Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 9
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LA DESOBEDIENTE

GRAVEDAD DEL CICLO

Sofía

Nunca suelo beber alcohol. O, para ser exacta, casi nunca.

Lo máximo que hice una vez fue emborracharme en la primera fiesta de la universidad, y juré no volver a repetirlo.

Me he tomado alguna cerveza en plan tranquilo con Amber en una terraza, pero lo de ayer…

Dios, me duelen hasta los lugares que ni sabía que existían en mi anatomía.

El maldito ponche era una bomba de alcohol barato y una mezcla de sabores tan extraña que ni el refresco de cereza logró disimular.

Son cerca de las doce del mediodía y, en la cama de al lado, Amber está tirada boca abajo, con todo el maquillaje de su disfraz de Harley Quinn corrido y pegado a la almohada.

La ducha me despeja un poco, pero el estómago me mata y, para colmo, nada más entrar al baño, la regla me hace una de esas visitas inesperadas y desagradables. De las que prometen un día entero de cólicos.

Mientras intento que mi estómago digiera algo para poder tomarme una pastilla, reviso el móvil. Anoche decidí meterlo en el fondo del bolso y no sacarlo para nada.

Tengo cinco mensajes de mi padre preguntándome si voy a pasar Acción de Gracias con ellos, otro de Alice pidiéndome por favor que le conteste a mi padre porque se está poniendo histérico, y luego están los de Robert.

Por fin se dignó a acordarse de mí, a preguntar y a querer saber de mi vida justo anoche, la única en toda la semana en la que me estaba divirtiendo de verdad.

Al tercer resoplido que doy, Amber por fin se mueve.

—Vale, ¿qué pasa? —dice sin levantar la cara de la almohada—. Te escucho quejarte desde hace rato, no hace falta que subas el volumen. Simplemente dime qué necesitas de mí y prepárame un puto café.

—Es Robert. Me escribió anoche.

—Típico de los tíos. Te escribe justo cuando estás de fiesta… Fijo que solo era para controlarte.

Amber se levanta con desgana, se dirige directa al baño y, al pasar por delante de mi mesa y verse en el espejo, la escucho soltar un grito.

—¡Joder, Sofía! ¿Por qué me dejaste acostarme con el maquillaje puesto? —exclama asomándose por el marco de la puerta—. Eres una pésima amiga, que lo sepas.

—Sí, lo que tú digas. Lo intenté, pero bastante hice con quitarte los zapatos e impedir que te fueras a casa con el baboso de la máscara.

Amber parpadea un par de veces, procesando la información, y le cambia la cara de golpe.

—Ah, vale. Sí. Gracias por eso, eres la mejor amiga del mundo.

—Ya, de nada. ¿Podemos volver a lo mío?

—Cierto. Robert te escribió. ¿Qué te ha dicho? —me pregunta mientras intenta despegarse el maquillaje reseco de la cara con una toalla húmeda.

—Dice que ya ha vuelto a Los Ángeles, que ha estado muy ocupado en San Francisco y que tiene muchas ganas de verme y contármelo todo.

—Claaaro. ¿Contártelo? ¿Eso es un eufemismo de querer follarte después de haber estado cinco días desaparecido y sin apenas contestar tus mensajes?

—Amber, por favor. ¿Puedes hablar en serio y aconsejarme de una vez?

—Mira, cariño, estoy hablando súper en serio.

Pero no puedo evitar sonreír al mirarla. Lleva la mitad del rostro manchado con los colores corridos de Harley Quinn, dándole un aspecto grotesco que choca por completo con cualquier atisbo de seriedad o sensatez.

—Primero quítate eso, por favor—le suplico—. Voy a poner el café.

—Buena idea, y yo voy a aprovechar para meterme en la ducha —dice desapareciendo de nuevo dentro del baño.

Mientras sigue dentro, contesto rápido a Alice y a mi padre.

Y entonces, como si pasara las páginas de un viejo guion desordenado, los recuerdos de la noche anterior empiezan a filtrarse en mi cabeza entre flashes y pequeños destellos.

Son imágenes fragmentadas al ritmo de la música y las luces de la bola de discoteca instalada en esa fiesta: la conversación con Jacob, los retazos de nuestra discusión sobre la película y…

Un segundo, ¿de verdad me soltó que era mucho más guapa que la actriz, o lo soñé por culpa del ponche?

—Ya estoy —anuncia Amber, interrumpiendo mis pensamientos con la cara limpia, el pelo mojado y una toalla enrollada al cuerpo.

Me cruzo de brazos y la miro con atención, esperando la sentencia definitiva.

—De acuerdo, dime: ¿qué hago?

—En primer lugar, vas a ir a verle, claro. Y vais a hablar, que te dé sus explicaciones, pero... —dice señalándome con el dedo—. Ni se te ocurra acostarte con él. Que sufra un poco.

—Ya. De todas formas no pensaba hacerlo. Me acaba de bajar la regla.

—Cuando digo que no te acuestes con él, me refiero a cero sexo. Eso incluye que ni se te ocurra chupársela.

—¡Amber!

—¿Qué? ¿Acaso no se lo has hecho nunca? —me mira negando con la cabeza, indignada—. Te lo advierto, cero sexo. Aunque te ponga  ojitos porque te ha echado mucho de menos… Hazme el favor: mantén todos tus orificios cerrados bajo llave. ¿De acuerdo?

El trayecto en el Uber se me hace eterno.

Entre la resaca que todavía me destroza la cabeza, el dolor de barriga por la puta regla y el humor de perros con el que me he levantado, lo único que quiero es cumplir el trámite: escuchar lo que tiene que decir, dejarle claro que cinco días de silencio absoluto no se perdonan con un simple «hola», y volver a mi cuarto a morir en paz.

Por supuesto, lo de mantener todos los orificios cerrados bajo llave, como me ha advertido Amber, es una norma inquebrantable.

No pienso tener ningún tipo de sexo con él.

Cuando el coche me deja frente a su edificio, respiro hondo y subo las escaleras, dispuesta a cumplir cada una de las normas que Amber y yo hemos establecido.

O, más bien, las reglas que ella ha redactado y yo he acatado. A partir de ahora, parece que las decisiones sobre mi vida amorosa van a recaer oficialmente en mi mejor amiga. Al menos ella tiene una visión objetiva de la realidad, no como yo, que cuando se trata de él soy directamente... idiota.

Robert abre la puerta en cuanto toco el timbre. Me recibe con el pelo algo revuelto, ropa cómoda y esa sonrisa estúpida de quien está tan tranquilo, convencido de que no ha hecho nada malo.

Mal empezamos.

—¡Sofía! Por fin —me dice, abriendo los brazos y dispuesto a besarme.

Me aparto con la sutileza justa, girando la cara en el último momento para que su boca roce mi mejilla en lugar de mis labios.

Una cobra en toda regla.

Si Amber pudiera verme ahora mismo, estaría orgullosa de mí. Él frunce el ceño, desconcertado por mi maniobra, pero me deja pasar sin decir nada.

Al pasar dentro, me encuentro el salón hecho un absoluto desastre.

Hay una maleta a medio abrir ocupando la mitad del paso, el ordenador en medio de la mesa y carpetas e informes científicos desplegados a su alrededor.

Da la sensación exacta de que acaba de aterrizar y de que yo soy lo primero que hace desde que volvió de San Francisco.

—Vaya recibimiento —murmura cerrando la puerta—. ¿Te pasa algo? ¿Estás bien?

—Estoy cansada, Robert. Y ha sido una semana muy larga —contesto con la voz seca, cruzándome de brazos mientras me dejo caer en el sofá.

Él se sienta a mi lado, suspira y se prepara para dar explicaciones. Sabe perfectamente por dónde van los tiros.

—En primer lugar, quiero pedirte perdón, Sofía.

Sé que he estado desaparecido y te pido disculpas por no haber contestado tus mensajes.

Pero ha sido una locura absoluta en San Francisco —empieza a justificarse—.

He estado de una conferencia a otra, sin un segundo de respiro, encerrado en reuniones interminables y haciendo la pelota a todos esos inversores estirados que te miran por encima del hombro, como si por el mero hecho de tener dinero se sintieran superiores a cualquiera. Ha sido agotador, te lo juro.

Lo miro fijamente, manteniendo el tipo, dispuesta a no dejarme convencer a las primeras de cambio.

Pero entonces, su expresión cambia. Por un segundo, olvido que tengo delante a un profesor de cuarenta y cuatro años, a un científico de prestigio; parece transformarse de golpe en un simple estudiante.

Se le ilumina la cara y tiene los ojos brillantes, rebosantes de esa pasión desenfrenada por la ciencia que, en el fondo, siempre ha sido su mayor atractivo.

—Pero ¿sabes qué? Ha merecido la pena. ¡Van a invertir, Sofía! —Se inclina hacia mí, con los ojos brillando de emoción—. ¡He conseguido tres millones cuatrocientos mil dólares para el proyecto NOVA!

Me quedo un segundo en silencio, parpadeando.

—¿De verdad? —exclamo sin poder creerlo del todo—. Pero eso… eso es mucho dinero.

—¡Sí! ¿Te das cuenta de lo que significa? Nuevos microscopios, material de última generación, poder ampliar el equipo, más investigadores, más recursos... Si nos movemos bien, creo que en tres años podremos tener resultados más que concluyentes. ¡Es el empujón definitivo!

Y ahí es exactamente donde me gana.

No es solo que haya conseguido financiación, que sea el cerebro del proyecto y el investigador principal; es que mete a todos sus colaboradores, incluso a una estudiante de segundo como yo, en el mismo saco de la ilusión.

Todo el mal humor, los molestos cólicos de la regla y los estragos de la resaca empiezan a desvanecerse, desplazados por esa admiración profunda que siento hacia él cuando habla de su trabajo.

Lo veo ahí sentado, radiante, contando cada detalle con un entusiasmo contagioso, y siento cómo se me desmoronan las defensas sin que pueda evitarlo.

Olvido a Amber, olvido la teoría de los orificios bajo llave y olvido el enfado de toda la semana.

Robert se acerca despacio, captando el cambio en mi mirada. Ya no hay distancia entre los dos. Me coge la cara con suavidad, rozándome los labios con los suyos, y yo me dejo llevar con una facilidad patética.

Mientras le devuelvo el beso, hundiéndome en su boca y olvidando por completo mis propias reglas, una pequeña y lúcida voz en el fondo de mi cabeza me grita que soy débil, que no he podido aguantar ni diez minutos de charla con él antes de rendirme.

Pero, en este preciso instante, la verdad es que me importa bastante poco.