8
LA CHICA DE LA CAMISETA GRIS
Jacob
El edificio de Beta Theta Pi está exactamente igual que lo recuerdo. El mismo calor asfixiante, el bajo de la música retumbando por todo el recinto y ese olor inconfundible a cerveza barata y sudor adolescente.
La única diferencia entre mi yo de hace cinco años y el de ahora es que puedo distinguir a los borrachos a más de dos metros de distancia.
No necesito oler su aliento, ni siquiera hablar con ellos dos frases.
Los calo en el instante en que entran en mi ángulo de visión.
Y eso solo significa una cosa: estoy demasiado sereno, y hace cinco años yo era exactamente como ellos.
Un grupo de tíos bebe directamente de una manguera. Ni siquiera saborean lo que tragan; es solo alcohol entrando a presión en su sistema.
Yo llevo un vaso con una mezcla de dudosa procedencia.
Bueno, rectifico. Me lo han llenado en la mesa principal, sacado directamente de un recipiente gigante donde han volcado todas las botellas que tenían a mano.
Al segundo trago ya me arrepiento. Ahora me limito a pasear el vaso y fingir que bebo para que mis antiguos compañeros no me ofrezcan otra cosa.
La fiesta de Halloween es la celebración estrella de esta fraternidad. Aquí viene todo el mundo, aunque solo sea para lucir sus disfraces. Los hay tan elaborados y originales que parecen sacados del atrezo de una película. Y luego están los que, como el mío, se improvisan en el último momento.
Cuando por fin llego a la barra, me fijo en uno de esos disfraces. Lo viste una chica que va de Harley Quinn, con las coletas bicolores, el bate apoyado en el cuello y unos pantalones minúsculos.
Pero enseguida, mi vista se desvía hacia la amiga que la acompaña. Tan solo lleva unas mallas y una camiseta gris, un par de tallas más grande de lo que necesita, dejándole un hombro al descubierto. Enseguida me doy cuenta de que no sabe qué hacer con las manos, así que no me cuesta identificarla.
Es Sofía Edwards.
Me quedo a una distancia prudencial. No sé qué tiene esta chica, pero me llamó la atención desde el primer día que pisó el laboratorio.
No encaja con los típicos estudiantes que van detrás de la aprobación de los profesores.
No se comporta como Megan y Owen, ni mucho menos como Arjun y Lily.
Prefiere quedarse en un segundo plano, callada y atenta, aunque todo cambia en cuanto Robert cruza la puerta.
Los chicos se acercan a ellas siguiendo el patrón de cualquier espécimen en pleno cortejo: sacando pecho, rodeando el perímetro y buscando la reacción de la hembra con un reflejo grabado a fuego en el ADN. Da igual que estemos en una cafetería o en medio de una fiesta; hacen exactamente lo mismo.
Desde mi sitio la veo bajando la vista hacia su propia ropa. La música retumba demasiado, pero las caras de los tíos que se le acercan dejan claras dos cosas: todos le preguntan por el disfraz y ella se esfuerza en explicárselo sin conseguir que lo entiendan del todo.
Tras unos minutos observando cómo ella se encoge de hombros ante la enésima pregunta, decido abandonar mi lugar seguro. Cruzo el salón evitando chocar con los que ya van demasiado borrachos, intentando que nadie me pille para el estúpido reto de beber de la manguera, y me planto frente a ella.
—Hola.
El saludo me sale así, limpio y sin adornos.
Sofía me mira de arriba abajo, deteniéndose en la americana arrugada y en la taza de café que llevo en la mano.
—Profesor Jacob—dice arqueando una ceja—. Espero que lo que llevas sea un disfraz y no una elección pésima de vestuario.
—En realidad es un poco ambas cosas—le respondo mirándome a mí mismo—. Es mi disfraz de profesor de universidad. Aunque después de la cara que has puesto, creo que esta americana se va a la basura directamente.
—¿Vienes a una fiesta disfrazado de profesor?
—Exacto, uno muy cansado, agotado y estresado —respondo, señalando las ojeras que no he necesitado maquillar—. El profesor suplente al que su jefe ha tenido haciendo horas extra toda la semana.
Ella guarda silencio. Se nota que el comentario no le ha hecho ninguna gracia. Baja la vista a su copa y, después, vuelve a mirar a su alrededor.
Doy un trago antes de continuar.
—Al menos el tuyo ha tenido éxito —digo, señalando con la cabeza al grupo de chicos que siguen merodeando cerca —. Aunque, a juzgar por las explicaciones que dabas, creo que ninguno de ellos ha captado la esencia de tu disfraz.
Ella levanta la vista hacia mí.
—Vaya, ¿me has estado observando?
Mis ojos se abren de golpe. He metido la pata hasta el fondo y ahora parezco un idiota.
—Yo, em... no. Es solo que me ha parecido, ya sabes... divertido ver cómo esos tíos lo intentaban.
Entonces, ella sonríe. Durante un segundo, el bajo de la música y el caos de la fraternidad desaparecen. Es la primera vez que la veo así, sin la rigidez con la que se protege en la facultad, y me quedo bloqueado. Es, de lejos, lo mejor que he visto en toda la noche.
—Nadie lo ha adivinado hasta ahora. Ya he desistido —admite ella.
—Bueno, a mí me encanta tu disfraz —digo, recuperando la capacidad de respirar—. Es un acierto total.
—¿En serio? —pregunta, dejando de tirar del cuello de su camiseta—. Pues todos los demás solo preguntan si me he quedado sin ropa o si he salido de casa con el pijama.
Me río, negando con la cabeza.
—Eres la protagonista de Flashdance . Jennifer Beals.
Sus ojos se abren de par en par. La sorpresa le ilumina la cara.
—¡Exacto! —exclama—. No puedo creer que lo hayas adivinado a la primera. Llevo media hora explicándoselo a la gente.
—Bueno, para ser justos —añado, dando un paso hacia ella para esquivar a un tipo que pasa dando tumbos—, ninguno de los que estamos aquí había nacido cuando se estrenó esa película. Y dudo mucho que esté en Netflix.
—Si te soy sincera… yo tampoco la he visto. No sabía nada de ella. Pero mi amiga —dice, señalando con la barbilla a la Harley Quinn que baila en el centro del salón— es una experta en cine e insiste en que me parezco a la actriz.
Sofía hace un gesto de desdén con la mano sin darle importancia y yo solo puedo pensar que su amiga tiene razón.
Solo lleva una camiseta gris enorme, con el hombro al descubierto, pero donde otros verían un descuido, en ella el conjunto funciona.
Su melena morena, los rizos y la piel bronceada cierran el parecido.
—Pues tengo que darle la razón a tu amiga. Te pareces bastante, aunque…
—¿Aunque qué? —me pregunta, ladeando la cabeza.
No sé qué me pasa. Será este puto cóctel que he estado bebiendo sin darme cuenta, pero suelto la primera estupidez que me cruza por la cabeza:
—Pues que tú eres más guapa.
Ya no tiene solución. Aunque el local está oscuro, siento cómo me arde la cara. Necesito desviar la atención de inmediato, así que me apoyo en el respaldo de la barra y fuerzo un tono más profesional.
—Pero, para ser sinceros, y siendo objetivos, el guion es un desastre.
—¿Verdad que sí? —me pregunta, y creo que mi maniobra de distracción ha surtido efecto—. Venía discutiendo eso mismo con mi amiga. ¿Te imaginas a una chica de diecinueve años trabajando de soldadora en esa época? Es absurdo.
—Sí, además, si de verdad quisiera entrar en esa escuela de ballet , lo lógico sería que practicara más, no que tuviera dos trabajos a la vez. Y ni me hagas hablar del novio.
Sofía arquea una ceja, deteniendo el vaso a medio camino hacia sus labios.
—¿Qué novio? No sé nada de eso.
—Pues ya sabes: el novio es su jefe, el dueño de la fábrica, y es quien le consigue la audición en la academia a sus espaldas —respondo con total naturalidad, mientras bebo un trago—.
Lo que le da a ella la oportunidad no es su talento, sino los contactos de él.
Y aunque ella se enfada al enterarse, no deja de ser nepotismo puro y duro.
—¿Ella se enfada? —pregunta Sofía, arrugando la frente.
—Sí, pero aun así acaba aprovechando el empujón y presentándose a la prueba.
—Bueno, pero ella no se lo pide, ¿no? —salta de golpe, alzando la voz por encima del bajo de la música—. Si no has pedido el favor, no puedes controlar lo que alguien haga a tus espaldas. No es justo juzgarla por eso.
La vehemencia con la que responde me pilla totalmente desprevenido.
Se ha puesto a la defensiva en un segundo, con los hombros tensos y la mirada fija en mí, como si la acusación de nepotismo fuera con ella.
No entiendo muy bien cómo un comentario trivial sobre cine ha derivado en algo tan personal, así que decido aflojar el tono y devolver la conversación a un terreno seguro.
—Bueno, en cualquier caso —digo, levantando las manos en gesto de paz—, coincido contigo en que el argumento no se sostiene. Para mí es solo la excusa perfecta para poner a una chica guapa en mallas tirándose un cubo de agua helada encima en mitad del escenario de un bar.
—Exacto —coincide, con una media sonrisa y algo más relajada—. El numerito de la silla y el agua es solo el pretexto para verla terminar empapada bajo los focos.
—Era otra época. Pero, pensándolo bien, lo único que mantiene la película a flote es el carisma de la protagonista. Si le quitas la música y el montaje de videoclip, no queda absolutamente nada... tampoco te pierdes gran cosa.
El calor de la sala empieza a pasar factura, lo que se traduce en que la gente bebe más, y más deprisa.
El ritmo de la fiesta se acelera. La gente está cada vez más desinhibida y yo, que ya he perdido la cuenta de los tragos que le he dado a mi «taza de café», noto cómo el alcohol también empieza a afectarme.
Estoy a punto de cambiar de tema cuando alguien invade mi distancia personal y se cuelga de mi brazo entre risas. Es Cindy, la chica con la que he venido y de la que me había olvidado por completo. Parece haberle sacado tanto partido al ponche de la fraternidad como yo.
—¡Jacob, por fin te encuentro! —exclama por encima de los graves de la música—. Llevo un buen rato buscándote por toda la casa. Me he quedado sin ponche, ¿por qué no me consigues otra copa?
Sé que no debería importarme; es la noche de Halloween y la exageración forma parte del protocolo, pero verla plantada ahí me hace desear que la tierra me trague.
Su disfraz de conejita de Playboy es un cliché andante: un body satinado que apenas cubre nada, unas orejas ladeadas sobre una melena deshecha y unas medias de rejilla que claman atención a gritos.
Sofía la examina de arriba a abajo en riguroso silencio.
Aprieta los labios con fuerza, disimulando una sonrisa evidente que lucha por salir.
El contraste es brutal. Un segundo antes estábamos diseccionando los clichés de género de los ochenta, y ahora tengo al estereotipo más rancio de la fiesta colgado del brazo, exigiendo alcohol y atención.
Cindy agita mi manga, insistiendo en que le consiga su copa con ese tono de niña malcriada que da la borrachera, alargando las vocales de forma insoportable.
—Ja-cob, vaaaamos... Búscame algo de beber, porfa, que me muero de sed —suelta con un puchero exagerado y caprichoso que roza lo ridículo.
Sofía aparta los ojos de ella y los clava en mí con una lentitud desesperante.
—Bueno, profesor Jacob. Que te diviertas.
Se da media vuelta y se pierde entre la marea de gente de la fiesta sin añadir una palabra más.
Me quedo ahí, viendo cómo se aleja, mientras la frase se repite en mi cabeza como un eco que no puedo apagar.
Y sé, con absoluta certeza, que en la próxima práctica de laboratorio, cada vez que la mire a través de las gafas de protección, me acordaré de este momento y querré desaparecer.