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NO GRACIAS
Sofía
—¿Qué vas a hacer en Acción de Gracias? —le pregunto a Robert mientras termina de vestirse frente al espejo.
Las cosas entre nosotros parecen haber mejorado un poco desde que volvió de San Francisco, pero necesito llevarlo un punto más arriba.
Si esto de verdad es una relación y mi intención es que venga conmigo a la boda de mi padre y Alice, necesito que lo nuestro deje de ser un secreto a voces y suba un puto escalón.
—¿Acción de Gracias? —repite, frunciendo el ceño como si le hablara en otro idioma.
—Sí, hombre, esa entrañable tradición en la que las familias fingen que se soportan, dan las gracias por las bendiciones del año y se ponen finos de pavo hasta reventar —le respondo con ironía.
Me acurruco bajo la manta, observándolo con atención, esperando una respuesta que al fin me demuestre que le importo de verdad y que no soy, como susurraron aquellos idiotas en el campus, «la nueva putita de Mitchell».
Y, sinceramente, no sé muy bien qué coño esperaba, pero de nuevo él parece empeñado en tirar por tierra todas mis ilusiones.
—Sofía, me voy a Utah. Ya sabes cómo funciona esto.
—Claro que sé cómo funciona, te vas con tu familia —le repito—. ¿Puedo ir contigo?
—¿Qué? No, Sofía, no podemos ir juntos a Utah. Es una celebración familiar.
—Bueno, yo soy tu pareja, ¿no?
—Sí, claro —titubea, y a mí se me revuelve el estómago—. Pero ya sabes cómo… Es complicado y la gente podría hablar.
—¿La gente? ¿Qué gente? —me incorporo de golpe, perdiendo la paciencia—. Los rumores en el campus llevan desde el principio, Robert. Además, a mí me da igual lo que digan. Somos dos personas adultas y…
—Sofía, no puedo llevarte a Utah con mi familia. Es demasiado pronto.
—¿Pronto para qué? —le suelto mientras me levanto de la cama y empiezo a vestirme a toda prisa, con la rabia ardiendo en el pecho.
—Pues pronto para hacer oficial esto —dice señalándonos a los dos—. Y, además, iré ese mismo día y volveré al siguiente para meterme de lleno en el laboratorio; tengo un montón de trabajo acumulado y quiero adelantar durante las vacaciones. Será un viaje relámpago y no merece la pena.
—A mí sí me merece la pena. Podría ir contigo y a la vuelta ayudarte en el laboratorio —insisto, aferrándome a cualquier clavo ardiendo.
Pero Robert lo tiene jodidamente claro. A los diez minutos, tras haberle desmontado y ofrecido soluciones lógicas a cada una de sus excusas de mierda, me encuentro cruzando la puerta de su casa.
Llevo la decepción clavada en los hombros y los ojos llenos de unas lágrimas que me niego a dejar caer mientras camino por la calle helada.
Saco el móvil del abrigo con los dedos entumecidos y abro el chat con mi padre:
Al final sí que voy a casa en Acción de Gracias.
Cuando le pregunto a Amber si va a viajar a Canadá por esas fechas, me llevo una sorpresa.
Allí, en Montreal, esa festividad se celebra el segundo lunes de octubre, mucho antes que en Estados Unidos, así que nuestro festivo la pilla sin dinero para coger un vuelo de vuelta.
Ni loca voy a dejar que se quede sola en la residencia en una fecha tan familiar, por mucho que a una canadiense como ella todo este montaje americano le dé más bien igual.
Así que cojo el teléfono y llamo a mi padre para preguntar si podemos sumar un cubierto más.
Acepta al instante, por supuesto. No solo porque Amber le cae genial, sino porque cuando le solté por teléfono la pregunta de si podía llevar a un invitado a casa, respiró aliviado al comprobar que el nombre que salía de mi boca era el de mi amiga y no el de Robert.
—¿De verdad a tu padre no le importa que me acople a cenar? —me pregunta Amber, pintándose los labios con una destreza increíble mientras el taxi serpentea por las calles de Los Ángeles—. Es una celebración familiar. No querría molestar.
—Tú no podrías molestar ni aunque lo intentaras —la reprendo—. Nosotros somos un núcleo familiar bastante peculiar: solo estamos él y yo porque mi madre vive en São Paulo. Además, estoy deseando que conozcas a su novia, Alice. Te va a encantar, me recuerda un montón a ti.
—Entonces tiene que ser una tía de puta madre, ¿no? —me pregunta moviendo las cejas y poniéndome morritos—. Vamos entonces a ver si es verdad que esa tal Alice está a mi altura.
Y lo está. La verdad es que Alice me cayó bien desde el primer día que la conocí, y es innegable que hace muy feliz a mi padre. Con más razón todavía sigo sin entender que él sea tan incapaz de ver con buenos ojos mi relación con Robert.
Hago las presentaciones en cuanto entramos en la casa.
Mi padre nos recibe con una sonrisa deslumbrante y un ponche sin alcohol que ha preparado él mismo.
Le da un abrazo a Amber, a la que conoce del curso pasado, cuando me ayudó a instalarme en la residencia.
Pero Alice es la primera vez que la ve en persona; y, entre el estrés típico de querer que una cena tradicional de Acción de Gracias salga perfecta y el añadido de una invitada sorpresa, a la pobre se le notan los nervios a distancia.
Yo, en cambio, me siento empoderada. Es como si la presencia de mi amiga aquí, plantada en el salón de esta casa, me inyectara el gramo exacto de valentía que necesito para afrontar la inminente conversación sobre Robert.
Adoro a mi padre. Es, sin discusión, el hombre más amable, desinteresado y encantador de la tierra; daría hasta su alma por mí, y no me canso de repetir que la forma en que trata a las mujeres ha dejado mis estándares sobre los hombres ridículamente altos.
—Tu padre está buenísimo —me susurra Amber al oído en un arrebato tan suyo que por poco se me atraganta el ponche.
Porque sí, hay que reconocerlo: mi padre sigue siendo un tío ridículamente atractivo. Alice está completamente colgada por él, y la devoción es totalmente mutua.
—Oye, Alice, señor Edwards… —les pregunta Amber con naturalidad, girándose hacia ellos mientras nos acomodamos—. Me ha dicho Sofía que os casáis en junio, ¿no?
Y mi padre, ese hombre de aspecto habitualmente serio y formal, se derrite al instante como un cubito de hielo al sol de California en pleno agosto.
Claro que la reacción de Alice no se queda atrás.
Es escuchar lo de su boda y a ambos se les pone una sonrisa estúpida en la cara.
Puede que suene a cliché romántico de película de sobremesa, pero salta a la vista que es amor del bueno; dudo mucho que Alice se enamorara de él por sus dotes de conversación o su paciencia cuando le da por ponerse cabezón.
—Sí, Amber, nos casamos a finales de mes, justo cuando termine el curso.
Así no le entorpecemos los exámenes a Sofía —responde mi padre con una sonrisa de oreja a oreja antes de cambiar de tercio—.
Hablando de estudios… ¿Cómo va tu guion?
Sofía me ha contado que hay productoras interesadas, ¿es verdad?
A partir de ahí, la conversación fluye con total naturalidad hacia el prometedor futuro de mi amiga en Hollywood, las anécdotas de los profesores del campus y los detalles que tanto Alice como papá comparten sobre la boda.
Han elegido un enclave precioso y súper romántico en pleno corazón de Los Ángeles, y entre risas nos hablan de la familia de Alice, que incluye a tres hermanastros, cada uno de una madre distinta.
Pero a medida que la cena avanza, los platos vacíos se acumulan y la televisión de fondo transmite el típico partido de la NFL de Acción de Gracias, Alice hace una maniobra sospechosa: le pide a Amber que le eche una mano en la cocina con el postre.
Y ahí nos quedamos a solas. El elefante en la habitación no tarda ni un segundo en hacer acto de presencia.
—¿Qué tal todo por la universidad, Sofía? ¿Alguna novedad interesante que quieras contarme?
Es una pregunta retórica, cargada de un doble sentido tan evidente que casi duele. Una táctica torpe para tantear el terreno y averiguar si lo mío con Robert sigue adelante y si mantengo todavía la firme intención de llevarlo como mi más uno en la boda.
—¿Qué tipo de novedad esperas que te cuente, papá?
—Ya me entiendes, cariño. Yo solo... Bueno, ¿qué tal va todo en general?
—Si por «todo» te refieres a si sigo con Robert, la respuesta es sí. Estamos muy enamorados, papá. Le quiero y…
—Espera un momento, Sofía. ¿Cómo que le quieres? —interrumpe él, dejando caer los cubiertos un poco más fuerte de lo normal—. ¡Solo tienes diecinueve años y él cuarenta y cuatro! No puedes estar hablando en serio.
Da igual las veces que hayamos chocado por lo mismo; en cuanto sale el factor de la edad sobre la mesa, la conversación se descarrila de inmediato.
—Papá, tú te llevas trece años con Alice, ¡y mírate! Mírala a ella. Sois felices. ¿Por qué te cuesta tanto aceptar exactamente lo mismo cuando se trata de mí?
—Porque trece años no son veinticinco. Eso para empezar —espeta él, perdiendo la compostura—. Y porque tú apenas tienes diecinueve años. Eres una…
—¡No digas que soy una cría, por favor! —lo corto, sintiendo cómo la sangre me hierve en las sienes—.
Además, dentro de poco cumpliré los veinte.
No puedes pasarte el día diciéndome lo madura, inteligente y resolutiva que soy para unas cosas y soltarme de repente que soy una cría para lo que te conviene.
¿Podrías limitarte a confiar en mí de una vez por todas?
Seguimos discutiendo. Mi padre defiende su postura, convencido de que su relación y la mía no se parecen en nada, incapaz de ver la hipocresía que hay detrás de medir las cosas con un simple número.
Cuando nuestra discusión empieza a subir de volumen, Amber y Alice salen de la cocina cargadas con el postre. No tengo un pelo de tonta, claro que me he dado cuenta de que Alice nos ha dejado a solas a propósito, y ahora reaparecen justo a tiempo para cortar el pastel y sofocar la pelea.
—Por favor, chicos... —interviene la futura mujer de mi padre con una sonrisa forzada—. Es Acción de Gracias, ¿podemos aparcar esto? Mirad, he traído carrot cake .
Deja la tarta encima de la mesa con una expresión que no consigue disipar la tensión que flota entre mi padre y yo. Me sabe fatal por Amber; la traje prometiéndole una velada agradable y ahora tiene que tragar con este número.
—Alice, tú mejor que nadie deberías entender de lo que hablo, porque tu situación es muy parecida —le suelto, apelando directamente a ella en un intento desesperado por encontrar una opinión cómplice—. ¿Puedes echarme un cable?
Alice carraspea, mira a mi padre, luego a Amber y por último a mí. Abre la boca para decir algo, la vuelve a cerrar, y al final toma aire con resignación:
—Entiendo perfectamente tu postura, Sofía, pero no me pidas que me meta en medio. Esta es una conversación que solo os concierne a ti y a tu padre.
Al final, la cena termina en un silencio incómodo, roto solo por el ruido de los tenedores contra los platos y los intentos educados de Alice por desviar la atención hacia cualquier otro tema.
Amber me mira de vez en cuando con complicidad, intentando disimular su incomodidad, y yo asiento callada, intentando que el carrot cake me baje por la garganta.
Cuando nos despiden en la puerta y el taxi empieza a devorar las calles de Los Ángeles de regreso a la residencia, me quedo mirando por la ventanilla las luces difuminadas de la ciudad.
No estoy enfadada ni molesta, o no exactamente. Es una sensación rara que me quema por dentro. Vuelvo a pensar en nuestra discusión y he perdido la cuenta de cuántas van ya; lo peor es que jamás pensé que llegaríamos a esto.
Ni siquiera en mis primeros años, cuando mamá y él se separaron y yo tuve que irme a vivir a Brasil, y no comprendía por qué no podía vivir con él en Los Ángeles.
Ni en mi peor época tonta de la adolescencia habíamos tenido un enfrentamiento así.
Siempre hemos ido a una; él ha sido mi sitio seguro, el padre al que admiraba sin fisuras.
Y ahora lo noto raro. Distante. Como si nos estuviéramos mirando a través de un cristal.
Eso es lo que peor llevo, mucho más que el debate absurdo sobre dónde está el límite en una diferencia de edad en la pareja.
Lo que de verdad me duele es ver la decepción reflejada en sus ojos cada vez que sale el nombre de Robert.
Ver que el hombre que me enseñó a mirar el mundo ahora me mira a mí y parece no reconocerme.