Vas a experimentar (Chicos de Uniforme 8)
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PRÓLOGO
El move-in day en UCLA es un hervidero de universitarios nerviosos, emocionados y, sobre todo, perdidos.
La forma de llegar ya delata a cada uno.
Están los de primer año, que vienen flanqueados por media familia, con la madre cargada de botes de detergente y el padre supervisando cada caja, mirando el recinto y hasta las papeleras con los ojos como platos.
Otros, en cambio, se han bajado solos de un Uber tirando de las maletas y cara de no saber ni por dónde se entra.
Y, por supuesto, están los veteranos: esos van directos a sus habitaciones, cargados como mulas, ayudándose unos a otros y saludando a gritos a los amigos que llevan dos meses sin ver en persona.
La Universidad de California mezcla a chicos y chicas procedentes de todos los rincones del país y del extranjero, y basta con fijarse un segundo en el equipaje o en la ropa para saber de dónde vienen.
Los de la costa este, cargados con abrigos de marca que sobran por completo bajo el sol de Los Ángeles, se mueven con prisa, arrastrando maletas rígidas de diseño y esquivando a los demás con cara de pocos amigos.
Los del sur del país bajan de los coches con camisas de lino arrugadas, vaqueros desgastados y una calma pasmosa que contrasta con el caos del campus.
En cambio, los del norte se distinguen por las sudaderas gruesas de algodón y las botas de montaña pensadas para la lluvia que aquí no van a pisar en meses.
Y luego están los estudiantes internacionales. Esos arrastran baúles descomunales con etiquetas de aerolíneas extranjeras y miran alrededor con esa mezcla de vértigo y exceso de equipaje de quien ha cruzado medio planeta para empezar de cero.
Josh apaga el motor en el carril de descarga temporal, justo frente al acceso principal de la residencia.
A su alrededor, una fila interminable de todoterrenos colapsa el paso mientras los cláxones suenan de fondo en un bucle desesperante.
Ayuda a su hija Sofía a cargar con las maletas hasta el interior, pero el trayecto transcurre en un silencio tenso.
Josh lleva los últimos dos días mordiéndose la lengua, aguantando las ganas de explotar.
Y no es para menos. Sofía acaba de pasar las dos últimas semanas del verano en São Paulo con su madre; la alegría de volver a tenerla en Los Ángeles le duró exactamente lo que tardó ella en soltarle la bomba: pretende llevar a su novio a la boda.
El verdadero problema radica en el novio en cuestión: su profesor, de cuarenta y cuatro años; nada menos que veinticinco mayor que ella.
—¿Lo tienes todo? —pregunta Josh sin relajar el gesto—. Si necesitas algo, solo pídemelo. Alice o yo te lo traeremos enseguida.
—No te preocupes, papá —contesta ella—. Puedo ir a tu casa en un Uber y cogerlo. No quiero molestaros más, ya tenéis bastante con los preparativos de la boda.
A Josh se le contrae visiblemente la cara al escuchar la palabra boda, y no es por el enlace en sí.
Desde que le pidió matrimonio a Alice, desea formalizar la unión.
Tiene pensado un evento íntimo y romántico en los jardines de The Ebell of Los Angeles, pero se ahoga al pensar en las intenciones de su hija de presentarse allí con ese tipo del que no sabía nada hasta hace cuarenta y ocho horas.
Josh carga con las maletas hasta la puerta misma de la residencia. Los nuevos deambulan por los pasillos buscando sus habitaciones entre abrazos y saludos cruzados. Él deja caer las bolsas al suelo y se endereza, secándose el sudor de la frente antes de mirar a su hija.
—Papá, ya está. Gracias por subirlo todo.
Sofía abraza a su padre y esconde la cara en su hombro.
—Lleva cuidado, ¿vale? —murmura Josh, dejando escapar un suspiro mientras le aprieta la espalda con suavidad antes de apartarse—. Llámame si necesitas cualquier tontería. O si simplemente quieres hablar.
En cuanto se separa, Sofía entra en la habitación cargada con las últimas cosas y deja escapar un largo suspiro, sintiendo cómo desaparece por fin toda la tensión.
Dos horas después, cuando ya ha colocado hasta el último cajón del armario, suena el teléfono.
—¡Amber! —exclama emocionada—. ¿Has llegado ya?
—Estoy en la puerta de la residencia, ¿me ayudas? —se oye al otro lado—. El taxista ha tirado las maletas en la acera y se ha pirado, el muy...
—Bajo ahora mismo, no te muevas.
Los gritos y los saltos al verse podrían desentonar en cualquier otro sitio, pero hoy encajan con el ritmo de un campus entero reencontrándose después de las vacaciones de verano.
La familia de Amber vive en Montreal, a más de cuatro mil kilómetros de Los Ángeles, y ambas llevan separadas desde que terminaron el primer curso.
Las videollamadas han aliviado un poco la distancia, pero ninguna pantalla sabe devolver el calor de un abrazo real; durante todo este tiempo, las dos se han echado de menos con una urgencia que ningún píxel ni ninguna diferencia horaria han conseguido calmar.
Subir el equipaje a pulso sería una pesadilla si no fuera porque los pasillos rebosan de compañeros dispuestos a cargar con lo que sea para llamar la atención. En menos de quince minutos está todo dentro y las puertas cerradas.
—Mi hermano Paul ha estado insoportable.
Vivir con un adolescente después de un año entero sin verlo es una tortura —empieza Amber mientras abre el neceser sobre la cama—.
Tenía unas ganas locas de volver al sol de California.
En cuanto me gradúe, no piso Montreal más que en Navidad.
¿Y tú? Cuéntamelo todo. Empieza por lo más jugoso: Robert.
A Sofía se le ensancha la sonrisa de inmediato en cuanto escucha su nombre.
Robert Mitchell es el investigador principal del laboratorio de inmunoterapia traslacional, además de profesor de Sofía.
El curso pasado solo era esa figura inaccesible del departamento de Biología Molecular a la que todos los alumnos observaban desde los asientos de atrás con mezcla de respeto y envidia.
Sus estudios sobre los mecanismos que limitan la actividad de los linfocitos T en tumores sólidos son un referente en UCLA y en el resto del país.
Entrar en su órbita y aprender de él era la meta que Sofía perseguía desde que cruzó las puertas de la universidad.
Ahora, además, comparte su cama, y eso la hace jugar en otra liga.
—Es maravilloso, Amber. En cuanto terminaron las clases y el campus se quedó vacío de universitarios, empezamos a vernos. Yo iba a su apartamento, me hablaba de sus investigaciones y... bueno, ya sabes.
—Sí, no hace falta que entres en detalles —la interrumpe Amber haciendo un gesto con la mano—.
O bueno, ¿qué coño estoy diciendo? Claro que quiero detalles.
En serio, ese profesor tuyo no es mi tipo ni de broma, pero algo debe tener para que estés así, con esa cara de idiota y perdiendo el culo por él.
Amber abre los ojos todo lo que puede y se lleva la mano a la boca en un gesto obsceno, moviendo la lengua de forma exagerada para simular una felación descarada, hasta que Sofía se la aparta de un manotazo en silencio, con la cara roja, como si alguien pudiera verlas a pesar de estar a solas en la habitación.
—Eres imbécil, tía —le reprende—. No seas ridícula. No tiene nada que ver con eso.
—Entonces, ¿la tiene pequeña? —vuelve a preguntarle, uniendo el pulgar y el índice casi hasta rozarse, dejando una distancia ridículamente minúscula en el aire—. Porque eso es casi peor.
Sofía cierra los ojos, pero ignora los comentarios de su amiga.
—Robert es diferente. Es un hombre hecho y derecho, no un niñato de esos que inundan el campus con las hormonas revueltas.
—Sofía, está claro que ese profesor tuyo es un hombre. ¿Cuántos tiene? ¿Cincuenta?
—¡No! Solo cuarenta y cuatro —protesta Sofía antes de corregirse—, aunque la edad es lo de menos. Lo importante es que Robert es...
—Un hombre, sí, eso ya ha quedado claro. Lo que quiero saber es cómo se porta en la cama.
—No pienso contarte nada de eso, así que no vuelvas a preguntar.
—¿En serio? —insiste Amber mientras cuelga las perchas vacías en el armario con desgana—.
Pues vaya mierda. Te has tirado todo el verano dándome la vara con el puñetero profesor.
Robert por aquí, Robert por allí… y ahora me sales con estas.
Al menos estírate y cuéntame algo guarro, que me lo he ganado.
Sofía suspira con resignación y camina hacia la ventana. Aparta ligeramente el estor para perder la mirada en el bullicio del campus mientras Amber sigue a lo suyo, vaciando cajas y colocando cosas.
—Es que Robert es… —insiste Sofía—. No sé cómo explicarlo. Es un…
—¡Ay, por favor! —la corta Amber con la mano—. Ahórrate lo de que es todo un hombre; eso ya me lo has dicho. Y sí, todo el mundo conoce su currículum en la UCLA, es un investigador excepcional.
Amber cruza los brazos, apoyando la espalda contra el borde del armario mientras la observa fijamente, y vuelve a la carga sin dejarla respirar:
—Y, joder, entiendo que la universidad está para experimentar, y no hablo precisamente de lo que hacéis con las pipetas en el laboratorio.
Entiendo que quieras probar cosas nuevas, y lo de liarte con un tío mayor, un profesor de prestigio con tantos reconocimientos...
Te lo compro. Pero tía, tú tienes diecinueve y él cuarenta y cuatro. Cuando tú tengas cuarenta, él tendrá...
Amber hace cuentas a trompicones, arrugando los ojos mientras niega con la cabeza.
—Estudio cine, no matemáticas —masculla para justificarse—. Cuando dirija mis propias películas tendré a una legión de cerebritos que hagan los cálculos por mí.
—Voy a cumplir veinte, Amber —le recuerda ella—. Y cuando yo tenga cuarenta, él sesenta y cuatro. No es para tanto.
—¿Que no es para tanto? Mi padre tiene cincuenta y cinco y ya le falla la próstata, Sofi. Con sesenta y pico vas a tener que hacer milagros para que se le levante.
—No digas tonterías.
Amber recula al ver que la broma cruza la línea y la expresión de Sofía se apaga de golpe. Los ojos se le humedecen y aparta la vista hacia la ventana con demasiada rapidez.
—Ey, tía, era broma... Lo decía porque no quiero que sufras, solo buscaba protegerte.
Amber da un paso al frente, se le acerca con suavidad y le apoya una mano en el hombro, buscando disculparse.
—Pues demuéstralo apoyándome un poco. Lo he pasado fatal con mi padre estos dos días. Cuando le solté que quería llevar a Robert a su boda y le expliqué quién era... digamos que no le sentó nada bien.
—Mujer, lo entiendo. Tienes que ponerte en su lugar —dice con cuidado de no volver a traspasar la línea—. Tampoco creo que a mi padre le hiciera gracia enterarse de que me he liado con un profesor veinticinco años mayor que yo.
—Él no era mi profesor el curso pasado, aunque este sí me dará clase. Y no sé cómo narices voy a gestionarlo.
Amber abre los ojos de par en par, asimilando la bomba antes de atreverse a confirmarlo:
—¿Te va a dar clase?
—Bueno, alguna. Ya sabes cómo funciona esto. Las clases masivas las dan los ayudantes, pero hay unas prácticas de laboratorio muy concretas a las que quiero entrar. Solo aceptan a media docena de alumnos. Y si entro, te aseguro que mantener las distancias va a ser lo más jodido de todo el curso.