Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 4
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JACOB BOWMAN

Jacob

Son las seis de la mañana y mi apartamento, un estudio diminuto en la zona de Palms, apenas deja espacio para respirar entre la pila de libros de inmunología y la ropa limpia que llevo acumulando tres días.

Vivir en Los Ángeles sin un coche propio significa estar a merced de las combinaciones imposibles de los autobuses, calculando cada minuto para cruzar la ciudad hasta el campus de UCLA.

Por eso madrugo tanto; si quiero llegar a tiempo, me toca patear tres manzanas en la bruma de la madrugada, encadenar un par de transbordos y lidiar con el asfalto antes de que el tráfico empiece a colapsar las grandes avenidas.

Tengo que presentarme en el campus con horas de margen porque, mientras para el resto de los estudiantes la mañana se pasa entre clases teóricas y apuntes, mi jornada arranca mucho antes.

A las ocho en punto tengo que supervisar la purificación de los cultivos celulares de inmunoterapia que dejamos en la incubadora la semana pasada; es una tarea rutinaria, que Robert me ha asignado este curso.

La responsabilidad es total, porque un solo despiste puede echar por tierra los reactivos que necesitamos.

Más tarde, en cuanto terminan sus clases, he citado al grupo de los alumnos de segundo que estarán bajo mi supervisión frente a la entrada principal del ala de investigación biomédica.

Mi labor hoy consiste en enseñarles el protocolo y todo lo necesario para que se inicien en el prestigioso Proyecto Nova.

Salgo al pasillo cargando con la mochila hasta los topes y un termo de café para aguantar la mañana.

Justo en la puerta de enfrente, el pestillo gira y aparece Chloe, mi vecina.

—Hey, Jacob, cuánto tiempo sin verte —me saluda con el uniforme de la cafetería bajo el brazo—. ¿Dónde te metes? Ya no quedamos nunca.

—¿Chloe, qué tal? —le devuelvo el saludo—. Ya sabes cómo es el principio de curso, todavía tengo que hacerme al horario.

Chloe encaja en el molde de la eterna aspirante a actriz: chicas que aterrizan en la ciudad con dieciocho años creyendo que el talento basta para abrirse hueco en Hollywood, y acaban encadenando turnos en cafeterías.

Ella lleva siete años en ese bucle; su mayor logro hasta ahora se reduce a un par de anuncios comerciales y una línea de texto en un telefilm de sobremesa.

Quedar suele significar que terminamos follando en su piso después de pedir un par de pizzas. Durante mi primer año en este edificio me pareció un plan redondo: sexo sin complicaciones con una vecina que no exige nada más.

El problema es que a mí ese plan ya no me satisface, y no quiero crearle falsas expectativas porque Chloe me cae muy bien.

No sé por qué estoy nervioso. Hace horas que terminé de revisar y supervisar los cultivos, he avanzado con el papeleo del máster, y ahora me encuentro en el laboratorio esperando a los alumnos que tengo que tutorizar.

No es la primera vez que lo hago; en mi primer año ya tuve a mi cargo a otro grupo, pero la experiencia no me sirve de nada.

Siento la tensión concentrada en la boca del estómago.

Cojo las fichas de los alumnos con sus datos y fotos para darles un último repaso.

El primero es Arjun Patel, 23 años, de origen pakistaní, con un expediente impecable en Biotecnología que avala su llegada tras solicitar el traslado desde la Universidad de Cambridge expresamente para trabajar con Robert Mitchell.

Con experiencia, conocimientos y una actitud intachable, fue el primero en ser elegido, un candidato que entraba de sobra por derecho propio.

Segundo: Owen Sullivan. Este parece sacado directamente de un equipo de fútbol americano.

19 años, rubio, pecoso y con cara de no haber abierto un libro en su vida.

Repaso su expediente: notas brillantes y una carta de solicitud excelente.

Es el típico caso de cómo engañan las apariencias, al menos sobre el papel.

La tercera es Lily Chen. De ascendencia china pero nacida en Albuquerque. 20 años recién cumplidos y un futuro brillante por delante. Al menos eso dicen sus calificaciones sobresalientes de primero.

La cuarta es Megan Reed. No destaca especialmente por sus notas, pero en la carta de acceso al proyecto mostró un entusiasmo que nos dejó impresionados a todos.

Además, su historia personal —con sus padres enfermos de cáncer y ella misma habiendo superado la enfermedad— la convierte en la candidata perfecta. Se dejará el alma en este proyecto.

Y por último, Sofía Edwards. 19 años.

Me quedo mirando su foto. Es una chica muy atractiva, de esas que te hacen girar la cabeza al cruzarte con ellas, no por ir llamativa, sino por el aura que desprende.

Lo consigue en una simple imagen estática, así que me pregunto si tendrá ese mismo magnetismo en directo.

Su expediente es impresionante, quizás de los mejores de todo el curso.

Su carta, aunque sin la emoción desbordante de la de Megan, también nos impactó por su altísima disponibilidad.

A las dos en punto de la tarde, tal como los había citado, se presentan los cinco estudiantes.

Arjun encabeza la comitiva, seguro de sí mismo y con ganas de no perder ni un solo minuto.

En eso se nota su paso por Londres y el bagaje que trae de más.

Los otros cuatro entran más inseguros, cargados de esa mezcla de respeto y vértigo que imprime cruzar por primera vez la puerta de un laboratorio de este nivel.

Cierro la carpeta con las fichas y me coloco frente a la mesa principal del laboratorio.

—Bienvenidos al Proyecto Nova —comienzo, apoyando las manos en la superficie metálica—.

Lo primero: aquí no venís a mirar ni a hacer de meros espectadores.

Desde el minuto uno sois parte activa del equipo.

Eso significa que las normas de seguridad no son negociables: bata abrochada, gafas siempre puestas y cero distracciones con el móvil.

Cualquier error se comunica al momento, no se oculta.

Venimos a investigar, a experimentar, lo que implica equivocarnos, aprender del proceso y trabajar con rigor.

Hago una breve pausa para dejar que asimilen el mensaje mientras observo sus reacciones. Todos me muestran una atención absoluta.

—Las taquillas y el material básico están asignados en el estante del fondo. Hoy no vamos a perder tiempo con teorías abstractas. Después de las presentaciones rápidas, nos ponemos manos a la obra.  Empiezo yo.

Me apoyo en la mesa de acero inoxidable y cruzo los brazos mientras los cinco me observan.

—Me llamo Jacob Bowman. Estoy terminando el máster en Ciencias Biomédicas, especializado en Inmunología y Biología del Cáncer.

Este es mi segundo año y llevo trabajando en este laboratorio con el profesor Mitchell desde que estaba en segundo curso del grado.

Empecé exactamente donde estáis vosotros ahora.

Hago una breve pausa antes de continuar.

—Si estáis aquí es porque, sobre el papel, sois los mejores candidatos. Pero eso no significa que tengáis vuestro sitio asegurado. En este laboratorio nadie regala nada. Las plazas son limitadas y cada año hay más estudiantes que quieren entrar de los que podemos aceptar.

Recojo unos papeles de la mesa, los golpeo ligeramente contra la superficie para alinear los bordes con un solo golpe, y continúo mi discurso.

—Si la cagáis, si no os implicáis o si me hacéis ver que no os tomáis esto en serio, os iréis.

Así de simple. Hay una lista de espera llena de gente deseando ocupar vuestro sitio.

En cambio, si trabajáis, preguntáis, aprendéis de vuestros errores y os dejáis la piel, aquí vais a tener una oportunidad que muy pocos estudiantes consiguen durante la carrera.

Recorro sus caras una por una.

—Y creedme cuando os digo que merece la pena.

Llevamos apenas diez minutos con la preparación de los primeros medios de cultivo cuando la puerta del laboratorio se abre y Robert aparece.

Los cinco estudiantes y yo dejamos de inmediato lo que estamos haciendo. Su sola presencia impone, aunque no por los estereotipos habituales.

No es un hombre especialmente alto, ni proyecta esa seguridad exagerada que uno suele asociar a las figuras de autoridad.

A sus cuarenta y cuatro años, con la bata abierta sobre una camisa sobria y el cabello ligeramente alborotado por las horas frente a los papeles, transmite más la intensidad de quien vive pensando en una fórmula que la de alguien que busca destacar por su planta.

Pero el peso de su inteligencia y el prestigio de su trabajo llenan la habitación desde el momento en que cruza el umbral.

—Buenas tardes, chicos. ¿Cómo van esos tubos? —dice Robert, acercándose al banco de trabajo—. Veo que ya habéis empezado a mancharos las manos. ¿Me mostráis lo que os está enseñando Jacob?

El primero en moverse es Arjun, que se adelanta asintiendo con una sonrisa demasiado ensayada mientras el profesor Mitchell observa nuestro trabajo.

Mi primera impresión: es un pelota. No sé si esa es la manera de actuar en Londres o si solo pretende ganar puntos desde el primer momento, pero con este recibimiento ya deja claras sus cartas en el grupo.

Lily enseguida se posiciona delante. Es pequeña de estatura, pero se hace grande poniéndose en primera fila y explicándole a Robert todo lo que ha aprendido en los escasos minutos que llevo con ellos.

Yo estoy en un segundo plano, o casi un tercero, observando a cierta distancia la manera de comportarse del grupo con el jefe.

Owen le da un pequeño codazo a Megan. Ambos también se han dado cuenta del detalle: Que tanto Arjun como Lily se pisarían el uno al otro antes que ceder un centímetro.

Pero esto no es una competición, aquí el grupo deberá trabajar unido y en armonía, así que hago el primer apunte mental; tendré que dejarles claro en cuanto Robert se marche que aquí nadie compite contra el compañero; en un laboratorio como este los laureles se reparten entre todos o las hostias se las traga el equipo entero por igual.

El esfuerzo es solidario, o no sirve para nada.

Robert escucha los comentarios de Lily y los elogios de Arjun sin apenas inmutarse. Asiente y hace como que atiende, pero lo conozco demasiado bien. No les está prestando verdadera atención. Y no me extraña, porque se están poniendo realmente pesados los dos.

Cuando Lily deja de hablar al fin, Robert saluda al resto.

Da un apretón de manos a Owen, sonríe a Megan y, de manera deliberada, evita mirar a Sofía al pasar por su lado.

El gesto es tan preciso y calculado que resulta imposible que sea casualidad.

Y lo más extraño es que la actitud de ella es idéntica: baja la cabeza hacia la mesa, concentrada en los tubos, y mantiene una distancia prudente con todo lo demás.

—Aprovechad el día —dice Robert, dando una palmada ligera en el borde de la mesa antes de girarse hacia su despacho—.

Aunque no os paséis. Esto solo es el principio y sé que ha sido una jornada dura para todos, para mí también.

Lo único que quiero ahora es llegar a casa, sentarme en el sofá de mi apartamento y comerme una pizza viendo un episodio de The Big Bang Theory .

Seguramente es lo que haré a partir de las ocho.

Se escuchan algunas risas y comentarios de aprobación general entre los chicos. Pero lo que me llama la atención es lo que ocurre al otro lado de la mesa: Sofía aprieta los dientes, intentando disimular una sonrisa que se le escapa sin poder evitarlo.

Lo veo perfectamente. Y me parece demasiado extraño, porque no ha abierto la boca en todo este tiempo, ni siquiera lo ha mirado una sola vez.