Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8) 1
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PROFESOR MITCHELL

Sofía

Salgo de la residencia con tiempo de sobra. Quizás soy una exagerada, como no ha parado de repetirme Amber mientras me arreglaba, pero es el primer día de clases. No pienso dejarlo todo al azar y la improvisación como hace ella.

Supongo que ahí reside gran parte de nuestras diferencias. Ella es artista, estudia en la escuela de cine; yo necesito anticiparme a cualquier imprevisto, calcular los márgenes de error y llevar una solución preparada para cada problema antes de que siquiera llegue a plantearse.

Así que desciendo la colina junto a otros cientos de estudiantes. Al pisar la gran avenida peatonal del campus, el bullicio me absorbe por completo. Está claro que no soy la única previsora que teme plantarse tarde el primer día.

La gente camina con cafés humeantes en vasos de cartón, mochilas cargadas hasta reventar y por todos lados veo bicicletas que esquivan patinetes por los pelos. Nadie mira al frente; todos avanzan con prisas, la cara desorientada y los ojos pegados al móvil intentando ubicarse entre los edificios.

A medida que me acerco al pabellón de Ciencias, el ambiente da un giro radical.

Aunque suene a tópico, cruzar esta frontera es como adentrarse en otra especie de ecosistema universitario.

Aquí los chicos y las chicas parecen cortados por un patrón diferente: grupos enteros hablando con una seriedad impropia de primer día, repasando esquemas en tabletas gigantes o discutiendo sobre artículos científicos con una intensidad que casi asusta.

Se les nota en la mirada una prisa de estresados de manual, como si cada minuto contara para salvar el planeta o para no perder el sitio en esa carrera invisible que todos corren.

Me dirijo al aulario; por el camino apenas intercambio un par de gestos rápidos con conocidos del año pasado y caras nuevas.

Busco un sitio en las filas intermedias, lo bastante neutro para no llamar la atención desde la tarima, pero sin refugiarme en el fondo.

Las horas transcurren entre presentaciones mecánicas y guías docentes que se repiten año tras año, mientras los nervios se me van acumulando en la boca del estómago.

Miro el reloj con insistencia hasta que, por fin, a las once, enfoco el paso hacia el Hershey Hall, donde Robert va a abrir oficialmente su asignatura.

Cruzo las puertas de la sala de conferencias y busco hueco en las gradas. De repente, el murmullo general se detiene en cuanto él aparece. El peso de Robert en esta facultad, el respeto absoluto que impone entre los estudiantes de Biología, convierte su entrada en un acontecimiento casi solemne.

Todos los rostros se giran hacia la puerta, donde está parado hablando con un asistente.

Luego avanza entre los asientos con una seguridad tan aplastante que intimida, deja el maletín sobre la mesa y, antes de empezar a hablar, repasa las bancadas con la vista, me encuentra en mitad de la sala  y me dirige una mirada y una pequeña sonrisa que sé que es solo para mí.

Con eso basta para que el suelo parezca deshacerse bajo mis pies.

—Buenos días a todos. Bienvenidos a Biología Molecular Avanzada. Mi nombre es Robert Mitchell, y seré vuestro profesor durante este trimestre.

Mis compañeros no toman nota; lo único que hacen es escucharle con la boca abierta.

Resulta casi irónico verle repartir el programa de la asignatura con esa seriedad protocolaria, como si hiciera falta recordarnos quién es o como si alguien en esta sala no se supiera de memoria cada artículo, cada premio y cada hito de su currículum desde antes de matricularse.

Mientras lo escucho desgranar los conceptos básicos con esa mezcla de seguridad y autoridad innata, mi mente se desvía inevitablemente hacia otro momento.

Es imposible no pensar en las tórridas noches de verano que pasamos juntos en su apartamento antes de que yo tuviera que volver a São Paulo con mi madre.

Entonces, esa misma voz y esa misma intensidad me rozaban el oído de una forma que nadie más en esta sala podría llegar a imaginar.

Después de una breve introducción a la asignatura, presenta lo que es su proyecto estrella.

—¿Qué tal se os da jugar con probetas y hacer experimentos? —dice abriendo una pantalla del techo y proyectando unas diapositivas—. Sois estudiantes de segundo curso, y como muchos de vosotros sabéis, cada año mi equipo y yo escogemos a cinco estudiantes destacados.

El silencio de la sala se ve interrumpido de golpe por el murmullo de los estudiantes.

Nos miramos unos a otros. Todos sabemos que entrar en el laboratorio de Robert Mitchell no es solo una oportunidad de oro en nuestra carrera; es el objetivo que persigue media facultad desde el primer día de clase.

Participar en su investigación sobre los mecanismos que limitan la actividad de los linfocitos T en tumores sólidos y desarrollar estrategias para restaurar su capacidad antitumoral es lo más alto a lo que se puede aspirar en esta universidad.

Al menos para nosotros, para todos los que queremos experimentar a fondo y algún día poder decir que contribuimos a mejorar la vida de las personas con cáncer, o incluso a erradicar la enfermedad.

En la pantalla empiezan a salir fechas, requisitos y aulas, y los estudiantes dejamos todo lo demás para tomar apuntes a velocidad de vértigo.

Robert continúa, con la mirada fija en los asientos mientras apoya una mano en el atril:

—No os equivoquéis. El nivel de exigencia aquí no deja margen para el error ni para las medias tintas.

Si estáis interesados en incorporaros a mi grupo de investigación, encontraréis las instrucciones en la página web.

Tendréis una semana para presentar vuestro expediente académico, un currículum, una carta de motivación y vuestra disponibilidad horaria.

Cuando finalice el plazo, mi equipo revisará todas las solicitudes y seleccionará a los cinco estudiantes que se incorporarán al proyecto.

Mi laboratorio es mi santuario personal, y todo lo que hacemos allí es sagrado.

En algún punto de la sala de conferencias, Robert se detiene y parece estudiarnos a todos como si estuviera comprobando los resultados de un experimento.

Se pasea por las escaleras, subiendo despacio hasta quedar a mi altura.

Yo me tenso al instante, porque me da la sensación de que hasta el zumbido de las luces del techo delata cómo se me han disparado las pulsaciones.

Robert se gira, deja caer los dedos sobre su ceja en un gesto tan sutil como premeditado, hace un barrido general por toda la sala y vuelve a bajar hacia la tarima.

El corazón me da un vuelco: es lo que le pedí anoche por teléfono, el código exacto para saber que estábamos pensando exactamente en lo mismo.

Un secreto privado, flotando a la vista de todos, que demuestra que, por mucho que intente mantener las distancias, sigue estando ahí conmigo.

Terminan las clases y el bullicio inunda el pasillo de la facultad.

Los alumnos se agolpan, comentan la intensidad del primer día y se organizan para ir a la cafetería.

Yo sonrío y respondo a medias a un par de compañeros que me saludan al pasar, pero mi atención está en otra parte.

Pongo el piloto automático mientras me hablan, incapaz de pensar en otra cosa que no sea Robert y en el gesto que me ha dedicado en clase.

En ese preciso instante, el móvil vibra en mi bolsillo. Me disculpo con un gesto y me aparto sutilmente del grupo. No necesito mirar la pantalla para saber quién es; lo presiento con una certeza absoluta. Desbloqueo el dispositivo y ahí está el mensaje, escueto y directo:

¿Nos vemos esta noche en mi casa?

La sonrisa me sale sola, imposible de disimular. Miro a los lados, como si alguien pudiera leerme los pensamientos, y escondo el móvil por instinto antes de teclear mi respuesta:

Lo estoy deseando.

Horas más tarde, cojo un Uber hasta Eagle Rock.

Mientras el coche avanza dejando atrás el rugido del tráfico, las calles se van volviendo más residenciales y silenciosas, flanqueadas por casas bajas y árboles que proyectan sombras alargadas bajo el atardecer encendido.

Es un trayecto que he recorrido muchas veces durante este verano, el mismo camino que me llevaba hasta su apartamento antes de las dos semanas que he estado en São Paulo con mi madre.

El parpadeo naranja del ocaso tiñe los cristales del vehículo.

A través de la ventanilla, los recuerdos de todas esas semanas pasadas aquí regresan de golpe, y la anticipación me enciende por dentro.

Llevo dos semanas sin hacer este recorrido y siento los nervios en el estómago. Cuanto más se acerca el coche a su casa, más noto cómo la impaciencia compite con mi sonrisa. No puedo esperar para que me toque de nuevo.

En cuanto me abre la puerta, la abstinencia se rompe con un beso desesperado y urgente, de esos que no dejan espacio ni para respirar.

Sus manos me sujetan por la cara con fuerza, llevándome a la pared del recibidor mientras le devuelvo cada beso con la misma intensidad y deseo que he acumulado durante todo este tiempo.

Cuando por fin nos separamos un poco para tomar aire, con la respiración todavía acelerada, él me coge de la mano mientras señala la bolsa que traigo colgada del brazo.

—¿Qué llevas ahí? —me pregunta, con los restos de la urgencia del beso todavía en los ojos.

—Algo para cocinar.

—¿Cocinar? ¿Quieres cenar? —me pregunta, descolocado—. Yo ya he comido algo antes de que vinieras.

Me quedo parada a mitad de camino de sacar las cosas, mirando la bolsa con los ojos abiertos de par en par.

—¿Ya... has cenado? Oh, vaya... vaya, vale... —balbuceo, parpadeando mientras la ilusión se me desinfla de golpe—. De acuerdo, da igual... —murmuro, apartando la mirada.

Él suspira, intentando arreglarlo a su manera, sin entender del todo lo que yo buscaba en ese reencuentro.

—Si tienes hambre, puedo hacerte un sándwich.

—No, no quiero nada —insisto, forzando una sonrisa—. No tengo hambre, era por si tú querías.

Robert se encoge de hombros con total indiferencia.

—Si me lo hubieras dicho, me habría esperado y…

Lo corto con un beso, porque quizás tiene razón. Quizás debería haberle avisado de que había comprado todo esto para cenar juntos.

Robert intensifica el beso, me coge de la mano y me lleva al dormitorio. Los preliminares duran un suspiro. Tanto que en menos de dos minutos está desnudo, con el condón puesto y empujando dentro de mí con prisa, más rápido de lo que me gustaría.

Es lo que tiene llevar dos semanas sin vernos.

Se corre enseguida y yo, idiota de mí, me quedo con la mirada perdida en una estúpida mancha del techo, pensando todavía en el puto trozo de carne que se ha quedado abandonado en la encimera de la cocina y que he comprado con una ilusión de la que ya no queda nada.

—¿No te ha gustado? —me pregunta mientras se aparta, se levanta y se me queda mirando con el ceño fruncido, extrañado.

Podría decirle tantas cosas…

Quizás que parece que todo esto ha sido un trámite para él, o que yo estaba completamente desconectada. O la verdad más cruda: que apenas me he enterado. Entiendo que hemos estado dos semanas sin tocarnos, pero mi molestia no va por ahí.

Más que frustrada, me siento profundamente decepcionada y desilusionada.

Tenía otra película en la cabeza: pasar la tarde en su cocina, improvisando la cena entre besos lentos y palabras sucias mientras le daba a probar un trozo de queso frito o un bocado picante directamente de la yema de mis dedos, sintiendo cómo me los chupaba despacio, mirándome a los ojos.

Había imaginado un primer asalto contra la misma encimera, o sus manos desnudándome allí mismo mientras se arrodillaba en el suelo, devorándome a besos como preludio de lo que luego haríamos en la cama.

Todo eso era lo que me había hecho cruzar la ciudad con el cuerpo latiendo, y no un polvo rápido que ni siquiera me ha dejado a medias.

Yo ni siquiera había empezado todavía.

Toda mi fantasía y mis expectativas se han desvanecido, desintegradas en unos segundos. Quizás tengo que empezar a ser más realista.

—Claro que me ha gustado —le miento—. Eres maravilloso.

—Tú sí que eres maravillosa, y preciosa —añade dejándome un beso rápido en los labios.

Se levanta y empieza a vestirse mientras yo me acomodo en la cama, enredándome entre las sábanas de manera perezosa, intentando estirar el momento.

—Oye... —digo, dejándolo caer con total normalidad—. ¿Te importa si esta noche me quedo a dormir?

Robert se queda inmóvil con la camisa en la mano y se gira hacia mí. Me mira con el ceño fruncido, como si le acabara de proponer una locura. Lo que para cualquier pareja sería lo más normal del mundo tras dos semanas sin verse, para él parece un disparate intolerable.

—¿Quedarte aquí? Sofía, sabes perfectamente que no puede ser.

Tengo un montón de trabajo pendiente, el artículo para la revista internacional entra en fase de revisión esta misma semana y necesito concentración absoluta en casa —dice, adoptando ese tono de profesor frío que usa para sus estudiantes—.

Todavía tengo que terminar varias cosas antes de mañana.

Además, tú tienes clase temprano. Es mejor que te vayas, ¿no crees?

Me quedo cortada y, al mismo tiempo, siento que acabo de sufrir un rechazo en toda regla. La vergüenza me quema en las mejillas y noto cómo se me humedecen los ojos. Él debe de notarlo, porque cambia el tono de nuevo.

—Entiéndelo, por favor. Me ha encantado verte y eres… De verdad que no sé ni por qué estás conmigo, pero tengo muchas cosas que hacer —me dice, acariciándome el pelo de manera condescendiente—. ¿Lo entiendes, verdad?

—Claro, no importa —respondo dándole la espalda y vistiéndome a toda prisa para disimular mi orgullo herido—. Tienes razón, siempre estás muy ocupado. Y además mañana tenemos clase.

—Sí, emmm... Entonces, ¿nos vemos mañana en el campus?

—Claro.

Diez minutos más tarde, estoy caminando sola por la acera mientras busco en la aplicación del móvil un Uber que me lleve a la residencia.

Y es patético, profundamente patético, porque cuando miro la hora en la pantalla me doy cuenta de que apenas hemos pasado una hora juntos después de dos semanas sin vernos.