Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 51
85%

51

Rodrigo

—Sí, tienes razón, pero estos días han sido estresantes...

Disponemos de unas horas en tierra firme y podríamos actuar como si yo no fuera un oficial, tú no trabajaras en Atención al Cliente y no quedara rastro de ninguna intoxicación en el barco.

Quiero divertirme. ¿Qué me dices? ¿Podemos posponer esa conversación solo un poco más?

Lo suelto todo de golpe, casi sin respirar.

Sé que tenemos que hablar; de hecho, esa era mi intención desde el principio.

Pero estar aquí, paseando por Galveston, disfrutando de la comida y de este ambiente, me ha devuelto a una realidad que tenía olvidada.

Por un momento, solo somos dos personas hablando de cualquier cosa, como antes de que todo se torciera.

—De acuerdo. Entonces, cuéntame —dice ella, cruzándose de brazos y devolviéndome una mirada cargada de escepticismo—. ¿Qué tienes en mente?

—Pues si queremos desconectar de verdad, necesitamos ruido, luces y azúcar —respondo, señalando hacia el horizonte, donde el brillo del muelle de atracciones rompe la oscuridad de la costa—. ¿Qué me dices?

Lauren sigue la dirección de mi dedo y su sonrisa se ensancha. Joder, me encanta esa sonrisa.

—Estoy dentro —contesta, sin más.

Caminamos por el malecón, con el sonido de las olas golpeando el muro como único acompañante.

La tensión de las últimas semanas parece diluirse con la brisa salada.

Dejamos atrás la quietud de la playa y el boulevard nos escupe directo al muelle.

Allí, el ambiente cambia de golpe: la música de feria, el olor a palomitas y el murmullo constante de la gente nos envuelven.

Me acerco a un puesto y le compro un algodón de azúcar rosa, enorme; lo compartimos entre risas y terminamos con los dedos pringosos. Es tan cotidiano, tan sencillo, que me pregunto cómo hemos tardado tanto en llegar a este punto.

—Oh, mira —le digo, señalando un puesto de tiro al blanco—. Tenemos que probar.

Lauren protesta, aunque sin mucha convicción, y nos pasamos la siguiente media hora intentando darle a unos patos con una escopeta que está claramente trucada.

Me cuesta varios turnos y veinte dólares entender hacia dónde tengo que apuntar para compensar el desvío.

Media hora y cincuenta dólares después, el perro de peluche más feo Texas está en mis manos; se lo entrego con toda la ceremonia del mundo.

—Sabes que ese tipo acaba de timarte cincuenta dólares, ¿verdad? —me pregunta, acariciando al perro como si fuera real—. La mirilla tenía un desfase de unos centímetros a la derecha, era imposible acertar.

—¿Timarme? —le contesto—. Créeme, Lauren. Ha merecido la pena gastar hasta el último centavo solo por ver tu sonrisa así de nuevo.

Ella agacha la mirada con timidez y aprieta el peluche contra el pecho en silencio. Le toco el hombro y señalo con la cabeza la enorme estructura que domina el horizonte, acercándome un paso más.

—Vale, ya tienes tu trofeo —digo—. Pero no podemos venir a una feria y no montar en la noria. Además, desde ahí arriba se ve todo el puerto. Las vistas son una maravilla.

Lauren observa con detenimiento la estructura metálica que se recorta contra el cielo nocturno. Me quedo mirándola; el ambiente en el muelle ha cambiado y tengo claro que quiero ver todo esto con ella, desde lo más alto.

—¿No crees que somos un poco mayorcitos para la noria? —pregunta, lanzándome una mirada de reojo.

—En absoluto. Pero bueno, si tienes miedo, lo entiendo.

Ella suelta una carcajada, una de verdad, y empieza a caminar hacia la taquilla mientras me desafía por encima del hombro:

—Yo no le tengo miedo a nada, marinero.

Intento protestar cuando saca su cartera, pero ella insiste con firmeza. Me recuerda que he sido yo quien la ha retado y añade, con una media sonrisa, que el que va a terminar temblando seré yo.

Y, joder, tiene razón. Estoy muerto de miedo y ni siquiera hemos subido a la cabina.

Ya dentro, el chico de la atracción baja la barra de seguridad y nos deja encajados, pierna contra pierna.

Mientras el mecanismo empieza a chirriar, el ruido de la feria nos envuelve por completo: la música estridente de los tiovivos, los gritos de los niños y el murmullo constante de la gente que se mezcla con la brisa marina.

Empezamos a subir y, poco a poco, ese caos se va apagando.

El alboroto queda atrás, transformándose en un eco lejano conforme ganamos altura.

A más de treinta metros, la noria se detiene.

El ruido desaparece por completo y el silencio lo ocupa todo.

Con el océano y las luces de Galveston extendiéndose a nuestros pies, estamos aislados del resto del mundo.

A solas. Y ahí, suspendidos en el vacío, me doy cuenta de una cosa: ella no le tiene miedo a nada, pero yo estoy aterrorizado por lo que siento.

—Bueno, Rodrigo, ¿crees que este es un buen momento para hablar? —dice ella, rompiendo el silencio.

Su voz suena firme y, por más que intento buscar algún resquicio de la complicidad de hace unos minutos, no encuentro nada. Se ha esfumado.

—No tengo escapatoria, así que supongo que sí. Además, es lo justo.

En realidad, me habría gustado alargar el momento un poco más.

Nuestro paseo por las playas de Galveston, la visita a Moody Gardens y la calma de The Strand habían sido el paréntesis perfecto para el estrés acumulado de estos dos últimos días.

Pero, como casi todo lo que merece la pena en mi vida desde que me subí a ese barco, parece que la tregua tiene una fecha de caducidad demasiado corta.

—De acuerdo, empezaré yo —suelta ella, volviéndose hacia mí con gesto serio—. Lo que ha pasado estos días no puede volver a suceder. Ha sido intenso, y no te voy a negar que… Bueno, que también lo he disfrutado.

—No te sigo —le contesto, directo.

—Vale, pues, ¿sabes qué? Quizás debería empezar tú. No entiendo por qué tengo que ser yo la que insista en tener una conversación que has pedido tú en primer lugar.

Lauren se cruza de brazos y se le forma esa pequeña arruga entre las cejas, esa que oscila entre el enfado y la preocupación, y que conozco demasiado bien. Me provoca una mezcla de miedo y ternura.

Por un segundo, me vence la tentación de acercarme, de pasar el dedo por ese lugar exacto y borrar el rastro de tensión, pero me obligo a contenerme. Hemos venido a hablar, y es exactamente lo que tengo que hacer.

—Tienes razón, Lauren, pero no empecemos a discutir. —La miro fijamente, con un gesto de súplica en los ojos, esperando que baje la guardia—. Vamos por partes: ¿a qué te refieres con que esto no puede volver a suceder?

—No te hagas el tonto —responde—- Me refiero al sexo.

Lo dice con tanta frialdad que, por un momento, logra ofenderme.

—Ah, vaya. ¿Y se puede saber por qué? —le pregunto, imitando su postura defensiva—. Creo recordar que la última vez no tuviste ninguna queja.

—No me jodas, ¿vale? No pienso ser una más de tu colección, ¿te enteras?

—Su tono sube y la seriedad de hace un momento se transforma en puro enfado—.

Si quisiera un polvo rápido, me liaría con los coreanos de restauración.

Al menos ellos no intentan convencerme de que soy su amor verdadero.

Entre otras cosas, porque no les entiendo una palabra.

—Espera, rebobina —la interrumpo, atónito—. Yo nunca te he tratado como una más, ni colecciono a nadie.

—Claro que lo haces —insiste ella, sin mirarme.

No sé cómo hemos vuelto a este punto, pero me revuelve las entrañas.

Hace apenas diez minutos nos reíamos disparando a unos estúpidos patitos de feria para conseguir un peluche horrible.

Compartíamos un algodón de azúcar, casi como dos adolescentes en una primera cita, con el mundo reducido a nosotros dos.

Y ahora, otra vez, estamos aquí, arruinándolo todo.

—No, Lauren. Lo único que sé es que confié en ti y me engañaste.

—¿Engañarte? ¿Pero qué estás diciendo?

––Lo que oyes, lo sé todo y, además…

—¿Además qué? ¡Vamos, dilo! —me desafía, cortando mi vacilación.

—Que me hiciste lo mismo que Ingrid —le suelto, dejando que la verdad caiga entre nosotros—. O, al menos, lo intentaste con los hijos de los Von Hindenburg.

—¿Qué? No tengo ni idea de qué fue lo que te hizo esa tal Ingrid pero, por Dios, Rodrigo, no puedo creer que por un estúpido ataque de celos te pongas a este nivel. ¡Solo fui amable con los pasajeros, es mi trabajo!

Tomo aire, esforzándome por mantener la compostura. Odio discutir, pero el veneno que llevo dentro es mucho más fuerte que mis ganas de paz. Callarme sería una forma de traicionarme a mí mismo.

—Cogiste turnos dobles para atenderlos —le suelto, dejando que la acusación flote en el aire—. Tuvimos una discusión y, acto seguido, te ofreciste voluntaria para esa recepción privada. Lo sé todo.

Lauren se gira tan rápido que la cabina de la noria se balancea bajo nuestros pies.

—¿Voluntaria? ¿Qué narices me estás diciendo? —Su mirada es una mezcla de sorpresa y furia—. Le pedí a Callie que te avisara. Florencia me obligó a ir a esa estúpida recepción. Nunca he hecho turnos dobles; solo durante esta crisis y por la puta intoxicación con las ostras.

Me mira fijamente y, aunque jura que dice la verdad, su defensa me parece una mentira tan descarada que lo único que me sale es negar con la cabeza, incapaz de entender cómo puede sostener el engaño ante mí.

—No me mientas —insisto—. Pasaste la noche con uno de los hijos de Von Hindenburg. Lo sé.

Ya está. Lo he soltado, liberándome por fin del peso que me ha estado asfixiando durante semanas.

Observo su reacción. Solo llevo tres meses con Lauren, pero hemos vivido tantas cosas y de un modo tan intenso que he aprendido a leerla. La expresión que pone ahora no es la de alguien que miente. Está enfadada, sí; incrédula, también. Pero, sobre todo, está profundamente indignada.

—¿Pero qué coño estás diciendo? —estalla ella—. Yo no me acosté con nadie. No lo he hecho en este barco excepto contigo. Sin embargo, tú sí te fuiste al crew bar y te acostaste con Alison, la animadora infantil, y luego con Judith, la supervisora de excursiones.

—Eso no es verdad, Lauren —le digo, mirándola fijamente—. ¿De dónde sacas eso?

—¿Qué? Tú… Me lo dijo…

—¿Quién te lo dijo? —insisto, con la voz tensa.

Lauren se queda en silencio. La furia desaparece de su rostro, reemplazada por una quietud repentina que me pone los pelos de punta.

Sus ojos se fijan en los míos y veo cómo todo encaja en su cabeza; la rabia se apaga y queda algo mucho más crudo.

Nos quedamos los dos inmóviles, escuchando solo el mecanismo de la noria al girar.

—Lauren, por favor —le insisto—. ¿Quién te lo dijo?

Se queda quieta. Se toma un segundo para mirarme, sin rastro de ira, solo con la expresión de alguien que acaba de colocar la última pieza de un rompecabezas. Se pasa la lengua por los labios y pronuncia el nombre con total calma.

—Callie…