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ALGUNOS EXPERIMENTOS
FALLAN SIN MOTIVO
Jacob
El zumbido del ordenador del laboratorio a estas horas de la noche es lo único que compite con el ruido que tengo en la cabeza. He adelantado el regreso a UCLA para meterme de lleno en el máster y en el proyecto, y entre los plazos de entrega y el cansancio acumulado, apenas me quedan horas libres.
El puente de Acción de Gracias me sirvió para desconectar un poco. Ver a mis padres y pasar esos días con Nana, mi abuela, ha sido lo mejor. Aguantar las pullas entre mi madre y mi tío Robert, lo peor.
Entiendo que los hermanos no siempre se llevan bien aunque yo, al ser hijo único, no lo haya vivido de primera mano, pero a veces es descarado ver cómo chocan por todo.
Hay momentos en los que pienso que mi madre le echa en cara que yo esté aquí con él, que me mantenga tan metido en el laboratorio, o quizás teme que termine convirtiéndome en su clon y ya no vaya a verlos ni en Navidad.
Mi tío es brillante, eso nadie lo discute, pero también es un inmaduro que no entiende de más responsabilidad que la puramente profesional, descuidando sus relaciones y a su propia familia.
Mi abuela, como siempre, es la voz de la serenidad, de la sabiduría y de la conciencia.
Es una mujer increíble, con una historia vital que pocos imaginarían al ver a una anciana de ochenta años.
Pero cuando ella levanta la voz, todos callamos.
Robert estuvo la mayor parte de la cena con la cabeza en otra parte, mucho más ausente de lo habitual.
No despegaba los ojos del móvil —una manía extraña en él, que suele detestar los aparatos en la mesa— y apenas participaba en la charla.
Cuando mi abuela le preguntó cuándo iba a sentar la cabeza de una vez, mi tío dio la contestación que siempre da: que su novia es el laboratorio, que está comprometido con su proyecto, NOVA, y que su gran amor siempre será la ciencia.
Lo soltó con esa naturalidad con la que se desmarca del amor como si no fuera con él, provocando el clásico bufido de resignación de mi abuela, que siempre suspira diciendo que, aunque me quiere con locura a mí, le habría encantado tener más nietos.
Mi tío nunca se compromete con nada que no sean tubos de ensayo, matraces aforados, centrifugadoras o líneas de código para el proyecto.
Para él, las relaciones humanas son una distracción innecesaria.
Pero al escucharle decir eso a mi abuela, no pude evitar pensar en Sofía y en los corrillos que llevan días circulando por el campus.
Conozco de sobra a mi tío; sé que siempre ha funcionado así, esquivando cualquier compromiso que no sea profesional, pero me da la sensación de que una chica como ella busca algo más.
Y de sobra sé que él jamás va a saber dárselo.
Las dos horas de vuelo de vuelta a Los Ángeles fue el escenario perfecto para haberle preguntado, pero me quedé callado, y mientras él no paraba de interrogarme sobre plazos y experimentos del proyecto, yo asentía con la cabeza mientras mi mente estaba en otro sitio.
Me quedé con las putas ganas de quitarme las dudas de encima y que me confirmara de una vez por todas si los rumores de la facultad eran ciertos.
Permanezco en el laboratorio hasta que las luces automáticas empiezan a parpadear, avisándome de que es hora de irme.
Pero todavía necesito consultar una tesis antigua, un documento específico sobre la replicación celular que no está digitalizado y que, por alguna razón, siguen sin hacerlo a pesar de mis protestas.
Me dirijo hacia la única biblioteca que queda abierta en estas vacaciones, que por suerte es la Powell.
¿Será casualidad que solo permanezcan abiertas las bibliotecas de la facultad de ciencias? ¿O es que somos unos putos frikis que no descansamos ni en vacaciones?
Me decanto por lo segundo.
El campus, durante este descanso por Acción de Gracias, es un lugar extraño; se parece más a una ciudad fantasma, silenciosa y despojada de su energía habitual.
La biblioteca está casi desierta, apenas un par de estudiantes de postgrado con cara de pocos amigos y el eco de mis propios pasos sobre el suelo.
Camino entre las estanterías de la sección de Biología Molecular, sin encontrar lo que busco, y cuando me dispongo a dar la vuelta hacia la salida, la veo.
Sofía ocupa una de las mesas del rincón de la zona de estudio, rodeada de una pila desordenada de libros, cuadernos y el portátil abierto.
La luz de la lámpara de lectura le cae de lleno sobre el rostro, resaltando esa expresión de concentración que me resulta inevitablemente magnética.
Está tan absorta estudiando que ni siquiera se percata de mi presencia hasta que me planto a escasos pasos de su mesa.
—¿Sofía? ¿Qué haces aquí?
El saludo me sale impertinente. Porque… joder, ¿a mí qué me importa lo que hace? ¿Por qué he tenido que preguntárselo de esa manera? ¿Como si fuera un puto profesor extrañado de que una alumna estudie en periodo de vacaciones?
Ella levanta la vista. Tiene el pelo recogido en un moño informal atravesado por un bolígrafo, esa clase de peinado imposible que a las chicas les queda bien y que yo jamás entendería.
Cuando me mira, se pasa la mano, lo desata y deja caer su melena rizada sobre los hombros en un movimiento que me desarma por completo.
—Jacob… profesor, Bowman, emmm, yo… —balbucea, mirando alternativamente a sus apuntes y a la pantalla del ordenador—. Estoy estudiando. Ya sabes… tenemos ahí los finales.
—Sí, pero son vacaciones. ¿No te has ido a casa?
—Pues sí, me fui, pero he preferido volver al campus para preparar los exámenes con tranquilidad.
La biblioteca está a punto de cerrar. Apenas faltan unos minutos y Sofía empieza a recoger con rapidez. Yo me quedo clavado en el sitio, incapaz de moverme mientras la observo.
—¿Te ayudo? —le pregunto cuando reacciono al fin—. Te has traído demasiadas cosas.
—Pues no hace falta, pero…
—Insisto —la interrumpo, cogiendo uno de los tochos de Genética Molecular—. Déjame que te ayude a devolver al menos esto.
Vamos dejando los libros en su sitio y, antes de que den el aviso definitivo de cierre, salimos al pasillo principal.
—¿Y tú? ¿No has ido a casa por vacaciones? —me pregunta de repente, ajustándose la correa de la mochila al hombro.
—Sí, pasé Acción de Gracias en Utah con mi familia y volví al día siguiente. Solo he estado dos días, en realidad.
—¿Utah? —me pregunta girándose en seco, con los ojos muy abiertos—. ¿De qué parte de Utah eres en concreto?
—De Springdale —contesto con total naturalidad—. ¿Lo conoces?
Ella se gira por completo, clavando en mí una mirada de incredulidad absoluta.
—¿Eres de la misma ciudad que el profesor Mitchell?
Me doy cuenta demasiado tarde. Me he puesto a hablar con ella con absoluta ligereza, sin caer en la cuenta de la relación que ambos tienen, y de que ella no sabe qué compartimos lazos de parentesco.
Acabo de meter la pata hasta el fondo y ahora solo me toca admitirlo sin rodeos; total, no es como si estuviera cometiendo un delito.
—Sí, Sofía… Robert Mitchell es el hermano de mi madre —le confieso—. Mi tío.