Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 6
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DISTANCIA DE SEGURIDAD

Jacob

—Bien, chicos, comenzamos —anuncio al grupo, colocándome las gafas de protección sobre el puente de la nariz—. No quiero distracciones.

Me acerco a la mesa de trabajo de acero inoxidable y cojo una pipeta graduada con los dos dedos, sosteniéndola con soltura mientras señalo las placas de Petri dispuestas en fila.

—En este laboratorio, la proximidad mal medida arruina el experimento —continúo, moviéndome con soltura alrededor de los soportes de cultivo y pasando la vista de uno a otro—.

Si juntáis demasiado las muestras o invadís el espacio de los compuestos sin respetar los márgenes de seguridad en el agar, la contaminación cruzada se extiende y destruye todo el trabajo en cuestión de minutos.

Dejo la pipeta en su gradilla y cruzo los brazos, adoptando una postura firme mientras indico con un leve gesto de cabeza hacia las cámaras de flujo laminar del fondo.

—Hay que mantener siempre la distancia adecuada si no queremos que los cultivos de levaduras colapsen o que una reacción volátil nos explote en la cara. Así que manos a la obra y comprobad dos veces cada margen antes de inocular.

—Oye, Jacob... una duda —interrumpe Megan, señalando con la punta de los dedos una de las placas sobre la mesa—. Si ponemos las dos muestras tan juntas en el borde del cultivo, ¿pasa algo malo si casi se rozan, o con un par de milímetros de margen ya nos libramos de que se mezclen?

Dejo caer el boli sobre la mesa y cruzo los brazos. En lugar de responder, recorro los rostros del grupo antes de mirar al resto.

—Buena pregunta, Megan. A ver qué tal andáis de memoria —respondo con calma, sin poder evitar una ligera sonrisa—. No sé si habéis repasado ya el manual de Microbiología, pero ese detalle sobre los márgenes sale en el capítulo de difusión. A ver, ¿alguno se atreve a contestarle?

Paso la mirada por el grupo. Arjun se aclara la garganta con la intención de hablar, pero Lily se le adelanta de inmediato, señalando la placa con seguridad.

—Yo creo que sí, con que no se toquen físicamente al sembrar ya vale, ¿no? Al final el agar es sólido y las bacterias no van a saltar de un lado a otro.

—No, Lily. Podría pensarse que es así, pero no —le contesto, apoyándome en el borde de la mesa—.

En cuanto empiezan a crecer demasiado cerca, los cultivos empiezan a competir entre sí por el espacio y los nutrientes.

Se altera el entorno que los rodea y, cuando los frentes de crecimiento se encuentran, el resultado deja de ser fiable.

Mi mirada continúa su recorrido entre los demás, por si alguien se anima a responder.

Nadie dice nada. Al final, mis ojos se detienen en el fondo de la mesa, donde Sofía se mantiene más callada de la cuenta, con los dedos jugueteando nerviosos con el capuchón de un rotulador.

Se queda ahí, con la vista fija y ausente, sin levantar la mano ni buscar llamar la atención.

Cuando ya parece que nadie va a abrir la boca, es ella la que rompe el silencio:

—Hay que dejar al menos cinco milímetros —murmura sin apenas mirarme, con la vista fija en la placa y un tono bajo pero lo suficientemente nítido como para que llegue al otro lado de la mesa—.

Si los ponemos tan cerca, las zonas de inhibición pueden mezclarse y después será imposible leer bien el halo. No puedes apurar tanto el margen.

Todo el grupo se gira hacia ella y yo asiento, sorprendido. No por la respuesta, sino por la manera en la que la ha dado. Sin buscar protagonismo ni felicitación.

—Exacto, Sofía. Bien visto —digo, dirigiéndome al resto—. Cinco milímetros mínimos. Si no respetáis esa distancia, el experimento entero se va al traste. Así que aplicad el margen y empezad a inocular con cuidado.

Mientras los estudiantes están de lleno en el experimento, calibrando las micropipetas, etiquetando tubos de ensayo y separando los cultivos en las gradillas, la puerta del laboratorio se abre y Robert aparece.

Está más descuidado que de costumbre, con la bata arrugada y la sombra de una barba de tres días. En cuanto entra, el grupo se queda en silencio y deja todo lo que estaban haciendo.

—No paréis, chicos —dice animándolos para dirigirse luego a mí—. Jacob, ¿cómo va todo?

—Bien, profesor Mitchell —respondo con profesionalidad—. Estábamos revisando los márgenes de siembra y midiendo el gradiente de difusión en las placas. Por ahora seguimos analizando las muestras.

—Perfecto. Seguid trabajando. Ahora tengo que hablar un momento contigo, Jacob. —Me coge del brazo y me lleva aparte—. ¿Me acompañas un momento fuera?

Salimos al pasillo y caminamos hasta su despacho. Al cerrar la puerta tras nosotros, la postura rígida de profesor titular cambia por completo. No sé el motivo exacto, pero bajo los focos blancos de la oficina se le ve cansado y consumido.

—¿Te pasa algo, tío? —le pregunto, bajando la guardia con la familiaridad que jamás me permitiría delante de los alumnos—. Se te ve hecho una mierda.

—Pues muchas gracias, Jack. Eres todo un cielo. Pero no te pases, te recuerdo que, como jefe no puedo darte una colleja, pero como tío sí puedo dársela a mi sobrino —me contesta dándome una palmada en la espalda—. Además, tengo permiso de tu madre. Ahora, escucha.

Se sienta en su escritorio y saca de un cajón un pendrive y lo desliza sobre la mesa en mi dirección.

—Aquí están las clases que tengo previstas para esta semana. Entre tú y Billy Kauffman tendréis que haceros cargo de las sesiones y del laboratorio.

—¿En serio? Estoy hasta el cuello con el máster —protesto, negando con la cabeza—. No sé si podré con todo.

—Tranquilo, no es para tanto. En cuanto vuelva de San Francisco me pondré contigo codo con codo para adelantar todo el trabajo del máster. Te echaré una mano con las horas que haga falta y te compensaré los días perdidos, te lo prometo.

Cojo el pendrive y le doy vueltas entre los dedos, pensando en el maratón de clases y prácticas que se me viene encima. Me esperan unos días bastante movidos.

—¿Qué tienes en San Francisco? —le pregunto, ya resignado.

—Pues me toca dar un par de ponencias magistrales y presentar los últimos avances de la investigación en el simposio anual —me explica, pasándose una mano por la nuca—. Son cinco días fuera entre viajes y conferencias. Volveré el viernes por la noche. ¿De acuerdo? ¿Harás eso por mí, Jack?

—Claro —acepto a regañadientes—. No me queda más remedio, ¿no?

—Te lo compensaré, te lo juro —insiste, mientras nos ponemos de pie—. Este congreso es vital para conseguir financiación y sacar adelante la investigación.

—¿Cuándo te vas? —le pregunto, guardando el pendrive en el bolsillo.

—Mi avión sale mañana temprano. Por eso necesitaba dejar esto cerrado contigo hoy mismo.

—De acuerdo, tío Robert, no te preocupes por el laboratorio ni por las clases. Puedes contar conmigo.

Él deja escapar una sonrisa de alivio y me da una palmada en el hombro antes de volverse hacia su mesa.

—Gracias, Jack. Nos vemos a la vuelta.

Al entrar en el laboratorio, los chicos levantan la vista hacia la puerta y buscan a Robert detrás de mí. La decepción al verme llegar completamente solo es evidente desde el primer segundo. Querían que el jefe revisara sus avances y trabajar con él y no se molestan en ocultar su fastidio.

Arjun, que siempre va un paso por delante a la hora de preguntar lo que todos piensan, deja el microscopio a un lado y se cruza de brazos.

—¿No va a estar con nosotros el profesor Mitchell? —pregunta.

Niego con la cabeza mientras me acerco a la primera mesa, paso la vista por las probetas y compruebo el estado de los cultivos antes de contestar.

—No, Arjun, tiene un viaje. Mañana vuela a San Francisco para un simposio de Microbiología. Ya sabéis que los experimentos no se pagan solos; hay que moverse, buscar financiación y convencer a políticos y mecenas para que inviertan en investigación.

Me detengo junto a la siguiente mesa para revisar las anotaciones del cuaderno de prácticas y luego continúo.

—Ah, y por cierto, también me encargaré esta semana de daros sus clases junto con otro asistente.

Si antes intentaban disimular la decepción, ahora es imposible.

A casi todos se les escapa un suspiro de resignación, acompañado de miradas de reojo entre los bancos de trabajo.

Es más o menos lo que esperaba. Todos quieren dar clase y trabajar con el gran Robert Mitchell, y demasiado pronto se han dado cuenta de que la mayor parte del tiempo les toca conformarse con los ayudantes.

Pero hay alguien a quien la noticia le afecta de otra manera, mucho peor disimulada.

Sofía se queda inmóvil frente a su banco de trabajo, con un tubo de ensayo suspendido a pocos centímetros de la gradilla.

Me mira fijamente, y el contraste es inmediato: en cuestión de segundos, su piel pierde todo su tono bronceado habitual hasta quedarse completamente pálida.

Antes de que me dé tiempo a dar un paso hacia ella o a preguntarle si se encuentra bien, deja el tubo en la gradilla con un movimiento torpe, suelta un rápido «disculpadme» y abandona el laboratorio.

Nadie se atreve a decir nada tras su salida.

Los alumnos se quedan mirando hacia la puerta abierta, intercambiando gestos de desconcierto mientras el murmullo de los extractores se vuelve de pronto demasiado ruidoso.

—¿Qué ha pasado? —suelta Arjun al fin, rompiendo el silencio con la pregunta que todos tienen en la cabeza.

Me quedo mirando el sitio por el que ha desaparecido, cruzándome de brazos mientras observo el pasillo vacío. No sé qué demonios le pasa a esa chica, pero está claro que algo no cuadra en su actitud, y mucho me temo que no soy el único que lo ha notado.