Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 57
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Rodrigo

Se podría decir que, a medida que nos acercamos a Stephenville, nos adentramos en la Texas profunda.

Las carreteras son interminables, como una línea recta que no tiene fin.

Para alguien como yo, acostumbrado a los cielos abiertos de Albuquerque o a ver el mar desde el puente de mando, este paisaje de llanuras y cercas de madera tiene algo que me hace sentir pequeño.

Es una tierra inmensa, antigua. Sin embargo, reconozco que ver las estrellas desde este lugar, en vez de sobre el agua, tiene un encanto especial.

Aunque no voy a engañarme: el verdadero encanto es que Lauren esté aquí conmigo. Todo a su lado cobra un sabor distinto; ella tiene esa capacidad de convertir cualquier lugar o momento en algo único.

El rancho de su amiga parece sacado de una película de cowboys , con sus silos metálicos brillando bajo el sol y ese olor a heno y cuero impregnando el aire.

Pero, en cuanto detengo el motor, la atmósfera cambia de golpe.

De la quietud del rancho pasamos a un caos vibrante, más propio de una película de universitarios o, siendo honestos, de instituto, cuando la puerta principal se abre de repente.

Lauren baja del coche antes incluso de que yo lo detenga del todo. Al otro lado, una chica vestida como una auténtica vaquera —botas y un sombrero de color chocolate—, corre hacia nosotros con los brazos en alto, chillando a un volumen que me resulta casi alarmante.

Ambas se funden en uno de esos abrazos interminables; parece que tienen una coreografía estudiada al detalle, tan ensayada que ni los meses de distancia han logrado borrarla de su memoria.

Dan saltitos mientras hablan a una velocidad frenética, convirtiendo sus palabras en una retahíla ininteligible que parece reservada solo para ellas.

Decido darles su espacio. A los pocos segundos, un vaquero se me acerca, me ofrece la mano y se presenta.

—Jackson Evans —dice con una voz firme y segura—. Soy el novio de Sheryl, y tú imagino que debes ser el marinero de Lauren.

—Rodrigo Alana; encantado, Jackson —le contesto, señalando con la barbilla a las dos amigas—. Esto… ¿durará mucho?

—No tengo ni idea. Pero Sheryl lleva días sin hablar de otra cosa: de Lauren y de su novio capitán de barco.

—En teoría todavía soy primer oficial —corrijo con una sonrisa leve—, pero estoy en ello.

Tras varios minutos de besos, abrazos y saltos, Jackson y yo seguimos allí, convertidos en meros espectadores. Ellas parecen recordar por fin que no están solas. Nos miran, se ríen sin soltarse las manos y deciden hacer las presentaciones.

Lauren se lanza a abrazar al vaquero. Yo me acerco a Sheryl para ofrecerle la mano con educación, pero ella ignora cualquier protocolo y me recibe con un abrazo firme y acogedor.

El rancho es impresionante. Me sorprende lo joven que parece Jackson, aunque Lauren ya me había puesto al corriente.

Es una propiedad enorme, cientos de hectáreas de pasto donde se alternan los corrales con el ganado pastando en libertad.

Los colores de esta tierra, ocres y tostados bajo el sol, son radicalmente distintos a la paleta de azules a la que estoy acostumbrado.

Durante el almuerzo, Jackson y yo hablamos de todo un poco.

Le explico cómo es mi vida en el crucero y lo que supone pasar meses sin pisar tierra firme.

Es un chico joven, sí, pero tiene las ideas increíblemente claras.

Sabe lo que quiere para su futuro y me lo deja claro sin lugar a dudas: su vida entera tiene un único centro y su horizonte es Sheryl.

Nuestros mundos son tan distintos que no habría ocasión alguna en la que pudiéramos coincidir, de no ser por ellas. Él pertenece a esta tierra; yo, en cambio, no podría vivir lejos del mar.

—¿Y cómo está Trigger? —Lauren se inclina hacia delante, sacando por fin la cabeza de esa burbuja en la que han estado sumergidas desde que llegamos.

Hasta ese instante, apenas nos habían dirigido la palabra, pero basta mencionar al caballo para que el ambiente cambie por completo.

Me explican que Trigger fue un campeón de rodeo, uno de esos ejemplares de raza cuarto de milla de pura competición, hasta que una lesión grave lo apartó de las pistas el año pasado.

—Pues verás —Jackson esboza una sonrisa orgullosa mientras se relaja en la silla—.

Ahora se dedica a lo que le gusta. El muy cabrón se pasa el día paseando, pastando y ejerciendo de semental.

Y le va de maravilla: nos ha dado seis potrillos que apuntan maneras de campeones.

Así que sí, diría que se ha ganado una vida bastante buena.

—Y eso hace que a nosotros nos vaya muy bien —añade Sheryl, entrelazando sus dedos con los de él—. Mi trabajo en la clínica me deja tiempo suficiente para echarle un cable a Jackson en el rancho. Estamos construyendo algo importante, ¿sabéis?

Miro de reojo a Lauren. Su felicidad al verlos es contagiosa y siento cómo se me ablanda el corazón. También me sorprende la forma en que hablan de Trigger; lo hacen como si fuera alguien más de la familia, no solo un animal.

Como si me leyera el pensamiento, Lauren me susurra:

—No es solo un caballo, Rodrigo. Es parte de todo esto.

—Trigger es familia —añade Sheryl, que ha escuchado el comentario—. No hay más.

No sé si nuestra forma de vida podría ajustarse a un solo lugar, pero, en cierta manera, quiero pensar que Lauren y yo también estamos construyendo nuestro propio futuro.

—Entonces, contadnos —Sheryl deja la copa sobre la mesa y cambia radicalmente de tema—. ¿Qué planes tenéis ahora?

—Vamos a aceptar los billetes de avión que nos han ofrecido los amigos de tu hermana —explica Lauren—. Han insistido tanto que no hemos podido negarnos. Mira que la experiencia en el crucero no salió bien, pero…

—Eso no fue culpa vuestra, esas cosas pasan —le resta importancia Sheryl—. Además, siendo los dos pilotos, les sobrarán los billetes de cortesía. A ellos no les cuesta nada y es un detalle. ¿Qué destino habéis elegido?

—Lo ha elegido una aplicación —digo, apurando mi cerveza—. Para Lauren, ese programa es casi una religión.

—Gracias a esa aplicación estoy yo aquí ahora mismo —dice Sheryl, alzando su copa—. Así que brindo por eso.

—Tiene razón, colega —añade Jackson—. Hasta yo la usé para ayudar a Sheryl a decidirse y que terminara viniendo aquí, al rancho.

—No estaréis hablando en serio…

—Créetelo —reafirma el vaquero, chocando su botella contra la mía—. Nunca subestimes el poder de un algoritmo.

—¿Lo ves, cariño? Ya he conseguido hacer adeptos a la aplicación —me dice Lauren antes de girarse a su amiga con una sonrisa de triunfo—. La cuestión es que hemos decidido volar a Cancún desde Albuquerque, alquilar un coche y recorrer México hasta un lugar mágico: Bacalar.

—Suena de maravilla. ¿Cuándo salís? —Sheryl se inclina con interés—. Os da tiempo a pasar unos días aquí, ¿verdad?

—Sin problema —responde Lauren con una sonrisa—. Podemos quedarnos un par de días y luego iremos a visitar a la familia de Rodrigo en Albuquerque. Me muero por conocer a su sobrina. Es apenas un bebé de un año.

Hay algo curioso en cómo cambian las mujeres cuando el tema deriva hacia los bebés.

De repente, ambas están absortas en el móvil de Lauren, deslizando fotos de mi sobrina como si fueran un tesoro.

Yo apenas he abierto esas imágenes más de un par de veces, pero Lauren… Ella parece cautivada por la niña.

Es increíble.

Ni la conoce, ni le corre la misma sangre, pero ahí está: totalmente fascinada. Me quedo mirando ese brillo en sus ojos y me doy cuenta de que se le ha despertado algo, un instinto que hace poco simplemente no existía.

Jackson y yo las observamos en silencio mientras ellas siguen a lo suyo, ignorando al resto del mundo. Sin necesidad de palabras, ambos entendemos que es el momento de retirarnos a un segundo plano.

—¿Te enseño el rancho? —propone él.

No hace falta decir más. Salimos fuera, dejándolas allí, inmersas en sus planes y en esa conversación sobre niños que, por ahora, nos viene grande.

—Lauren es la mejor amiga de Sheryl. Ella y Anne forman una especie de trinidad complicada; están muy unidas, casi como hermanas —me explica Jackson mientras caminamos hacia las cuadras.

Me muestra sus caballos con una mezcla de orgullo y rutina, pero intuyo que está dando rodeos.

—Sheryl es mi vida —continúa tras una pausa—. Y no sé si lo sabes, pero no tengo a nadie más. Solo a mi hermano Ray y a ella.

—Algo me había comentado Lauren. Siendo así, lo que has levantado aquí tiene mucho más mérito.

—Gracias. Pero, en realidad, quiero decirte otra cosa.

Me tenso al instante. Apenas hemos cruzado un par de palabras, pero ya me sé el guion. Espero la típica advertencia de: «si le haces daño a esa chica, no me quedará más remedio que echarte el lazo y atarte de pies y manos».

—Tú dirás.

—Sé que pasáis muchos meses en el barco, encadenando contratos, pero… —Duda, y sus manos se inquietan sobre la hebilla de su cinturón—. En fin, lo que quiero decirte es que voy a pedirle matrimonio a Sheryl. Y ella no querrá dar el paso si no están sus mejores amigas presentes.

Me detengo en seco y lo miro, sorprendido. Una sonrisa se me dibuja sola en la cara y le doy una palmada en el brazo.

—Joder, Jackson, ¡enhorabuena! Eso es un paso importante —digo, recuperando el aliento—. Entonces… Quieres saber cuándo estaremos en tierra para que cuadre todo, ¿verdad?

—Exacto —asiente, mirándome ilusionado—. Esperaré el tiempo que haga falta, pero necesito estar seguro de que podré contar con Lauren y Anne.

—Tranquilo. Estaremos en contacto —le aseguro, cerrando el trato con un apretón firme en su hombro—. En cuanto tenga las fechas, te aviso.

Es curioso. Hace apenas unas horas éramos dos extraños, y ahora acabamos de sellar, sin firmar ningún papel, el futuro de la persona que más le importa en el mundo.

Mientras me giro para observar la inmensidad de su rancho, siento que ese peso, el de su confianza, me resulta extrañamente reconfortante.

Miro de reojo hacia la casa, donde Lauren sigue inmersa en sus planes, y me pregunto si algún día seré yo quien le pida a Jackson que nos devuelva el favor en alta mar.

Quizá no sea hoy, ni mañana, pero al ver a Jackson, me doy cuenta de que, por primera vez, el futuro a bordo se ve mucho más despejado.