cuando no interfiere en su órbita principal.
Mientras cuelga el aparato y se gira hacia mí con una media sonrisa, intentando retomar el ambiente distendido como si nada hubiera pasado, mi mente empieza a dar vueltas de una forma que no me gusta nada.
Pienso en las semanas de exámenes, en sus constantes viajes en los que siempre está demasiado ocupado para contestar mis mensajes.
Pienso en su reticencia a llevarme a conocer a su familia, a cómo ni siquiera me había contado lo de Jacob.
Pienso en la forma en que me ha besado antes para acallar mi protesta, zanjando mi intento de tener una cita real con la misma facilidad con la que se rechaza un protocolo defectuoso.
No peleamos, no alzamos la voz ni discutimos a gritos.
No le reprocho nada, y creo que eso es mucho peor.
Porque todos estos pensamientos se amontonan en silencio en mi cabeza mientras él, tan tranquilo, vuelve a sentarse y empieza a hablarme de la purificación de proteínas y de los nuevos ensayos con vectores virales.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —lo interrumpo de golpe—. Y no tiene nada que ver con el proyecto ni con el laboratorio.
Robert se calla de inmediato. Me mira desconcertado un segundo, parpadea, y enseguida dibuja esa sonrisa protectora con la que siempre intenta desarmarme antes de acariciarme la mejilla.
—Claro, Sofía. Pregúntame lo que quieras.
Entonces lo suelto. Porque, a pesar de que lleva más de media hora hablándome de procedimientos y tubos de ensayo, no he sido capaz de prestarle atención ni un solo minuto.
—¿Por qué nunca me dijiste que Jacob Bowman era tu sobrino?
La cara le cambia por completo. La calma se le evapora de golpe, dejando paso a una incomodidad que ya no es capaz de disimular. Se pone a la defensiva de inmediato, con esa urgencia torpe de quien intentaba proteger un secreto a toda costa.
Y es que no lo entiendo.
Puedo llegar a comprender que no fuera pregonándolo a los cuatro vientos por los pasillos de la facultad, pero yo no soy cualquier persona; yo soy su pareja.
—¿Quién te ha dicho eso? —me pregunta, tenso.
—¿Eso qué más da? Lo sé y ya está. Al igual que la mayoría del campus sabe que nos acostamos, y que por lo bajo me llaman tu nueva putita.
—¿Qué? ¡Sofía, tú no eres eso!
—Bueno, tal y como están las cosas, a veces hasta yo misma me lo planteo.
Él empieza a darme una serie de explicaciones atropelladas que me saben a puras excusas.
Razones perfectamente estructuradas, lógicas en su cabeza, pero que suenan exactamente igual que todas las que me ha dado desde que empezamos esto: coartadas que antes aceptaba sin dudar porque prefería creerle, y que ahora, con este nuevo filtro de realidad, ya no puedo eludir.
Intento sacudirme esa sensación de la cabeza, diciéndome a mí misma que estoy exagerando, que vengo arrastrando el cansancio de los exámenes y que le estoy buscando tres pies al gato. Pero esa punzada de desconfianza ya no se marcha del todo.
Y mientras esperamos a que traigan esa maldita pizza que apenas voy a tocar, me doy cuenta de que comenzar a dudar de esta manera, tan despacio y sin hacer ruido, suele ser el principio del final de algo que ni siquiera sé si llegó a empezar de verdad.