Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 50
84%

50

Lauren

El uniforme de oficial le sienta a Rodrigo como si fuera una segunda piel, pero no puedo engañarme: su estilo de calle es casi mejor. Con unos simples vaqueros azules y una camiseta blanca, se ve increíble.

Callie ya nos ha dejado solos y, de repente, mi cabeza se llena de todos nuestros encuentros, especialmente del último aquí mismo, donde descargamos toda la rabia y el rencor de este último mes y medio.

Sin querer, y sin poder evitarlo, mi mirada se desvía hacia el espejo donde lo hicimos ayer; siento un escalofrío que me recorre hasta la nuca.

—¿De qué quieres hablar? —le pregunto con suavidad.

—Había pensado que podríamos dar un paseo.

La proposición me suena tan bien que no dudo ni un instante.

Cojo mi bolso, una chaqueta fina y salimos del barco.

Desde que acepté este trabajo, apenas he pisado tierra firme un par de veces en Cozumel o Roatán, y con prisas.

Las obligaciones del crucero, sobre todo cuando eres novata, te dejan bajo mínimos y sin un respiro.

Contar con dos días enteros es un lujo que no esperaba, pero después de todo lo que hemos pasado, creo que la recompensa es más que merecida.

He llamado a mis padres, pero no están en Texas City; como siempre, han aprovechado el fin de semana para salir y no saben ni cuándo regresan, lo que me da libertad absoluta estos dos días. Además, Sheryl estará con Jackson en Stephenville, y Anne, de fin de semana con Duke.

Bajamos del barco en un silencio que, sorprendentemente, no resulta incómodo.

El aire de Galveston es cortante y denso, con esa amplitud de la tierra firme que contrasta de golpe con la claustrofobia metálica del Meridian Star.

Al cruzar el muelle, el ruido de los remolcadores y el trajín industrial se quedan atrás, perdiendo intensidad con cada paso que damos hacia el centro.

Rodrigo camina a mi lado, un paso por detrás, como si me estuviera dando el espacio necesario para terminar de aterrizar en el mundo real.

No hay rastro de órdenes, ni de protocolos, ni de ese ambiente asfixiante que nos ha tenido en vilo.

Solo somos dos personas caminando por el asfalto gastado de la zona portuaria.

De vez en cuando, lo miro de reojo y veo que mantiene esa expresión de control, aunque sus ojos escanean el entorno con una calma que me tranquiliza.

Dejamos atrás la zona portuaria y, de repente, las avenidas se abren a The Strand.

El giro es brutal: adiós a los contenedores y al frío acero del puerto.

Aquí todo cambia por bloques de ladrillo visto y balcones de hierro forjado que parecen sacados de otra época.

Con la luz pálida del invierno, las calles de adoquines tienen un brillo elegante, casi triste.

A lo lejos, el viento arrastra la música de algún bar y lo envuelve todo en una burbuja extraña, como si por fin nos hubiéramos saltado el tiempo y el mundo se hubiera detenido solo para nosotros.

Nos paramos un segundo frente a la fachada de ladrillo del Old Galveston Custom House.

Me entretengo retorciéndome la correa del bolso entre los dedos, con ese nerviosismo tonto que te entra cuando estás a solas con alguien que te importa demasiado.

Al girarme un segundo, descubro que me está mirando; le devuelvo una sonrisa tímida y rápida antes de bajar los ojos de nuevo, distraída con el dibujo de los adoquines bajo mis zapatillas.

—Es… Es súper bonito, ¿verdad? —le pregunto, tratando de romper la tensión que nos rodea—. Hacía mucho que no venía y la verdad es que me trae muchos recuerdos.

Rodrigo permanece en silencio, observándome con una intensidad que me pone todavía más nerviosa.

Todo lo que ha pasado entre nosotros en esta última semana está ahí, suspendido en el aire, y tengo la sensación de que, en cuanto empecemos a hablar de verdad, será como abrir las compuertas de una presa.

Aun así, agradezco estos momentos de tregua.

—¿Venías a menudo a Galveston? —se interesa finalmente, dando un paso más hacia mí, acortando la distancia.

—Sí, claro, está muy cerca de casa, a apenas veinte minutos en coche —respondo, encogiéndome de hombros mientras intento relajar la postura—.

Pero recuerdo especialmente una vez, cuando iba al instituto, con quince años.

Nos trajeron de excursión aquí, a The Strand .

Vine todo el camino en el autobús sentada con Sheryl y Anne, mis dos mejores amigas en el mundo.

—Sonrío con nostalgia, evocando aquellos días.

—Ellas son como mis hermanas, ¿sabes? En esa época íbamos siempre juntas a todas partes.

Rodrigo desvía la mirada hacia las fachadas victorianas que nos rodean, observándolas con una mezcla de curiosidad y reconocimiento.

—Llevo casi tres años tomando el barco desde este puerto, Lauren, y me da casi vergüenza admitir que nunca me había acercado por este lugar —confiesa, mirándome con una sonrisa cómplice—. Siempre he estado demasiado ocupado con el trabajo. Dime, ¿qué es lo que hace a este edificio tan especial?

Me sorprendo a mí misma enderezando la espalda, casi como si estuviera volviendo a los quince años, y le señalo la fachada con un gesto animado.

—Pues verás, aquí ocurrió una tragedia terrible durante el gran huracán de 1900 —le explico, asumiendo mi papel—. Como las paredes son tan gruesas, mucha gente se refugió dentro pensando que estarían a salvo, pero el agua subió muchísimo y… Bueno, fue muy triste.

Rodrigo asiente con gesto lento, sin apartar la mirada de mi rostro, y me hace una seña suave con la cabeza para que siga.

—Continúa, por favor —me pide con voz baja, casi un susurro.

—El guía nos contó una leyenda que se me quedó grabada —continúo, y al hablar, mis ojos se dirigen automáticamente hacia las ventanas superiores—. Nos dijo que, por las noches, los guardias todavía escuchan pasos y susurros de personas que parecen seguir atrapadas en aquella tormenta.

Rodrigo eleva una ceja, acercándose un poco más, con un brillo de curiosidad en la mirada.

—¿Y realmente creéis que alguien puede ver algo ahí arriba?

—Eso dicen —respondo con una sonrisa melancólica—. Se supone que a veces se ve la silueta de una chica con un vestido antiguo, esperando a que baje el agua. Sheryl y Anne se pasaron horas intentando asustarme con esa historia, pero a mí, en el fondo, solo me dio mucha pena.

Bajo los hombros al darme cuenta de que llevo todo este rato agarrando la correa del bolso con una fuerza innecesaria.

Al aflojar los dedos, noto cómo la tensión con la que había empezado a hablar se desvanece por fin.

Rodrigo sigue ahí, mirándome con una atención absoluta, como si en este preciso rincón de la ciudad no existiera nada más.

Él rompe el silencio con una media sonrisa, intentando aligerar el ambiente.

—¿Tienes hambre?

Asiento de inmediato, sintiendo que el aire fresco del invierno me ha abierto el apetito.

—No conozco mucho la historia de The Strand —admite él mientras retoma el paso, invitándome a seguirle—, pero sí me sé de un sitio cerca de aquí, en Moody Gardens , donde sirven el mejor gumbo de la isla. ¿Te apetece?

Acepto sin dudarlo. El camino hacia allí se nos pasa volando; dejamos atrás la arquitectura victoriana y, a medida que nos acercamos al complejo, el perfil de las gigantescas pirámides de cristal empieza a recortarse contra el cielo.

Es un contraste fascinante: pasar del ladrillo antiguo al acero y el vidrio moderno que parece desafiar la costa.

Comemos en un local con vistas al complejo, disfrutando de un gumbo humeante que nos devuelve el calor al cuerpo.

Tras pagar y salir al exterior, la luz del día ha empezado a cambiar, tiñéndose de los tonos más suaves del atardecer.

Nos quedamos un momento de pie ante las pirámides, observando cómo los últimos rayos de sol se reflejan en las fachadas acristaladas.

—Ya sabes que crecí en Nuevo México, —dice, mirándome a mí en lugar de a las luces—. Es un lugar rodeado de desierto, tierra seca y montañas, donde el mar es solo un mito que aparece en los mapas. Pero siempre viví obsesionado con el océano; por eso me hice oficial de la marina.

Hace una pausa, con la mirada perdida en los reflejos del cristal, como si estuviera reviviendo aquel primer encuentro con el lugar.

—La primera vez que vine aquí me quedé fascinado.

Para un chico criado en el desierto, ver estas pirámides fue como presenciar un milagro.

En la azul, el océano entero cobra vida con sus tiburones y pingüinos; en la transparente, te adentras en una selva tropical de diez pisos donde los perezosos se mueven justo encima de tu cabeza.

Me sonríe mientras la luz de la Pirámide del Acuario se refleja en el agua y baña su rostro.

—He navegado por medio mundo, he cruzado tormentas feroces y he visto amaneceres en mitad del Atlántico que te cortan la respiración.

Pero el mar me enseñó algo fundamental: la inmensidad no vale nada si la miras solo.

Desde que descubrí este sitio, me prometí que, el día que encontrara a la mujer con la que quiero compartir mi vida, la traería aquí de noche.

Justo ahora, cuando las pirámides brillan en la oscuridad y parece que el universo entero se reduce a este pequeño rincón de la isla.

Se me forma un nudo en el pecho. No sé si me está soltando una declaración en toda regla o si simplemente le ha dado por ponerse poético, pero el peso de sus palabras me obliga a volver a la realidad.

Esto me recuerda que tenemos una conversación pendiente, una que ya no podemos aplazar más, y esta vez no pienso quedarme de brazos cruzados.

—Rodrigo… —empiezo, interrumpiendo el momento—. Esto es genial, de verdad, pero en el barco me dijiste que teníamos que hablar. Y siento que solo estamos dando rodeos.

Él me mira, manteniendo la calma, con esa media sonrisa que no termina de aclararme nada.

—Lo estamos haciendo, ¿no? —responde sin más—. Estamos hablando.

Niego con la cabeza, obligándole a que me tome en serio.

—Ya sabes a lo que me refiero. No hablo de esto —digo, señalando las luces—. Hablo de nosotros.