55
Rodrigo
No sé si es normal lo que acabo de sentir en la cubierta de proa, pero las estrellas, las putas constelaciones y el hecho de que mañana seré primer oficial se queda corto al lado de lo que me pasa ahora mismo en el cuerpo.
No tiene nada que ver con que Lauren sea una mujer que me vuelve loco o con las ganas que llevaba acumuladas antes de que todo se fuera a la mierda.
Nos cruzamos con alguien del servicio de limpieza; nos mira, niega con la cabeza y sonríe. O quiero pensar que sonríe, porque me da igual. La única reacción que me importa es la de ella. Sentirla en mis brazos, su lengua luchando contra la mía, subiendo la temperatura del pasillo.
Tropezamos con un carrito de servicio y nos reímos contra los labios del otro. Por un momento, todo se reduce a esto: mi pulso, mis ganas y ella.
Cuando llegamos a mi puerta, me paro y la miro con el pecho agitado mientras intento recuperar el aliento. Antes de entrar, la beso otra vez, más despacio, saboreándola. Sé que, en cuanto entremos, esto va a dejar de ser un juego y quiero disfrutar del momento de antes.
—Si necesitáis ayuda para abrir la puerta, pedidla —suelta una voz a nuestras espaldas—. Pero daos prisa, que no soy de piedra.
Nos separamos lo justo para sonreírnos mientras Lauren hunde la cabeza en mi hombro. Me giro y veo a Adam guiñándome un ojo antes de seguir pasillo abajo.
—Disfrutad, parejita.
—Deberíamos entrar, ¿no? —pregunta ella, chupándose los labios—. ¿O es que no quieres?
—Lauren, no hay nada en el mundo que desee más ahora mismo.
Entramos y lo siguiente es un ejercicio de sincronización.
Botones de camisa que ceden, besos húmedos, suspiros que cortan la respiración.
Mis dedos recorren su piel al bajar por la blusa y, joder, el sexo rápido y duro es increíble, pero no hay nada que me ponga más que observar cómo se le eriza la piel con cada roce de mis dedos sobre su cuerpo.
Noto su pulso acelerado contra mis labios y la manera en que su pelvis busca el contacto sin ninguna paciencia.
La cama es el final del recorrido. La tumbo con cuidado y me coloco encima, a medio desnudar, mientras seguimos besándonos. Lucho contra mi instinto de acabar ya; quiero que esto dure.
Lauren, en cambio, está ansiosa. Se nota en la pierna que se enreda en mi espalda y en sus manos que pelean con mi cinturón. Mientras que yo prefiero tomarme un tiempo que parece desquiciarla.
—Joder, ¿por qué no te quitas eso y me follas ya? —me suelta entre jadeos.
—Porque tenemos toda la noche, cariño. Tenemos el firmamento entero…
—Lo que tú digas, Rodrigo, pero quítate los pantalones antes de que termine yo sola y…
Me separo, le sujeto las muñecas y las subo por encima de su cabeza. Sé que estoy siendo un poco cabrón, pero no puedo evitar sonreír.
—Señorita Hall, un poco de paciencia. ¿A dónde ha quedado lo de brillar juntos? No me habrás dicho todo eso solo para arrastrarme a la cama, ¿verdad?
—¿Qué? —protesta ella.
No le doy tiempo a más. Me trago sus quejas y su respiración agitada en otro beso, inmovilizándola.
—¿Por qué tienes tanta prisa? —le pregunto bajando por su cuello.
—Vale, oficial Alana, si no…
—Primer oficial —la corrijo—. ¿Recuerdas? Me han ascendido.
Lauren se retuerce, moviendo las piernas, intentando zafarse. Y no voy a ir de héroe; me muero por quitarme esto y follarla hasta que olvide hasta su nombre. O hasta que yo olvide el mío. Entonces, ¿por qué estoy aquí, jugando a ver quién aguanta más?
—Vale —dice, soltando el aire—. Primer oficial Alana, ¿sería usted tan amable de quitarme las bragas y hacer que me corra de una vez?
No puedo evitar la carcajada. Lo ha preguntado completamente en serio y, al ver que me río, sus ojos pasan de la súplica al cabreo.
—Joder, Lauren, te quiero tanto…
Acompaño la declaración bajando la mano hacia donde está pidiendo a gritos el contacto. Ella atrapa mis dedos, arqueando la espalda, buscando más.
—Y yo a ti, Rodrigo, de verdad —dice, casi al límite—, pero si no me follas ya, te vas a arrepentir.
No la hago esperar más. En un movimiento rápido, suelto sus muñecas, me bajo lo justo el pantalón y cumplo sus deseos con la mitad de la ropa estorbando.
Hundo la cara en su cuello, marcando su piel con la lengua.
Seguramente mañana necesite un pañuelo para ocultar los moratones, pero ¿qué importan las marcas cuando el deseo toma el mando?
—Sí, sigue… —gime en mi oreja.
Ya no queda rastro de paciencia. El cuerpo me va por libre y es ella quien marca el ritmo.
La ropa que aún nos estorbaba termina en cualquier rincón; solo estamos nosotros, las sábanas revueltas y el descontrol.
Lauren me tiene pillado, con las piernas aprisionando mi cintura y mis manos hundidas en sus caderas.
Me clava las uñas en la espalda y yo me pierdo en su cuello en cada embestida.
No puedo dejar de moverme. Cada vez que me hundo en ella, la noto tensarse más. Me agarro a sus caderas, ajustando el ritmo para que sea más profundo, más fuerte y rápido, buscando el roce exacto.
—Rodrigo… —susurra en mi oído.
Me olvido de aguantar. En cuanto escucho mi nombre, sé exactamente lo que quiere y dónde está, así que acelero.
Lauren se tensa, sus piernas me aprietan con una fuerza que me borra el último rastro de control y la noto correrse debajo de mí.
Es la señal que necesitaba y, joder, nunca me cansaré de verla llegar al orgasmo.
Aprieto los dientes, un último impulso y me corro con ella, dejándome caer sobre su pecho para intentar recuperar el aliento.
Estamos empapados en sudor y el camarote huele a nosotros, a una mezcla que no cambiaría por nada.
El corazón me retumba en las costillas y me falta el aire, pero no es solo por el esfuerzo.
Me hundo más contra su pecho, inhalando su olor, necesitando sentir que todavía sigue ahí, que esto no ha sido un espejismo.
Me quedo inmóvil, con la cara escondida entre sus pechos, demasiado agotado para mover un solo músculo, pero incapaz de soltarla.
Es como si, al dejar de movernos, necesitara compensar todo el tiempo que hemos pasado separados.
El silencio vuelve poco a poco. Solo se oye el zumbido del aire acondicionado mientras nuestra respiración intenta volver a la normalidad. Me quedo quieto, sin mover ni un dedo, intentando recuperar el aliento.
Lauren mueve los dedos despacio, trazando círculos perezosos sobre mi espalda mojada en sudor.
—Rodrigo… —susurra con la voz más calmada.
—Dime, Lauren.
—¿Esto va a ser siempre así?
—¿Así, cómo?
—Ya sabes… salvaje pero tierno a la vez, intenso pero romántico, apasionado pero dulce…
—Mmm —murmuro contra su cuerpo—. Por mi parte sí.
—¿Me lo prometes?
Levanto la cabeza y la miro. Sus ojos azules son una especie de faro en la penumbra. Nunca me cansaré de mirarlos.
—Te lo juro por Orión y las Pléyades —le digo, rozando sus labios con una sonrisa—. El mundo puede venirse abajo o podemos perdernos en medio de la nada, pero te prometo que, pase lo que pase, siempre sabré encontrarte bajo las mismas estrellas.
—Más te vale —susurra contra mi boca—. Porque quiero que seamos como Mizar y Alcor: tan pegados el uno al otro que, aunque los demás necesiten afinar mucho la vista para encontrarnos, nadie pueda separarnos jamás.