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JENNIFER BEALS
Sofía
Amber está eufórica. Por un lado, su profesor le ha pedido que profundice en el guion que está escribiendo.
Lo que al principio era un simple comentario sobre su talento se ha transformado de pronto en un interés que traspasa lo académico.
Mira que si mi amiga se convierte en la próxima Steven Spielberg... Eso sería una pasada.
Por otro lado, se está preparando para intentar entrar como camarera en una cafetería que su profesor le ha aconsejado, uno de esos locales a los que acuden intelectuales, guionistas y gente del cine alejada de los tiburones de Hollywood.
Según él, entre copas y cafés nacen las mejores ideas, y ella tiene unas cuantas.
Pero su entusiasmo choca por completo con mi estado de ánimo. No solo es que los desplantes de Robert me duelan; está también su falta de interés y, para colmo, tener que lidiar con la noticia de que estará toda la semana en San Francisco.
—Tía, pues no sé qué decirte, pero me parece que ese profesor tuyo tiene tanto de inteligente y brillante como de capullo —me dice mientras se maquilla—. Y tampoco es que sea nada del otro mundo, ¿eh? Que se está quedando calvo. Y no me hagas hablar de su barriga.
—Amber... por favor, no digas eso porque además no es verdad.
Y es así, porque si bien Robert no es como todos esos chicos que habitan este campus, tampoco es como Amber lo está pintando.
Y aunque lo fuera, no es algo que me importe; el físico no lo es todo.
Robert es un hombre brillante, un científico que busca una cura contra el cáncer... Joder, para mí no hay nada más sexy .
—De acuerdo, no será verdad, pero tampoco es para que te quedes hecha polvo porque el colega no sepa apreciar a un bombonazo como tú.
A veces me arrepiento de contarle las cosas sobre Robert. Es de esas amigas que se tirarían por un puente por mí si hiciera falta, así que, si hay que criticar a una pareja, se coloca la primera en la cola dispuesta a echarle toda la mierda que se merezca. Pero a veces es demasiado intensa.
—¿Sabes? —reflexiono en voz alta, más para mí que para ella—. Lo que realmente me molesta no es que se haya ido a San Francisco. Es que yo, con la que se supone que está saliendo, me tenga que enterar al mismo tiempo que mis compañeros y mi tutor de laboratorio.
—No te ofendas, cariño —me discute, dejando el lápiz de ojos sobre la mesa y girándose hacia mí—. Pero ¿en serio puedes llamar «salir» a lo tuyo con ese tío?
—¿Y cómo lo quieres llamar? ¿Follar? Porque sí, follamos, pero...
—Sofía, no has salido ni una sola vez con él. Os veis en su apartamento, pero ¿te ha llevado alguna vez a cenar por ahí? ¿Al teatro? ¿Al cine? ¿A algún lugar que no sea su piso?
—No es tan sencillo, Amber. Y lo sabes. Todavía no podemos.
—Los dos sois mayores de edad. Empezaste con él antes de que fuera tu profesor; en la universidad esas cosas pasan y no son ningún delito —me dice, apuntándome con el lápiz—. Si quisiera, podría llevarte a cualquier sitio.
—Pero él está muy ocupado. Es un científico de mucho prestigio y no tiene tiempo para tonterías.
—Tú sabrás, pero yo, después de la entrevista de trabajo, me voy a dedicar a una de esas tonterías: divertirme. Y tú deberías hacer lo mismo en vez de quedarte pegada al móvil esperando que se digne a contestar a alguno de los quince mensajes que ya le has escrito.
—No han sido quince, joder —protesto, mirando la pantalla con la conversación abierta—. Bueno, solo doce. ¿Crees que soy muy tóxica?
—¿Qué cojones estás diciendo? Por Dios, Sofía, yo me habría presentado en el aeropuerto para montarle un pollo allí mismo, delante de todo el mundo. Lo que eres es demasiado buena.
—No soy tan buena, pero da igual. Ahora termina de arreglarte, no te quiero entretener.
—Vale, tía, me voy a ir porque no quiero llegar tarde, pero en dos días hay una fiesta de Halloween que organizan los Beta Theta Pi —me avisa, señalándome con el dedo—. Me han invitado y vas a venir conmigo, así que ve pensando un disfraz.
Amber termina de retocarse el otro ojo, se echa perfume, se pinta los labios y le da un beso al espejo, dejando la marca justo en el centro.
—Ahora, deséame suerte con los estirados de esa cafetería. Necesito conseguir este trabajo a toda costa.
—¡Suerte! Aunque no la necesitas. Eres la mejor.
Al final no consiguió el trabajo. Los «estirados de la cafetería» optaron por otra persona, pero el disgusto le duró exactamente lo que tardó en salir por la puerta. El ánimo de Amber siguió tan alto como si le hubieran dado el puesto en bandeja.
Así que, cuarenta y ocho horas después, tal como me había prometido —o más bien amenazado—, ahí está: dispuesta a arrastrarme a una fiesta de Halloween de los Beta Theta Pi a la que no tengo la más mínima gana de ir.
Mi amiga lo tiene todo listo y colgado en la puerta del armario: se ha currado hasta el último detalle de su disfraz de Harley Quinn, replicando el peto de lentejuelas sobre el sujetador deportivo. Ahora solo le queda rematar la faena frente al espejo.
—Vale, Sofía, última oportunidad. Queda una hora para que me vaya. ¿Te vienes?
No tengo ninguna intención de moverme, ni la he tenido en ningún momento.
Pero, como ya he mencionado alguna que otra vez, Amber es de esas amigas capaces de hacer lo que sea por verme feliz —o al menos de hacer lo que ella considera que me hará feliz—, así que me invento una excusa de última hora para no herir su sensibilidad.
—La verdad es que me apetecía, pero cuando fui a la tienda ya no les quedaban disfraces. No tengo nada que ponerme.
—¿En serio? —insiste con tono irónico. Está claro que no se lo ha tragado—. ¿Esa es la razón? ¿No tienes disfraz?
—Sí, cariño. Lo siento, de verdad —insisto a pesar de todo.
Amber se queda mirándome fijamente, murmura algo entre dientes y sale disparada fuera de la habitación.
Por un momento me dejo llevar por la ilusión de que voy a poder librarme de la fiesta sin hacerla sentir mal, pero solo es eso, una ilusión.
A los diez minutos, aparece con una camiseta gris de manga corta, sencilla y con el logotipo de una marca deportiva en el hombro.
Por el tamaño de la prenda, parece pensada para un gigante: le sobra por todas partes y le llega casi a las rodillas.
—¿Qué haces con eso? —le pregunto, intrigada y un poco asustada también.
—Levántate, por favor.
—¿Qué? ¿De quién es esa camiseta?
—Escúchame, Sofía —empieza a decirme mientras rebusca en sus cajones—. Tengo una idea. Ponte estas medias.
—¿Qué? No voy a ponerme eso —protesto—. ¿Para qué?
—Quiero hacer una prueba.
Me siento idiota, pero sé lo que intenta.
Y aunque al principio me niego en rotundo, acabo cediendo y me pongo las dichosas medias.
Para completar el invento, Amber coge dos calcetines negros altos, les corta la puntera y me los sube por encima de las medias, combinándolos con la camiseta oversize .
Por último, coge una cinta blanca y me echa el pelo hacia atrás al grito de:
—¡ Voilà ! Ya tienes disfraz.
—¿Qué? —protesto, mirándome en el espejo—. ¿De qué coño crees que voy? No pienso salir así y menos ir a una fiesta de Halloween con esta pinta.
—Mira, preciosa. Cuando te conocí, supe al instante que tenías algo. No solo eres guapa, tía. Eres... tan atractiva que das asco. Asco a las mujeres heteros, claro, porque a los hombres los vuelves locos. He visto cómo te miran y, con este disfraz, todavía lo harán más.
—Pero ¿qué disfraz? Es una camiseta enorme... Por cierto, ¿de quién es?
—De Doug, el ala-pívot de los Bruins. Mide 1,95 y pesa más de 100 kilos. Es el tío más grande que conozco.
—Es enorme. Con esto puesto, voy de todo menos sexy .
—Porque falta el último detalle —dice Amber con una sonrisa pícara, acercándose por detrás—. Y tú estás sexy hasta con una bolsa de basura encima de la cabeza... Eres Alex Owens.
—¿Y quién es esa?
—Mira, voy a ignorar tu absoluta falta de cultura cinematográfica, pero te voy a dar una lección gratuita — responde mientras, con un movimiento rápido y estratégico, me deja caer el cuello de la camiseta gigante de lado, dejando por completo uno de mis hombros al descubierto—.
Alex Owens fue un icono total de los ochenta y la fantasía pajillera de los adolescentes de medio mundo.
Y te aseguro que, incluso hoy, Jennifer Beals lo sigue siendo, porque esta tía era lo puto más sexy del mundo mundial. Y tú... tú eres su jodida fotocopia.
El trayecto hasta la fraternidad es un recorrido corto pero intenso.
A finales de octubre Los Ángeles sigue regalando una de esas noches cálidas y pegajosas en las que el asfalto aún exhala el calor acumulado de todo el día.
Así que llevar una camiseta gigante de manga corta es casi un alivio, aunque las medias y los calcetines cortados sigan dándome una sensación estrafalaria.
A medida que nos acercamos al corazón del campus, la calle se convierte en un desfile constante de disfraces imposibles.
Estudiantes de todas las facultades de la UCLA deambulan en grupos: desde enfermeras zombis con sangre falsa aún fresca hasta muertos vivientes de saldo, superhéroes y un par de referencias a memes virales del año.
El destino es la casa de los Beta Theta Pi, una de esas imponentes mansiones de fraternidad de estilo colonial con columnas blancas en la entrada, una fachada de ladrillo visto que rezuma olor a cerveza barata desde media manzana antes, y un porche abarrotado de gente con los bajos de los sofás exteriores reventados.
La música estridente ya retumba en el suelo bajo nuestros pies.
Mientras esquivamos a un grupo de tíos vestidos de Los Vigilantes de la Playa , decido que necesito una cobertura mínima antes de cruzar la puerta de entrada.
—Oye, Amber —le digo, agarrándola del brazo para que no me arrastre tan deprisa—. Una cosa antes de entrar ¿De qué va exactamente la película de esta tía? Lo digo por si alguien me pregunta y quedo como una completa idiota que no sabe ni de qué va disfrazada.
Amber me mira con los ojos como platos, escandalizada.
—¿Que de qué va? ¡Es una película mítica, icónica!
Pero tienes razón, la mayoría de los tíos de esa fiesta no van a tener ni idea; solo sabrán que estás muy buena —me reconoce con una media sonrisa—.
Pues es la historia de una chica que de día trabaja como soldadora en una obra y de noche baila en un club nocturno, pero su gran sueño es entrar en la prestigiosa escuela de danza clásica de Pittsburgh.
Me cruzo de brazos en mitad de la acera, negando con la cabeza.
—Espera, espera. ¿Cómo que soldadora?
—Lo que oyes. Pistola de soldar, chispas saltando por todas partes, casco de protección...
—No, no, un momento —la interrumpo, gesticulando con incredulidad—.
¿Me estás diciendo que la protagonista es una tía que une vigas de acero trabajando en una obra en los años ochenta y luego se pone maillot y zapatillas de punta?
Eso es totalmente irreal, Amber. ¿A quién coño se le ocurre semejante incoherencia?
¿Qué clase de doble vida industrial y artística es esa?
—¡Es cine, Sofía! —protesta ella, agitando las manos en el aire mientras avanzamos de nuevo hacia el porche—. ¡Es romanticismo puro de los ochenta! Tiene alma, tiene ritmo y una estética brutal.
—¿Pues qué quieres que te diga? Me sigue pareciendo un disparate de guion. ¿Qué era? ¿La fantasía sexual de algún productor salido de la época?
—Lo más probable. Pero da igual —añade Amber, encogiéndose de hombros—. Jennifer Beals estaba increíble, como lo estás tú esta noche con ese disfraz. Guapísima, sexy ... y tiene algunas de las escenas más icónicas de la historia del cine.
—¿Como cuál?
—De verdad que no entiendo cómo podemos compartir habitación, Sofía.
A ver —dice, volviéndose hacia mí en mitad de la calle—.
¿No recuerdas la famosa escena de ella bailando, sentada en una silla, cuando tira de una cadena y un cubo entero lleno de agua helada le cae encima empapándola de arriba abajo?
—Para nada.
—Pues es una secuencia brutal. La analizamos el curso pasado en Historia y Estética del Cine , y el profesor no paraba de repetir que era un alarde absoluto de subversión visual y erotismo cinematográfico de autor.
—Es la diferencia entre el cine y la Biología, supongo —le devuelvo con una sonrisa—.
Donde tú ves arte transgresor, yo veo la misma estrategia que en cualquier documental de apareamiento: los machos alfa del clan —guionistas, directores y productores— diseñan el señuelo perfecto para saciar su propio instinto visual.
Pura selección natural del morbo, donde la hembra es solo el escaparate para el consumo de la manada.