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GO, brUINS!
Sofía
La semana de bienvenida en UCLA no es una de esas típicas actividades para rellenar el calendario académico ni una ceremonia aburrida de apertura.
Aquí se vive con una intensidad brutal: los profesores se implican hasta el fondo y las icónicas aceras de ladrillo y los edificios neorrománicos se tiñen por completo de azul y dorado.
Para cualquiera que estudie aquí, la Homecoming Week es el auténtico latido del semestre: esa semana en la que descubres lo que significa realmente ser un Bruin —es decir, llevar el orgullo azul y dorado de la universidad hasta el límite—.
El campus se transforma con los míticos rallys de bienvenida, los puestos de las asociaciones abarrotando Bruin Walk , los piques entre facultades y esa euforia que te contagia quieras o no.
Y todo ese caos está diseñado para culminar en el gran evento de la temporada: el partido de fútbol americano de los Bruins en el legendario Rose Bowl, con miles de gargantas rugiendo al unísono y la banda universitaria marcando el compás de una semana inolvidable.
Pero anoche, mientras miraba la pantalla de mi móvil en la oscuridad de la residencia, el único color que yo sentía era el gris de la decepción.
—A ver, Sofía, por última vez: o te pones los vaqueros o te arrastro al festival en pijama, pero no pienso permitir que te quedes encerrada en la habitación —me avisa Amber. Está cruzada de brazos frente a la puerta abierta de mi armario con gesto de absoluta determinación.
Me giro despacio en el borde de la cama, todavía con la sudadera puesta y el pelo revuelto, intentando armarme de valor para salir ahí fuera.
—La verdad es que no tengo demasiadas ganas.
—Eso me ha quedado claro, bonita. Solo hay que ver el careto que llevas desde que volviste de ver a tu querido profesor —suelta Amber sin filtros—.
Y como sigues con la boca cerrada y no me cuentas nada, mi única misión de hoy es sacar tu exótico culo brasileño de esta residencia y arrastrarte a bailar.
Enséñame de qué pasta estáis hechos en Sudamérica.
—¿Te tengo que recordar que nací en Estados Unidos? Te lo he dicho mil veces —le replico rodando los ojos—. Que mi madre sea brasileña no me hace menos estadounidense.
—Lo que tú digas, socia. Pero tienes genes brasileños, una melena de infarto y un tipazo que los dioses te han regalado, así que quedarse aquí encerrada es un delito federal. Amber empieza a hurgar en mi armario, saca una de mis camisetas de los Bruins y me la lanza a la cara.
—Métete en la ducha y vámonos.
La decepción de anoche con Robert no se me va de la cabeza. Lo peor es que lo que más me gusta de él —su experiencia, su madurez y esa seguridad de hombre hecho y derecho con unos ideales tan brillantes— choca de frente con lo que más odio: que nunca saque tiempo suficiente para mí.
Me siento egoísta cuando pienso así. Se supone que un hombre maduro y centrado es justo lo que siempre he querido encontrar.
Mientras lucho con los mandos de la ducha para que el chorro de agua caliente no me moje el pelo, no puedo evitar recordar mis únicas dos relaciones anteriores y comprobar el historial tan patético que arrastro.
Mi primer novio, al final de la secundaria, fue Joao.
El pobre tenía más entusiasmo que luces.
Y no me refiero a falta de inteligencia en general, sino a que se le nublaba tanto la mente cuando teníamos intimidad que era peligrosamente inconsciente.
Siempre tenía que discutir e insistirle para que se pusiera un condón, y él se agobiaba un montón.
Salía con la típica excusa de que le apretaba demasiado o que los preservativos le quedaban pequeños, y yo no podía parar de reírme ante tanta estupidez.
Lo hicimos dos veces mal contadas antes de cansarme y dejarlo.
Luego, el año pasado, durante mi primer mes en UCLA, conocí a Lewis.
Era el típico deportista con beca universitaria: guapo hasta decir basta y con más músculos que las páginas de un libro de anatomía.
Todo iba sobre ruedas hasta que descubrí su pequeño secreto: insistía en hacerlo siempre delante de un espejo porque le encantaba mirarse los abdominales y los bíceps mientras follábamos.
A ver, chico, cada uno con sus manías, pero que te den.
Salimos de la residencia y nos absorbe directamente la marea de Bruin Walk .
En estas fechas, la arteria principal del campus parece un hormiguero en ebullición.
Es imposible avanzar dos pasos sin chocar con alguien: hileras de carpas de colores chillones, pancartas gigantes con el escudo de los Bruins colgando de las farolas y mesas atestadas de folletos, pegatinas y merchandising universitario que la gente reparte a gritos.
Por aquí desfila todo el mundo: futuros abogados con carpetas a rebosar, los de ingeniería con ojeras de zombi por no haber pisado una cama en tres días, tíos de los equipos deportivos marcando músculos con sus camisetas oficiales y chicas de hermandades repartiendo octavillas con sonrisas de anuncio.
Por donde pasas solo se respira el aroma a perritos calientes, hamburguesas jugosas a la parrilla y el toque dulce de los gofres recién hechos en los puestos callejeros que han invadido cada rincón.
Amber camina a mi lado dando pequeños saltos de emoción, girándose a cada segundo y señalando los puestos con una sonrisa de oreja a oreja mientras me detalla sus planes para el curso.
Está eufórica y la entiendo.
El guion en el que llevaba meses trabajando, el mismo que le entregó a uno de sus profesores de cine justo antes de terminar el curso pasado, recibió respuesta ayer mismo, en pleno primer día de clases. Su profesor se lo devolvió con una nota diciéndole que tiene un potencial tremendo.
Su entusiasmo es tan desbordante que contagiaría al mundo entero; y aunque intento seguirle el hilo, mi mente sigue atrapada en bucle y completamente dispersa. Solo puedo pensar en mi reencuentro con Robert y me resulta imposible concentrarme.
—¡Mira eso! Oh, Dios —me chilla Amber, gritando para hacerse oír por encima de la música y las risas de la gente—, necesito un funnel cake ahora mismo o me muero.
Sin esperar a que le responda, me agarra del brazo y me arrastra hacia uno de los puestos de comida más concurridos, regentado por una asociación estudiantil.
Hacemos cola bajo el sol abrasador de Los Ángeles; aunque técnicamente ya estamos en otoño, el calor sigue apretando con esa fuerza sofocante tan típica de septiembre en la ciudad.
Cuando por fin llega nuestro turno, pide dos de esas bombas de masa frita cubiertas hasta arriba de azúcar glass y chocolate hirviendo, asegurando que las calorías de la Homecoming Week simplemente no cuentan.
—Cómete esto, que te va a dar la vida, Sofía. Te lo juro —insiste tendiéndome el plato de papel mientras esquivamos a un grupo de estudiantes de primer año que reparten globos dorados.
Buscamos refugio del sol bajo la sombra de un gran roble, rodeadas por la marea de estudiantes que abarrota el césped del Bruin Walk.
Nos acomodamos sobre la hierba para empezar a comer el funnel cake . Mientras Amber se sienta con las piernas cruzadas y devora el pastel sin piedad, yo dejo el plato a un lado, me tumbo boca arriba y dejo escapar un suspiro largo para sacudirme el calor de encima.
Justo al otro lado del árbol, a apenas un par de metros, hay un grupo de unos cuatro o cinco chicos de cursos superiores; los reconozco de verlos en el laboratorio de Biología, aunque no haya cruzado una sola palabra con ellos.
—¿Habéis oído que el profesor Mitchell tiene una nueva putita? —suelta uno de ellos con sorna.
Dejo de respirar por unos segundos. De manera literal.
Es como si de repente se me hubiera cerrado la garganta por completo. Me incorporo de inmediato y miro a Amber. Ella, que seguía masticando el pastel, se atraganta con el bocado y tose disimuladamente, adivinando en mi expresión que tiene que cerrar la boca y dejarlos hablar.
—Me han dicho que es una alumna extranjera, que ha venido de intercambio. No sé si de primero o segundo —responde otro de los chicos, riéndose por lo bajo—. El cabrón cada año se las busca más jóvenes.
Amber hace ademán de hablar, pero la agarro del brazo al vuelo y le hago gestos enérgicos para que se calme y no nos hagamos notar. Necesito escuchar cada palabra de esa conversación. Si Robert se está viendo con otra, tengo que saberlo. Porque, como sea cierto, me va a oír.
—Creo que es brasileña, al menos eso he oído —comenta un tercero—. Y ya sabéis cómo son esas guarras de calientes, joder. Se la debe chupar que da gusto.
Cuando escucho lo de brasileña, un escalofrío me recorre la espalda y me tenso todavía más. Nos pegamos al tronco, intentando mantenernos fuera de su vista, porque mucho me temo que a quien se refieren es a mí.
—Seguro que es experta en hacer cubanas, ¿no? —interviene otro entre risas.
—No seas idiota, tío. Brasil y Cuba son países distintos, no tienen nada que ver —le recrimina un compañero—. Y además tampoco hace falta ser cubana para hacerlo. De hecho, mi ex tenía unas tetas increíbles y me hacía unas pajas brutales.
Un coro de risas obscenas y comentarios babosos estalla al otro lado del tronco.
Me muerdo el labio con fuerza, conteniendo las ganas de levantarme e ir a partirles la cara, mientras me aferro a la corteza del árbol.
Necesito seguir escuchando; necesito saber exactamente qué mierda están diciendo por todo el campus.
—De hecho, las brasileñas son más de culos que de tetas, ¿no?... Madre mía, el viejo Mitchell se tiene que poner las botas follándose un culito de esos.
—A mí me han dicho que la tía es un poco guarrilla. Que va por la residencia en tanga y los tíos que se la han tirado dicen que lleva la depilación brasileña.
Amber abre los ojos cada vez más, escandalizada, mientras yo tengo que taparme la boca con la mano para ahogar cualquier sonido y no interrumpirlos. Si están hablando de mí, la información se ha distorsionado por completo; está claro que sueltan mierda sin tener ni puta idea.
—¿Tenéis su Instagram? —pregunta otro, frotándose las manos—. Quiero ver si es cierto lo que dicen de las brasileñas y si esta tiene ese culo de verdad.
—Qué va, ya la habría seguido, pero ahora en serio... ¿Os imagináis al profesor con una de esas? Es que ni de coña. Si es un puto blandengue, no creo que ni supiera por dónde empezar... Yo, en cambio, le daba por todas partes.
Amber me mira de reojo y la conozco demasiado bien: se está conteniendo para no salir de detrás del árbol y soltarles cuatro palabras a la cara, y sé que lo hace por mí.
Pero yo ya he tenido bastante. El estómago se me ha cerrado por completo. Me levanto de golpe del césped, sacudiéndome los restos de tierra de la ropa, y camino a toda prisa hacia los baños portátiles instalados junto a la hilera de puestos, con mi amiga pisándome los talones.
—No les hagas caso, Sofía, son solo unos niñatos de mierda —me dice ella intentando seguirme el ritmo.
—Ya, lo sé.
—Además, es que ni tienen idea de quién eres. Tú no eres ni de intercambio ni de... ya sabes. Además, de que eres estadounidense.
—Vaya, ahora sí recuerdas que nací aquí, ¿no? Qué detalle, Amber.
—Tía, no te pases conmigo, ¿eh? Si me hubieras dejado, les habría partido la cara.
—Perdona, lo sé, Amber, y te quiero por eso —digo con las lágrimas asomando en los ojos—. Pero me da igual, ¿sabes? Me importa una mierda los estereotipos que cuatro gilipollas tengan de las chicas, ni por su raza ni por su nacionalidad. Lo que de verdad me duele es lo que han dicho al principio.
—¿A qué te refieres? —pregunta Amber, deteniéndose un segundo frente a mí.
—Joder, pues a lo de que cada año se las busca más jóvenes y que soy su nueva putita. ¿Es eso lo que todos en el campus dirán de mí en cuanto se enteren de que soy yo?
Dos horas después, y con los pies destrozados de tanto deambular entre los puestos de la feria, llegamos al estadio y nos colamos en las gradas más altas. Al final he convencido a Amber de sentarnos aquí arriba, aunque ella se empeñaba en bajar hasta pie de campo para pillar un sitio mejor.
Las gradas están llenas hasta la bandera, la multitud ruge entregada a nuestro equipo y el olor a comida rápida se mezcla con la tensión del ambiente. Amber devora las palomitas con los ojos fijos en el campo, vitoreando cada jugada y saltando con cada avance, completamente metida en el partido.
Yo, en cambio, me hundo en mi asiento mientras mastico las palomitas de manera automática con la vista perdida en el césped sin prestarle la más mínima atención al juego.
Mañana empiezan las clases de verdad. Y lo que más me jode no es tener que competir como una loca para ganarme un puesto en ese laboratorio, sino saber que además voy a tener que pelear por ganarle la partida a los malditos rumores.