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Rodrigo
La sala de conferencias del puente se ha quedado vacía, pero el eco de la reunión sigue resonando en las paredes de acero.
Price, Dupont y Florencia han encajado las decisiones de la naviera con una resignación absoluta, asumiendo su parte de responsabilidad en la crisis.
Los peor parados han sido el jefe de cocina, fulminado como máximo responsable de la cadena de suministro, y Norton, relevado por su negligencia en la supervisión de los registros de temperatura y los protocolos de estiba en las cámaras frigoríficas. Sus despidos han sido inmediatos.
Y me temo que no van a ser los únicos. Pronto se sabrá que varios miembros de cocina cayeron enfermos al consumir las ostras destinadas exclusivamente al pasaje, dejando en evidencia su falta de profesionalidad e irresponsabilidad.
El reconocimiento al departamento médico ha sido unánime, pero todos sabemos quién sostuvo el barco a flote.
El Dr. Sherman, que fue el único del equipo médico que no cayó enfermo, se cargó sobre los hombros el peso de toda la atención; no paró ni un segundo para estabilizar a cientos de pasajeros y tripulantes mientras la situación se volvía una locura.
El Dr. Karas ayudó en lo que pudo, pero fue Sherman, apoyado incondicionalmente por Marta Fiore y el resto de las enfermeras, quien realmente evitó que el servicio médico se desmoronara.
Se dejaron la piel en los pasillos y en cada camarote que convertimos en un hospital improvisado, y si logramos salir de esta, fue porque no tiraron la toalla ni un solo instante.
Luego ha venido mi turno. El reconocimiento por haber asumido el mando del Meridian Star durante el brote ha terminado en un ascenso inmediato a primer oficial, al menos de manera interina.
Para el resto de los que estuvimos al pie del cañón —incluida Lauren—, la noticia es un alivio: cuarenta y ocho horas de permiso oficial mientras la naviera, los inspectores de Sanidad y los equipos de desinfección toman el control para poner orden en el barco.
Pero el esfuerzo no ha sido únicamente nuestro.
Solo se puede catalogar de impresionante cómo gran parte de la tripulación, incluidos los chicos de animación, se olvidaron de sus contratos para hacer el trabajo de enfermeros o echar una mano en las cocinas, desempeñando cualquier tarea necesaria para que los pasajeros no se sintieran abandonados.
Ellos han sido quienes han logrado que este barco siguiera funcionando cuando parecía que todo se iba a la mierda.
Ahora que estoy en mi camarote, quitándome el uniforme, las palabras del representante de la naviera retumban en mi cabeza. No es la forma en la que quería conseguir este ascenso, pero es lo que hay: el próximo crucero lo haré como primer oficial.
Siento cierto pesar por Norton; no debe ser un trago fácil verse despedido de esa manera, aunque siempre supe que este nivel de responsabilidad le venía grande. La carga del barco no perdona errores.
Me cambio de ropa, deshaciéndome de la pesada chaqueta del uniforme, para ponerme lo poco que tengo de civil: unos vaqueros y una camiseta blanca. Salgo hacia la zona de tripulación y llamo a la puerta de Lauren con suavidad.
Es Callie quien abre. Me mira sorprendida, con los ojos muy abiertos.
—¿Rodrigo? ¿Qué pasa? —pregunta.
Al fondo, Lauren levanta la vista y se queda inmóvil. No es que quiera ser maleducado, pero apenas respondo a Callie; solo tengo ojos para ella.
—¿Habéis recibido las órdenes, verdad? —pregunto, dirigiéndome a ambas, pero manteniendo la mirada fija en Lauren.
—Sí —responde Callie, todavía en el umbral—. Tenemos dos días libres y…
—Lauren —la interrumpo, ignorando el resto—. ¿Podemos hablar?
Lauren se acerca a la puerta sin decir palabra. Callie, al ver que la tensión se puede cortar con un cuchillo, se aparta, coge su bolso y niega con la cabeza, esbozando una media sonrisa.
—Bueno, chicos, yo me largo con Adam a Galveston. Lauren, ya sabes dónde estaremos; dame un toque si te apetece.
Callie sale y cierra la puerta tras de sí. Nos quedamos los dos solos, frente a frente, en un silencio que pesa más que los días que acabamos de dejar atrás.