Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 53
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Rodrigo

La reunión con el capitán ha sido breve.

El barco parece ahora un cadáver de acero bajo el escrutinio de los auditores y los representantes de la naviera.

Llevamos horas rodeados de inspectores de Sanidad, abogados y delegados de las aseguradoras, gente trajeada que se mueve por los pasillos con la frialdad de quien viene a certificar una defunción.

Están revisando cada registro, cada cadena de frío y cada contrato, dejando una estela de despidos a su paso.

Agradezco haberme librado de estar presente en ese desfile.

Norton es un incompetente, pero es mi amigo, y no habría podido sostenerle la mirada mientras le notificaban su salida.

Le he llamado hace un rato, con la promesa vacía de vernos en tierra si es que alguna vez volvemos a coincidir.

Ahora que todo se desmorona, el silencio del barco resulta más insoportable que todo el caos de los últimos días.

Price me ha puesto al tanto de todo. He escuchado con atención, aunque mi cabeza estaba en otro sitio: primero, en el día maravilloso que he pasado con Lauren en Galveston y, después, en la traición de Callie.

Resulta difícil aceptar que, tras dos años de amistad, ella haya inyectado ese veneno entre nosotros.

Ahora no me cabe duda: es la principal responsable de nuestra ruptura.

Mientras camino hacia el wardroom , los nervios me traicionan. Estoy enfadado, sí, pero mi verdadera rabia va dirigida hacia mí mismo. ¿Me dejé manipular o es que, sencillamente, fui un inmaduro? Las cosas se aclaran enfrentándose a ellas, no escondiéndose.

Al doblar por el pasillo de servicio que comunica con el wardroom , Callie está allí, apoyada contra una columna de acero, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el suelo.

Me planto frente a ella. Cuando finalmente levanta la vista, el rastro de sus lágrimas es inconfundible; no hace falta que diga una sola palabra, sus ojos confirman todo lo que sospechábamos.

Lo que más me duele no es la mentira en sí, sino la traición a mi confianza. Ella conocía cada detalle de lo que viví con Ingrid. Sabía perfectamente cómo me hizo pedazos aquel abandono y, aun así, no dudó en usar esa herida para sembrar la duda sobre Lauren.

—Rodrigo, ¿podemos hablar un momento? —Su voz suena derrotada.

Al verla ahí, me frena la rabia, pero también me vence la lástima.

—Claro, Callie. Dime, ¿qué mentiras quieres soltarme ahora? —le digo, intentando mantener el tono frío.

—Supongo que me lo merezco, que dudes de mí. Y no voy a poner excusas.

—Entonces lo reconoces. ¿Nos mentiste?

—Sí. Y por eso estoy aquí, para disculparme.

Sigue con la cabeza baja y yo debería estar gritándole, exigiendo una explicación, pero me quedo bloqueado.

No es solo que sea mi amiga; es que no puedo señalarla con el dedo cuando yo he sido el primero en fallar.

Al verla ahí, tan pequeña, me doy cuenta de que soy igual de responsable que ella.

Si hubiera tenido la madurez de hablarlo con Lauren en lugar de esconder la cabeza bajo tierra, nada de esto habría pasado.

Me dejé manipular por pura inmadurez, y ahora me toca tragarme las consecuencias de mi propio silencio.

—Pues tú dirás —le digo—. Empieza.

Callie se queda un instante en silencio. Se pasa una mano por el pelo, nerviosa, apartándose un mechón de la cara mientras intenta aguantar mi mirada, pero al final termina bajando la cabeza de nuevo.

—Lo siento —dice, y su voz suena apenas como un susurro—. Sé que lo que hice estuvo mal y entendería que no me perdonaras. Ya doy por perdido que vuelvas a confiar en mí.

—¿Por qué, Call? Conoces de primera mano cómo lo pasé con Ingrid. Me viste hundido durante meses. Lauren me devolvió la ilusión, te conté cómo me estaba enamorando y tú… No lo entiendo. Creía que éramos amigos.

—¿No lo entiendes? —me repite con una sonrisa triste—. Bueno, en eso se nota que… Da igual. Lauren lo ha pillado en minutos; solo me conoce hace tres meses y se ha dado cuenta. Tú, en cambio, nunca.

—¿Nunca qué? —insisto—. ¿Puedes explicármelo?

Callie toma aire y se gira, dándome la espalda. Por un momento creo que se va a marchar, que va a ignorar mi pregunta y dejarme con la duda. Pero solo respira hondo, se vuelve hacia mí y empieza a hablar con la voz temblorosa.

—Rodrigo, estoy enamorada de ti.

La confesión le sale directa, sin rodeos. A mí, en cambio, me deja descolocado.

—¿Qué? —pregunto, incapaz de creérmelo—. Eso no es verdad, Callie, somos amigos desde hace dos años, nunca…

—Sí, Rodrigo. Nunca he dicho nada, ni te he dado la más mínima señal.

Durante meses estuviste cegado por Ingrid.

La veía, veía cómo te usaba, pero estabas tan ciego que no lo querías ver.

Ella solo buscaba salir de este barco con un marido rico y tú no te enterabas de nada.

Cuando ella se marchó, tuve algo de esperanza.

Pero no quise aprovecharme de lo vulnerable que estabas, de tu tristeza.

Te di tiempo; esperé pacientemente a que te dieras cuenta de que yo no iba a marcharme a ningún lado y de que nunca te dejaría por nadie.

La escucho intentando no interrumpirla, aunque tengo ganas de hacerlo. Sí, estuve ciego con Ingrid, pero parece que lo estuve mucho más respecto a Callie. Ver sus lágrimas me lo confirma.

—Callie, yo no…

—No hace falta que digas nada. No es culpa tuya que no sintieras lo mismo por mí. Yo tampoco dije nada. Tú salías de una relación complicada, te di tiempo y espacio pensando que lo nuestro sería el paso lógico, ¿sabes?

—Sí, pero tuvimos… —Me paro. Ahora, lo que pasó entre nosotros tiene un cariz diferente—. Yo no me di cuenta y lo siento.

—Lo que tuvimos fue sexo consentido entre dos adultos. No hiciste nada malo, Rodrigo. El problema era mío, era yo la que tenía sentimientos que no supe gestionar bien.

—Debiste decirme algo, o yo debí notarlo, Call… Lo siento.

—¡No digas eso más! —me espeta alzando la voz—. No te disculpes, joder. ¿Por qué no me chillas? ¿Por qué coño tienes que ser tan amable?

—¿Qué?

—Rodrigo, he saboteado tu relación por… por mis celos. Deberías estar enfadado conmigo, chillarme y pedir que me despidan. No deberías ser el tío amable, guapo y comprensivo que le enseña las estrellas a otra, porque eso me deja mucho peor. ¿Es que no lo entiendes?

—No puedo odiarte, Callie.

—¡Pues deberías!

—Eso no va a pasar. Te entiendo, pero no voy a pedir a nadie que te despida ni…

—No va a hacer falta, ya he hablado con Dupont y la banda. Lo dejo. Me vuelvo a Nueva York en cuanto pueda. Quería que fueras el primero en saberlo.

No espera a que le conteste. Se gira y se marcha por el pasillo. La veo alejarse y yo me quedo allí, apoyado contra la misma columna, mientras el silencio se traga el sonido de sus pasos.

He sido un idiota. He estado ciego, o quizás simplemente he preferido mirar hacia otro lado antes que encarar las cosas.

Con Lauren puede que todavía esté a tiempo; no sé si podremos retomar lo nuestro y volver a empezar, pero sé que tengo que hacer todo lo posible para que vuelva a estar conmigo.

Con Callie, en cambio, está claro que las cosas se han roto del todo.

A pesar de las disculpas y de esta conversación, nuestra amistad no tiene vuelta atrás, y menos ahora que se va a Nueva York.

Quizás sea lo mejor.

La distancia hará que nos olvidemos, sí, pero también que deje de doler.