Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 58
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Lauren

Bacalar

El sol se filtra con fuerza por las rendijas de las persianas de Casa Cactus, dibujando líneas calientes sobre la piel.

Este alojamiento es un refugio de esos que no necesitan etiquetas: estructuras de madera vista que huelen a selva y una arquitectura abierta, pensada para que la naturaleza no se quede fuera, sino que lo inunde todo.

Me encanta.

Ni siquiera sé qué hora es, aunque por la intensidad de la luz y el ángulo de los rayos, debe ser ya bastante entrada la mañana.

No hay manera de confirmarlo; este santuario privado no tiene ni un solo reloj a la vista y mi móvil…

Joder, no tengo ni idea de dónde puede estar, y sinceramente, tengo cero ganas de levantarme a buscarlo.

La cama está vacía. Al menos el lado donde debería estar Rodrigo.

Tanteo las sábanas y están frías, así que deduzco que hace tiempo que se ha levantado.

Ruedo hasta su hueco, sin prisa, y me quedo ahí unos segundos, aspirando el rastro que ha dejado en la almohada: una mezcla de su perfume y ese olor a piel que se me ha quedado grabado.

Lo de anoche fue…

Bueno, espero que haya sido solo el preámbulo de lo que hemos venido a hacer aquí.

Como él mismo me explicó la primera vez que estuvimos juntos, hace ya siete meses, Bacalar es un lugar donde no se espera que cumplas con ninguna agenda; el único plan es estar.

Y es exactamente lo que deseo ahora mismo: estar con él, haciendo justo lo que hicimos anoche.

Me incorporo sobre los codos y mis ojos se detienen en la mesilla.

Junto a un vaso con agua hay una flor solitaria.

Es extraña, de un blanco tan impecable que parece de plástico, con los pétalos gruesos y un centro amarillo que destaca un montón.

No tengo ni idea de qué tipo de flor es, pero huele increíblemente bien; es un aroma dulce y denso que llena la habitación y me recuerda que estamos en medio de la nada.

Al lado, una nota.

He salido un momento, no quería despertarte. Vuelvo enseguida. Te quiero. R.

La releo un par de veces sin poder evitar que una sonrisa estúpida me transforme la cara. Me detengo especialmente en esas últimas palabras. Verlas escritas ahí, junto a esa flor que huele a perfume caro y a verano, es genial, pero lo mejor es que las escucho de nuevo.

Las oigo con la misma nitidez que anoche, cuando Rodrigo estaba encima de mí, con el peso de su cuerpo hundiéndome contra el colchón y sus labios rozándome el oído. Me las susurraba justo cuando me llevaba al límite, mientras me follaba como si fuera nuestra primera vez.

Hacer el amor aquí no tiene nada que ver con lo de antes.

La humedad del ambiente se nos pega a la piel, volviéndolo todo un desastre de sudor que hace que nuestros cuerpos se peguen y resbalen.

Esa sensación de sexo sin prisas, de que podemos repetir hasta el agotamiento, es algo nuevo en nuestra relación.

Hacerlo aquí, rodeados solo por la selva y la madera de esta cabaña, tiene un plus que le falta a la rutina de fuera.

No hay barcos, no hay contratos, no hay límites. Solo somos nosotros dos, perdiendo el tiempo de la mejor manera posible.

Después de estar con Sheryl y Jackson en su rancho, fuimos a conocer a la madre de Rodrigo.

Es una mujer que impone y Esther, su hermana, parece cortada por el mismo patrón.

Después de interactuar con ellas, entiendo de dónde ha salido Rodrigo; verlos juntos, con esa energía tan auténtica, me hizo entender muchas cosas.

El marido de Esther también fue un tipo majo, pero la verdadera debilidad de esa familia es la pequeña Clara. Me ganó en cuanto la vi; no pude evitarlo.

De pronto, escucho la puerta de la cabaña. Me enrollo en la sábana y me hago la dormida. Siento el peso de sus pasos acercándose por la madera y, antes de que pueda hacer nada, el olor de su aftershave me llega de lleno, mezclado con ese toque de aire libre que trae de fuera.

Se detiene justo al lado de la cama.

Abro un ojo y lo veo ahí, plantado delante de mí con una bandeja y, por un momento, pienso que ha atracado el bufé.

—Sabía que te estabas haciendo la dormida —dice con una sonrisa divertida—. Buenos días, preciosa.

—¿Por qué no dejas eso y vuelves a la cama? —intento poner mi voz más sugerente, pero Rodrigo me ignora mientras coge un trozo de fruta del cuenco.

—Si no como algo, no creo que pueda aguantar el ritmo. Así que… ¿qué te parece si desayunamos primero y luego vemos qué pasa?

Me echo a reír, tapándome la cara con la sábana porque mis tripas gruñen lo suficientemente fuerte como para que todo el hotel se entere de que no hemos probado bocado desde ayer.

Me descubro un segundo después, con el pelo revuelto, y lo observo colocar la bandeja sobre la cama.

—Gracias por esto —digo, señalando la flor y la nota—. Me ha encantado.

—¿La flor de mayo? —empieza a decir él—. Es una flor autóctona de…

—Sí, cariño —le interrumpo con un beso rápido—. Ahora vamos a ver qué has traído.

La bandeja es un espectáculo. Hay café recién hecho, cargado y caliente, fruta tropical cortada y unos bollos que huelen a mantequilla y azúcar tostada. Se me hace la boca agua solo de ver cómo ha montado todo eso ahí.

Desayunamos sin ninguna prisa, a medio camino entre la bandeja y las sábanas, intercambiando bocados y risas mientras el sol empieza a calentar la madera de la cabaña.

El ambiente es tan cómodo que me cuesta imaginarme saliendo de aquí, pero cuando terminamos, Rodrigo retira los platos con una decisión que me sorprende.

—Será mejor que nos vistamos —dice con una sonrisa que me advierte de que no acepta un «no» por respuesta—. Nos vamos de excursión.

—¿Qué? —protesto, negándome a soltarlo y apretándome contra él—. Me dijiste que a Bacalar se venía solo a estar.

—Sí, Lauren, pero no podemos quedarnos encerrados todo el día, ¿verdad? Además, te va a encantar.

Caminamos por el sendero hasta que los árboles se abren y, amarrada al embarcadero, nos espera la lancha. No es un bote normal; es una plataforma enorme, plana y abierta, más parecida a una terraza sobre el agua que a un barco.

—¿Vamos a subir a eso? —pregunto, mirándolo de reojo—. No te cansas de navegar ni en vacaciones, ¿eh?

Me da la mano para ayudarme a subir a esta especie de balsa. Como si me leyera el pensamiento, empieza a explicarme mientras pisa la madera:

—Es un pontón, Lauren. Básicamente, es una plataforma sobre cilindros flotantes diseñada para estar a gusto. No es para ir rápido, es para vivir el agua como si tuvieras un salón a la deriva.

—Es una embarcación curiosa —admito.

En cuanto subo, me doy cuenta de que alquilarla ha tenido que costar una fortuna.

El pontón tiene de todo: sofás acolchados, una nevera bien cargada y un toldo que nos da una sombra privada y perfecta.

Rodrigo arranca el motor, que suena apenas como un ronroneo bajo nuestros pies, y empezamos a deslizarnos por el agua.

Ver a Rodrigo llevar esta embarcación es mucho mejor que verlo conducir un coche.

Lleva unos pantalones cortos y una camisa de lino blanca abierta que le baila con la brisa.

En cuanto llegamos al centro, el sol ya aprieta, así que me quito el vestido y me quedo en bikini.

Él me sonríe y me hace un gesto para que me acerque.

—Ven, vas a ser tú la capitana.

Me río, pero le hago caso. Agarro los mandos mientras él se coloca justo detrás de mí, guiándome con las manos sobre las mías. Entre tanto, me deja besos dulces en los hombros, y toda la tensión que traía desde la cabaña se desvanece por completo.

Rodrigo nos lleva a un punto donde la laguna no parece real. Podrías esperar que un lugar así estuviera masificado, pero me ha traído a un rincón desierto, solo para nosotros. Apaga el motor y el silencio nos rodea mientras miramos el fondo, tan claro que parece cristal.

—Hay muchas leyendas en torno a este lugar, ¿sabes? —empieza él, bajando la voz—. Esto fue tierra de piratas.

—¿Aquí, en medio de la nada?

—Aquí mismo. Durante los siglos XVII y XVIII, ingleses, franceses y holandeses acechaban el Caribe por un tesoro: el palo de tinte, una madera que usaban en Europa para teñir ropa.

Pero a mí me gusta la historia de un capitán en concreto.

Se cuenta que uno de ellos, después de acumular una fortuna brutal, se enamoró de una joven local y dejó atrás su vida de saqueos para empezar de cero con ella.

Lo escucho, fascinada por cómo narra la historia mientras el agua nos mece.

—¿Y qué pasó con el tesoro? —pregunto.

—Al final de su vida, quiso dejarle todo a su familia para que heredaran su legado, pero se llevó una sorpresa: sus hijos tenían un corazón tan bueno que rechazaron aquella riqueza al saber cómo la había conseguido. Le dieron una lección moral sobre lo que realmente tiene valor.

Me quedo en silencio, dejando que el agua cristalina bajo el pontón absorba mi atención. Me apoyo en la barandilla metálica, estirando el brazo hacia fuera hasta que mis dedos apenas rozan la superficie fresca de la laguna.

—A mí me parece increíble —digo al fin, sin apartar la vista del agua—. Que un tipo que solo sabía saquear y destruir se diera cuenta de que había algo mejor por lo que luchar… Tiene que ser una sensación brutal darse cuenta de eso.

Rodrigo, que se había quedado a los mandos al apagar el motor, se acerca a mi lado. Se apoya en la barandilla, invadiendo mi espacio personal, y roza su mano con la mía en el agua.

—Lo es —dice él en mi oído—. Pero supongo que, a veces, necesitas encontrar a la persona adecuada para entender que has estado persiguiendo las cosas equivocadas.

No me deja contestarle, sella esa última confesión con un beso.

—Siempre he sido un tipo ambicioso, Lauren —continúa—. Eso no ha cambiado. Pero últimamente, tengo la sensación de que he estado compitiendo en una carrera contra mí mismo.

El silencio de la laguna es total, roto solo por el suave chapoteo contra el casco.