Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 56
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Lauren

Cuatro meses después. Vacaciones en tierra

A veces, incluso ahora que estamos en tierra firme, el suelo bajo mis pies sigue balanceándose.

Es el fantasma del Meridian, supongo. Han pasado cuatro meses desde que Rodrigo y yo dejamos atrás aquella guerra fría que manteníamos a bordo para convertirnos, contra todo pronóstico, en pareja oficial.

Una de esas que rara vez sobreviven a la convivencia en alta mar, pero que, en nuestro caso, ha resultado ser una ventaja estratégica.

Ahora trabajamos juntos, vivimos en el mismo barco y compartimos cama casi todas las noches; al menos, aquellas en las que él no tiene guardia en el puente y Florencia afloja un poco su control sobre mis turnos.

La salida de Callie fue rápida, tal y como nos comunicó: cumplió las dos semanas preceptivas de aviso y la naviera trajo a su sustituta sin más preámbulos.

Desde entonces, comparto camarote con una australiana de diecinueve años que vive más pendiente de broncearse en las tumbonas balinesas y de sus planes en cada puerto que de establecer cualquier tipo de vida social a bordo.

Y, siendo sincera, lo agradezco; ese silencio en el camarote ha sido mi mejor aliado mientras Rodrigo y yo nos acostumbrábamos a este nuevo equilibrio.

Lo cierto es que me ha venido muy bien la indiferencia de mi compañera todo este tiempo. Apenas he pisado el camarote los últimos cuatro meses; si mis turnos me lo permitían, pasaba cada noche con Rodrigo, refugiada en su espacio, en su olor y en su calma.

Jamás entró en mis planes enamorarme a bordo, y mucho menos de un oficial.

En mi cabeza, los oficiales eran como los de Titanic o Moby Dick : hombres talludos, con barbas espesas y el pelo blanco como la espuma del mar.

No esperaba encontrarme a un tipo como Rodrigo: atractivo, magnético, con esos brazos que parecen diseñados para sujetar el mundo y un torso musculoso que… Joder, Lauren, céntrate.

Vuelvo a mi historia.

Lo primero que hicimos tras reconciliarnos fue comunicar nuestra relación a Recursos Humanos.

Oficialmente, pasamos a ser pareja a bordo, y resultó la mejor decisión posible.

Al final, jugar con las cartas sobre la mesa tiene sus ventajas; y es precisamente gracias a esa transparencia que ahora tenemos aquí, viviendo esta tregua.

Mi contrato terminó y Rodrigo logró coordinar sus vacaciones para que coincidieran con las mías.

Ahora, mientras contemplo el paisaje de Texas desde la ventanilla del Chevrolet Tahoe que alquilamos, me doy cuenta de que este viaje es mucho más que unas simples vacaciones.

Es la primera vez en siete meses que no tengo que preocuparme por un turno, un pasajero impertinente o el zumbido constante de los motores.

Es, sencillamente, nosotros.

Mirar a Rodrigo conducir es otra de esas experiencias que jamás imaginé.

Sí, es solo un hombre al volante, pero no he visto nada más atractivo en el mundo.

Tiene un brazo apoyado en el marco de la ventanilla, el pelo alborotado por el viento y la camisa abierta lo justo para volverme loca.

No soy de piedra, y aunque hemos compartido mucho tiempo, hacerlo en tierra firme tiene un sabor distinto.

He comprobado que el sexo en un coche puede ser sorprendentemente divertido, y sí, nos estamos divirtiendo una barbaridad.

Tengo el próximo contrato ya atado, pero ese es un problema para otra Lauren. Ahora solo disponemos de dos meses por delante; dos meses sin agenda, sin protocolos y con el permiso absoluto para querernos cuando nos apetezca.

Y hacerlo bajo el cielo de Texas es otro nivel.

Aquí, las estrellas brillan con una intensidad que compite con la de alta mar, pero el escenario es distinto: ya no estamos rodeados por el abismo azul y negro del océano, sino por la inmensidad de esta tierra, donde el horizonte se tiñe de ocres y marrones, y el aire huele a polvo, a libertad y a nuestra propia historia.

Mis padres conocieron a Rodrigo y, honestamente, creo que no terminaron de creerse nuestra relación.

Para empezar, me echaron en cara que, durante estos cuatro meses, no les hubiera contado nada.

¿Cómo iba a hacerlo si ni siquiera me atrevía a pronunciarlo, como si ponerlo en palabras pudiera romper la magia o gafar lo nuestro?

Estos meses, el mundo se redujo a trabajar y a aprovechar cada segundo libre para recuperar el tiempo perdido; el exterior dejó de existir y solo quedaban su camarote, sus labios y él.

Lo demás —incluida la familia— tuvo que esperar.

Eso sí, en cuanto se conocieron, Rodrigo demostró por qué es el novio perfecto. Con esa educación de oficial que le sale por los poros, se ganó a mis padres al instante.

Ahora bien, recuperar la vida en tierra después de siete meses navegando requiere una logística digna de un plan de vuelo. Hay que ver a la familia, ponerse al día con los amigos y, sobre todo, resolver la pregunta del millón: ¿dónde demonios voy a vivir?

Adoro a mis padres, pero volver a mi antigua habitación a estas alturas sería un suicidio emocional.

Mi primera parada fue Anne, una de mis dos mejores amigas, la tercera pata de mi mesa.

La otra está un poco más lejos de Texas City, así que será mi próxima escala.

Con los asuntos familiares y logísticos resueltos, por fin alquilamos este coche y pusimos rumbo a lo que realmente importa: nuestra propia aventura.

—De acuerdo, Rodrigo, tengo la aplicación abierta. Habrá que empezar a tomar decisiones.

Él suelta una carcajada, de esas que todavía logran ponerme la piel de gallina, sin apartar la vista de la carretera. De fondo, empiezan a sonar los primeros acordes de «Choosin' Texas» de Ella Langley, marcando el ritmo perfecto para este viaje.

—¿Ahora? ¿En serio vas a usar eso otra vez?

Lo miro con una sonrisa, sintiendo el impulso de tenerlo todo bajo control, o al menos, de proyectar esa imagen.

—Tengo una aplicación para casi todo, cariño. Ya sabes que cuando improviso, suelo terminar cometiendo estupideces. Es mi seña de identidad y, por tu propio bien, más vale que te vayas acostumbrando.

—No creo que llegue a acostumbrarme nunca a que delegues tus decisiones en un algoritmo —protesta él, aunque el tono divertido me confirma que ya ha bajado la guardia.

—Créeme, lo harás. Además, recuerda que fue esta aplicación la que me ayudó a decidir si merecía la pena volver a intentarlo contigo. Así que, menos quejas y vamos a ver qué dice nuestro destino.

Apoyo el móvil sobre la rodilla y empiezo a teclear con rapidez. Sé perfectamente lo que quiero y, si Rodrigo no me ayuda a decidirme, lo hará una aplicación.

—Nombre del proyecto: «Vacaciones en tierra firme» —murmuro mientras pulso aceptar—.

Primera opción: Europa. Pros: nunca hemos estado, es un lienzo cultural en blanco.

Contras: el calendario de reservas está saturado y, honestamente…

después de siete meses de turnos, ¿de verdad queremos pasar el día recorriendo museos?

—Definitivamente no —Rodrigo niega con la cabeza, pensativo, sin apartar los ojos de la carretera—. Al menos, no para estas primeras vacaciones.

—Interesante —digo en voz baja—. Todavía no hemos empezado con estas y ya estás pensando en las siguientes.

Él lanza una mirada rápida hacia mí, fingiendo una ofensa que no siente, antes de volver al asfalto.

—¡Por supuesto! ¿Es que tú no?

—Primero tenemos que decidir dónde ir ahora y luego ya veremos el resto.

Segunda opción: Tokio o Sao Paulo. —Sigo escribiendo, concentrada en la pantalla—.

Pros: Tokio es un mundo aparte y Sao Paulo me atrae muchísimo.

Contras: el jet lag nos va a destrozar en dos días y apenas tendremos tiempo para aclimatarnos.

Rodrigo solo asiente, en silencio. Mis dedos vuelan sobre la pantalla del móvil mientras escribo la última opción.

—Para terminar: Cancún. Rodrigo, sé que en el trabajo hacemos escala en la Riviera Maya constantemente, pero creo que podríamos explorar otros puntos.

Él, por fin, desvía la vista de la carretera y me mira, entrecerrando los ojos con curiosidad.

—Lauren, hemos pasado siete meses viendo agua desde un puente de mando —señala él, con un deje de incredulidad—. ¿De verdad quieres ir a otro destino de playa?

En lugar de responder con un argumento lógico, decido usar sus propias palabras. Esas que guardé en el lugar donde conservo todo lo que realmente importa.

—Desde que me hablaste de Bacalar, no he parado de pensar en ello. Podemos volar a Cancún y, desde allí, conducir unas cuatro horas hasta llegar. Sinceramente, en estos momentos lo que más me apetece es no hacer nada si estoy contigo.

Rodrigo se queda en silencio. La música de la radio parece quedar en un segundo plano. Me mira un instante, desconcertado y, por primera vez en mucho tiempo, genuinamente sorprendido.

—¿Recuerdas eso? ¿Lo que te conté de ese lugar?

—Recuerdo cada segundo de aquel día, Rodrigo —añado, dejando el móvil sobre la rodilla—.

Recuerdo exactamente lo que sentí mientras te escuchaba.

Ahí, mientras intentaba imaginar ese rincón que tú describías con tanta paz, me enamoré de ti.

Y ahora no quiero «hacer cosas». No quiero itinerarios ni rutas que cumplir.

Solo quiero estar. Y quiero que sea contigo.

La aplicación parpadea en la pantalla, esperando un resultado que ya no hace falta consultar. Rodrigo alarga la mano y, sin desviar la vista de la carretera, aprieta la mía con fuerza.

—Vale —dice, y su voz suena cargada de una ternura que me enamora un poco más de él—. Se acabó el debate. Volaremos a Cancún. Nos vamos a Bacalar.