54
Lauren
Respiro hondo antes de entrar en el wardroom para reunirme con Rodrigo.
La charla con Callie me ha dejado un sabor extraño.
Duele su traición, sobre todo porque ella fue quien me guio al llegar, la que me ayudó a adaptarme a este ritmo de vida y se convirtió en mucho más que una compañera.
Aun así, me cuesta culparla. La intensidad de este barco nos arrastra a todos; ella simplemente no supo gestionar lo que sentía.
En el fondo, entiendo su frustración. Me pongo en su lugar y se me hace difícil estar enfadada.
En el interior del wardroom , el ambiente empieza a normalizarse. Se nota que todo vuelve a funcionar: en apenas un día, un equipo externo ha limpiado cada rincón para borrar el rastro de la intoxicación, y mañana empezarán a llegar los nuevos pasajeros.
Rodrigo me ve enseguida y me hace una seña para que me acerque a la mesa que ha ocupado. No se me escapa que ha elegido una de las más apartadas, buscando algo de privacidad. Paso al lado de Florencia y de Dupont, que me saludan con seriedad, pero yo ni me detengo.
—He cogido esta mesa —dice nada más verme—. Espero que te parezca bien, aquí estaremos más tranquilos.
—Es perfecto —respondo.
Caminamos hacia la zona de autoservicio, donde Adela se encarga de los platos calientes. Al vernos llegar, se queda un segundo paralizada con el cucharón en el aire, observándonos como si estuviera viendo algo que no esperaba.
—Hola, chicos —nos saluda con una sonrisa pícara—. Si me hacéis caso, probad la lubina. Acaban de bajarla del puerto de Galveston; es lo más fresco que vais a cenar hoy.
—Lubina entonces —asiente Rodrigo—. ¿A ti te va bien, Lauren?
Miro a Adela, que arquea una ceja observándonos con diversión.
Podría sentirme incómoda, pero, por primera vez en semanas, todo me resulta sorprendentemente natural.
Quizás sea el efecto de las horas que pasamos en Galveston o el alivio de haber aclarado por fin los malentendidos.
Me siento extraña pero cómoda, como si estuviéramos en una cita real y no atrapados en la rutina del barco.
—Lubina también para mí —le digo a Adela.
Ella nos sirve mientras sigue mirándonos de uno a otro.
—Parece que la crisis a bordo ha traído algo bueno al menos —comenta con naturalidad—. Hacéis muy buena pareja y me alegro mucho de que hayáis resuelto lo que sea que os separaba.
Nos limitamos a sonreír por cómo nos ha llamado, pero ¿quiénes somos nosotros para llevarle la contraria?
Aun así, aunque ahora estemos tranquilos y no parezcamos estar tirándonos los trastos a la cabeza, ambos sabemos que todavía nos quedan muchas cosas que hablar antes de poder llamarnos, de nuevo, pareja.
—¿Cómo ha ido con Callie? —le pregunto a Rodrigo en cuanto nos sentamos—. Quería hablar contigo a solas de eso.
Él cambia el gesto. Su expresión se vuelve seria y su postura se tensa al instante.
—Está todo hablado y, más o menos, perdonado. Pero, si no te importa, preferiría no hablar de ella ahora.
—Claro, perdona.
—No, no digas eso —se apresura a corregirme—. Solo es que quiero que hablemos de nosotros, Lauren. Necesito saber qué va a pasar ahora.
Me quedo seria, mirándolo a los ojos, y le respondo:
—Bueno, pues según tengo entendido, te van a ascender a primer oficial. Mañana tendremos el día libre y, al siguiente, volveremos a estar a tope con los pasajeros…
—Lauren —me interrumpe con suavidad—. Por favor.
Sonrío, entendiendo perfectamente a dónde quiere llegar.
—De acuerdo —le digo, rozándole el brazo con suavidad—. ¿Por qué no terminamos esta lubina y buscamos un sitio más tranquilo? Hace una noche preciosa.
Al terminar, salimos del wardroom y cruzamos los pasillos interiores hasta la cubierta de proa.
Está completamente desierta. El aire fresco de la noche nos golpea de lleno, barriendo el resto de la tensión que aún quedaba en el comedor.
Nos acercamos a la borda; el único sonido es el murmullo del agua rompiendo contra el casco.
Es el lugar perfecto.
Nos apoyamos en la borda, dejando que la mirada se pierda en el negro infinito del mar que se funde con el horizonte. La noche es fresca, más de lo que esperaba, y el viento empieza a calarme; instintivamente, me froto los brazos en busca de un poco de calor.
Rodrigo, al notar mi gesto, se mueve sin decir nada y se coloca detrás de mí, rompiendo esa mínima distancia que aún nos separaba.
—¿Te acuerdas cuando me explicaste el mito de Orión y las Pléyades? —le pregunto relajada, sintiendo su cuerpo junto al mío.
Rodrigo se separa apenas unos centímetros, me mira sonriendo y vuelve a abrazarme con fuerza, apretándome contra su pecho y rodeándome con sus brazos, dándome el refugio que buscaba.
—Vagamente —responde.
—Mentiroso… Lo recuerdas perfectamente. Lo que me contaste sobre Orión y las Pléyades aquella noche fue precioso. Sé que entonces disfracé lo que sentía tirando de ironía, pero la verdad es que me encantó.
Rodrigo no dice nada, pero siento su pecho subir y bajar contra mi espalda, dejando escapar un suspiro tan leve que apenas lo noto en mis hombros
—Es un mito precioso —dice después de unos segundos—. Siempre me ha fascinado la mitología y las estrellas; después del mar, es lo que más me gusta. Lo que te dije entonces era verdad, y ahora lo sigue siendo.
Me aprieta con más fuerza y es a mí ahora a quien se le escapa un suspiro contra el aire fresco. Miramos el cielo, donde las estrellas, aunque menos visibles en Galveston que en alta mar, despliegan un espectáculo sobrecogedor.
—Sí, pero en realidad no es tan bonito. Si lo analizas, es un poco trágico, ¿no crees?
—¿Te refieres a que Orión las persiguiera?
—A todo. A que Orión fuera tras ellas pero, sobre todo, a que Tauro esté en medio, porque significa que, por mucho que las persiga, jamás llegará a alcanzarlas.
—Es exactamente así —admite él—. El mito dice que Orión sigue persiguiéndolas noche tras noche sin poder alcanzarlas jamás
—Lo sé, y por eso estuve investigando.
—¿Investigando qué? —pregunta, rozando mi cuello con una sonrisa.
—Sí, ya sabes: las estrellas, las constelaciones… Los mitos. Porque no me gustó nada que lo nuestro se basara en una leyenda donde estuviéramos destinados a no alcanzarnos nunca.
—Entiendo tu punto, aunque lo nuestro no tiene…
—¿Me vas a dejar contarte mi mito, o vas a seguir interrumpiéndome?
Rodrigo hunde aún más la cabeza en mi cuello y noto cómo se le ensancha la sonrisa contra mi piel.
Siento que ahora mismo está recordando nuestra anterior conversación bajo las estrellas; la misma en la que fui yo quien le interrumpió y donde me soltó, palabra por palabra, la misma frase que acabo de usar contra él.
—De acuerdo, perdona —dice, conteniendo la sonrisa—. Continúa.
—En primer lugar, las leyendas son algo vivo que evoluciona con los años y varía según se transmite; es responsabilidad del narrador adaptarla a su audiencia… o sea, a ti.
—Vaya, qué profundo.
—No es mío —admito, apoyando un poco más el peso de mi cuerpo contra el suyo—. Lo he sacado de un vídeo de YouTube donde explicaban este mito. Me lo he apropiado y lo adapto a nosotros.
—Me parece perfecto.
—Pues verás —empiezo, levantando el brazo derecho para señalar un punto en la oscuridad del cielo nocturno—.
Este mito es una leyenda de los nativos americanos.
La Corona Boreal está formada por siete estrellas, esa constelación con forma de semicírculo que ves ahí.
Resulta que siete hermanos estaban enamorados de ellas y le preguntaron al chamán de su tribu cómo podían conocerlas.
Él los mandó al bosque para que, en el silencio de la noche, las escucharan.
Así hicieron, pero se quedaron dormidos y despertaron en la bóveda celeste, donde finalmente pudieron conocerlas.
Pero… la cosa no prosperó, y las estrellas de la Corona Boreal los rechazaron.
Rodrigo sigue escuchándome en silencio y siento cómo sus brazos se cierran un poco más sobre mi cintura, con la barbilla apenas rozándome el hombro. Ese gesto me da el valor para continuar.
—Entonces, una vez allí, no sabían cómo bajar y decidieron instalarse. ¿Sabes dónde?
—Siete hermanos, ¿eh? —dice él, pensativo, mientras su pecho se mueve con suavidad contra el mío—. Eso son siete estrellas, como las Pléyades. ¿La Osa Mayor?
—Exacto. Mizar era el más joven de los siete —digo, alzando de nuevo la mano para señalar el cielo—.
Es esa de ahí, la penúltima estrella del mango.
Cuenta la leyenda que una de las estrellas de la Corona Boreal decidió darle una segunda oportunidad a Mizar: abandonó su constelación y se instaló junto a él.
Por eso siempre se las ve juntas, formando una estrella doble. Son Mizar y Alcor.
Rodrigo me gira suavemente hasta quedar enfrentados y su forma de mirarme me deja casi sin palabras.
—No conocía ese mito —reconoce en voz baja—.
De la Osa Mayor solo me sé la leyenda persa, la de las dos estrellas que representan a un caballo y a su jinete.
Los antiguos las usaban para el «test del arquero», una prueba de agudeza visual para entrar en el ejército; por lo visto, solo los que tienen una vista de lince consiguen distinguirlas por separado.
—Sí, pero la leyenda de los nativos americanos me gusta más. Alcor decidió que Mizar valía la pena y se arriesgó. Mizar es la estrella principal y más luminosa, mientras que Alcor aparece como un pequeño punto más débil justo a su lado.
—¿Eso quiere decir que has decidido darme una segunda oportunidad y que te quedarás conmigo aquí?
—¿Y quién te dice que en esta historia yo soy Alcor y tú Mizar? —le pregunto, aguantando la risa—. ¿De toda la historia esa es la conclusión que has sacado?
—De acuerdo, tú brillas más, porque eres preciosa y yo…
—No, Rodrigo —le interrumpo—. Mientras leía este mito, no pensaba en quién de los dos brilla más, ni en quién decide darle una segunda oportunidad al otro. Lo que me maravilla es que ambos están siempre tan juntos. Tanto, que es casi imposible ver que son dos estrellas distintas.
Rodrigo guarda silencio y, por primera vez en mucho tiempo, veo que lo he dejado sin palabras.
—Así que, olvida las leyendas. La cuestión no es si somos una estrella o dos —le digo, manteniéndole la mirada—. La cuestión es que, si te quedas donde estás, esta vez quizá consigamos que esto salga bien.
Sin mediar palabra, se inclina y me besa.
Es un beso que sabe a promesas pendientes.
Sus manos se cierran en mi nuca, sujetándome con una firmeza que no admite dudas, y me atrae contra él hasta borrar cualquier distancia.
No es un beso de película; es algo real, de alguien que sabe exactamente lo que quiere y no tiene miedo de demostrarlo.
Cuando se aparta lo justo para que nuestras frentes sigan tocándose, su respiración es un roce constante contra mi boca.
—Lo de los mitos se nos da bien —murmura, y casi puedo notar la sonrisa en su voz—. Pero se me ocurre un lugar mejor donde dejar de hablar. ¿Qué te parece si bajamos a mi camarote y seguimos allí?