Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 5
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THE BIG BANG

Sofía

A las ocho y diez estoy tocando al timbre del apartamento de Robert en Eagle Rock.

No puedo evitar que durante todo el trayecto haya llevado esa sonrisa idiota que todavía se dibuja en mis labios. La misma que me ha arrancado hace un rato, cuando en el laboratorio ha hecho referencia a la serie, la pizza y el sofá.

Ese era precisamente nuestro plan más repetido durante todo el verano. Yo me acercaba a su piso, él pedía una extra grande de champiñones y jamón en Pizzeria Mozza y nos sentábamos mientras me ponía su serie favorita.

Sé que The Big Bang Theory es de otra época.

Aquella comedia de físicos y frikis se estrenó en 2007, el mismo año en que yo nací, y terminó en 2019, cuando yo empezaba la secundaria y la ciencia ni se me pasaba por la cabeza.

Para Robert, en cambio, es parte de su propio bagaje, un refugio nostálgico que choca frontalmente con mis recuerdos de infancia pegada a una pantalla de móvil.

A él le encanta ver a cuatro científicos lidiando con el mundo real, sobre todo por Amy Farrah Fowler; que sea bióloga como él es su debilidad absoluta.

Aun así, cada vez que suena la cabecera, me acuerdo de los años que nos separan.

Así que, aunque reconozco que la serie tiene su gracia y que ya vamos por la quinta temporada, no puedo decir que me entusiasme.

Pero soy una chica enamorada, y si mi novio... ¡Oh, mierda!, no sé si puedo llamarlo así. Bueno, el caso es que si Robert me invita a su casa para pasar el tiempo juntos y quiere ver esa serie por enésima vez, no puedo ni quiero negarme.

El capítulo dieciséis de la temporada acaba de terminar. En él, Sheldon Cooper es obligado a cogerse vacaciones y, como no está dispuesto a quedarse de brazos cruzados, termina yendo a la universidad a ayudar a Amy en su laboratorio de Neurobiología.

Mientras esperamos a que llegue la pizza, la conversación salta inevitablemente de la pantalla a la realidad, centrada en mi primer día en el laboratorio.

—Y cuéntame, ¿cómo ha ido todo con Jacob y el grupo? ¿Te ha gustado?

—Sí, Robert, ha sido genial. Estoy segura de que me va a encantar y voy a esforzarme al máximo; no te arrepentirás de haberme dado esta oportunidad.

—Espera —me detiene separándose un poco—. Yo no he hecho nada. No he tenido nada que ver con el proceso de selección. Ya lo dije el lunes cuando os convocamos a todos. Esto es solo mérito tuyo, ¿de acuerdo?

Trago saliva porque la emoción me va a traicionar, me conozco, joder, y no quiero ponerme a llorar como una niña. Quiero demostrarle que soy toda una mujer, segura de mí misma y consciente de que me merezco este puesto tanto como los demás, aunque por dentro haya dudado.

—Entonces, ¿no tuviste nada que ver? —le insisto. Necesito tenerlo claro del todo.

—Por supuesto que no. Mi equipo os eligió en base a vuestro expediente académico, vuestras notas del curso pasado, la carta de solicitud y la disponibilidad —me acaricia la mejilla con la mano—. No dudes de ti. Yo no lo hago.

A mí es que me dice estas cosas y me derrito. Le beso y nos quedamos abrazados unos segundos hasta que suena el timbre. Debe ser el repartidor a domicilio.

—Oye, ¿por qué no buscas una peli mientras le pago la pizza al chico? —me dice guiñándome un ojo.

Empiezo a hojear el catálogo de la plataforma hasta que doy con la adaptación cinematográfica de Romper el círculo , el fenómeno literario de Colleen Hoover que arrasó en BookTok y que desató ríos de tinta digital y debates encendidos en redes sobre sus complejas dinámicas de pareja.

En cuanto vuelve Robert, echa un vistazo a la pantalla y niega con la cabeza, divertido y resignado a partes iguales ante mis gustos de la generación actual frente a sus clásicos intocables.

Mientras se reproduce la película, le voy contando el chisme que involucró a los protagonistas.

Al notar que su respiración cambia y escuchar un ronquido suave pero constante, me vuelvo hacia él; se ha quedado dormido.

Pobrecito, está agotado. Me quedo un rato contemplándolo, con una ternura que apenas me cabe en el pecho, y me acurruco contra su costado buscando su calor.

Sin pretenderlo, el cansancio me va ganando la partida hasta que yo también caigo rendida.

No sé cuánto tiempo ha pasado, pero la luz que entra por la ventana deja claro que ya es de día. De repente, Robert se levanta de un salto, asustándome por completo:

—¡Mierda! ¿Qué hora es? ¿Me quedé dormido? Joder.

No es la idea que tenía de despertar junto al amor de mi vida, la verdad. Podría esperar que me despertaran con un beso, que me llevaran el desayuno a la cama, que hiciéramos el amor todavía medio dormidos, con esa manera perezosa de buscarnos bajo las sábanas.

Nada más lejos de esa fantasía. Robert no hace más que mirar el reloj y moverse de un lado para otro por todo el apartamento, con el ceño fruncido y una prisa que me corta el rollo de golpe.

—Lo siento…—le explico—.  Te quedaste dormido viendo la película, me abracé a ti y al final yo también caí.

—Ya me he dado cuenta, y no me extraña; la película era infumable —me suelta de manera borde, sin mirarme—. Pero ahora tienes que irte. Vas a llegar tarde a la universidad, y yo tengo una clase magistral dentro de dos horas. Tengo que prepararla y…

Robert se gira hacia mí y se calla de golpe porque yo me he quedado paralizada.

Es como si de pronto todo lo vivido anoche —las risas, los abrazos en el sofá y la complicidad que compartimos— hubiera sido un sueño. Para él no ha sido real y ahora a mí me parece una pesadilla de la que no consigo despertar.

Robert se acerca a mí. Lo hace despacio y yo respiro hondo. Solo cuando me acaricia la mejilla me doy cuenta: estoy llorando y, por lo visto, no es una sola lágrima solitaria. Estoy llorando de verdad.

—Sofía, lo siento... No quería ponerme así, pero tenía cosas que hacer y el tiempo se me echa encima. —Su voz se suaviza, intentando arreglarlo a medias—. No es culpa tuya, pero ahora de verdad que tienes que irte. ¿Te llamo un taxi?

—No, tranquilo. Ya pido un Uber desde la aplicación —le digo mientras saco el móvil y evito mirarle a los ojos—. Solo tardará diez minutos.

El trayecto en el Uber transcurre en absoluto silencio, con la vista clavada en las gotas de lluvia que resbalan por la ventanilla y su voz todavía resonando en mi cabeza.

En cuanto cruzo la puerta de la residencia, voy directa al armario, me cambio de ropa con la rapidez que me permiten las prisas y salgo zumbando hacia la facultad.

Llego justa, ocupando un asiento en el fondo del aula en el preciso momento en el que el profesor empieza a hablar.

Intento concentrarme, pero seguir el hilo de la clase se convierte en una misión imposible; las palabras se amontonan en la pizarra sin cobrar ningún sentido mientras la cabeza me sigue dando vueltas en su apartamento, en la manera tan seca con la que me abrió la puerta para salir.

Cuando la clase por fin termina, abro el portátil sobre la mesa y entro en la aplicación de la universidad.

Reviso el calendario del curso y lo compruebo: hoy no tengo turno en el laboratorio, mañana tampoco.

Me quedo mirando la pantalla con un nudo en el pecho, suspirando aliviada y rota a partes iguales, diciéndome a mí misma que es lo mejor, porque no tengo ni idea de cómo podría volver a tenerlo tan cerca sin echarme a llorar otra vez.