Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 58 #2
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—El otro día, en el rancho de tu amiga, me quedé observando a Jackson. Él es ambicioso, igual que yo, pero me di cuenta de algo. Su sueño, todo lo que ha construido, no sería ni la mitad de lo que es si no tuviera a Sheryl al lado.

No respondo. Sus palabras han aterrizado en mí con una fuerza que me deja sin aliento. Sin decir nada, me abalanzo sobre él y le agarro la cara con firmeza. Mis manos, todavía chorreando agua de la laguna, se le enredan en el pelo, reclamando toda su atención, toda su verdad.

Rodrigo no sabe a sal como cuando estamos a bordo del Meridian, ni a sol, aventura y libertad como aquella noche que acampamos bajo el cielo infinito del Hill Country, con el eco de los grillos como única compañía y un millón de estrellas sobre nosotros.

Aquí, sobre esta plataforma flotante, en medio de la laguna de los siete colores, Rodrigo sabe distinto: sabe a calma, a posibilidad y, por primera vez, a futuro.

Hace solo unos meses, mi contrato en el crucero era solo una forma de escapar, una aventura temporal para no tener que volver a casa de mis padres. Ahora, al mirarlo a los ojos, me doy cuenta de que no concibo otra forma de vida que no sea a su lado. El camino ha cambiado, y yo con él.

—El barco… —le digo, apartándome apenas unos centímetros de sus labios, intentando recuperar el aliento—. No se moverá, ¿verdad?

—No, Lauren —me responde con una de esas sonrisas que tanto me gustan—. El motor está apagado.

—Y aquí… —añado, echando un vistazo a nuestro alrededor, a la inmensidad turquesa—. Aquí no viene mucha gente, ¿correcto?

—Bueno, no lo sé con certeza, pero… —empieza a decir, aunque se queda a medias al ver el cambio en mi expresión.

—Perfecto —le interrumpo con decisión—. A mí me basta. Porque ahora mismo me has puesto tan cachonda que no nos vamos a ir de aquí sin ver los siete colores. Y, créeme, no me refiero precisamente a los de la laguna.

Hacer el amor sobre un pontón es una auténtica operación de ingeniería, pero ambos estamos acostumbrados a improvisar en espacios reducidos.

Lo hemos hecho mil veces en mi camarote, en rincones ocultos y sobre superficies imposibles; es lo que tiene vivir siempre a bordo.

Sin embargo, esto es distinto. En tierra firme, bajo el cielo estrellado de Texas, el mundo parecía estar fuera de control.

Aquí, con el sol calentando el agua dulce y la privacidad del toldo, todo me parece intensamente real.

Hago que Rodrigo se siente en uno de los sofás y me coloco encima, con las piernas rodeando sus muslos.

Aunque el toldo nos da una sombra privada, no podemos engañarnos: estoy a punto de follarme al capitán de este barco a plena luz del día y al aire libre.

Hay algo entre obsceno y salvaje en el riesgo de que otra embarcación pase cerca y nos pille.

Sinceramente, me importa muy poco.

Puede que yo no sea tan elocuente como él, pero mis actos van a hablar por mí. Quiero que sienta que mi entrega es tan sincera como su confesión.

—Lauren —dice, soltando un suspiro profundo cuando mis labios descienden por su cuello—. Si seguimos así…

—¿Quieres que pare? —pregunto, aunque es una pregunta puramente formal.

Mientras espero su respuesta, deslizo las manos hasta su pantalón corto, desabrocho el botón y lo acaricio sin dejar de besarle. Sigo llevando el bikini; no tengo la más mínima intención de parar, pero tampoco necesito desnudarme por completo. Me basta con apartar la tela y sentirlo.

—Joder, Lauren.

—¿Sí? —insisto, provocándolo con mis caricias—. ¿Eso quiere decir que quieres que siga o que pare?

—No pares. Por favor, no pares.

Afortunadamente, el lugar sigue desierto.

En cuanto obtengo su consentimiento, me muevo con la confianza de quien conoce cada rincón de su cuerpo.

Empiezo a montarlo, marcando el ritmo, dejando que el sol, la humedad del ambiente y sus manos apretando mis caderas conviertan este momento en algo que va mucho más allá de lo físico.

Es nuestra forma de sellar el pacto; un lenguaje que no necesita traducciones, donde cada roce es una confirmación.

Cuando finalmente nos relajamos y el pulso se estabiliza, nos quedamos allí, en silencio, mientras el suave balanceo del pontón nos devuelve al presente. Rodrigo sigue teniéndome cerca, con los brazos rodeándome.

—Entonces… —pregunto, rompiendo el silencio mientras apoyo la cabeza en su pecho para escuchar cómo recupera el aliento—. Cuando decías que necesitabas encontrar a la persona adecuada, ¿te referías a mí?

Él solo sonríe, un gesto lento y cómplice que se le dibuja en la cara mientras recupera la respiración.

—¿Tú qué crees? —me devuelve la pregunta, desafiándome con la mirada.

Me lo pienso unos segundos. Me separo de él lo justo para que comprenda que hablo en serio.

—Pues lo que yo creo es que la has encontrado, Rodrigo —digo, sin dejar espacio a ninguna duda—. Y si me dejas, querré estar a tu lado y hacer que nunca sientas que en tu camino te encuentras solo.

Él no dice nada. Me aprieta contra sí, devolviéndome el abrazo con la misma determinación con la que me ha mirado.

Me acomodo contra su pecho, sintiendo cómo se calma su pulso.

Miramos el agua, inmensa y quieta frente a nosotros.

En Bacalar no hace falta ir a ninguna parte, y por primera vez, me siento exactamente donde tengo que estar.