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Turnaround
Turnaround : El intervalo crítico entre la finalización de un crucero y el inicio del siguiente.
Durante esta ventana de escasas horas, el buque opera bajo una presión logística extrema: el desembarco masivo de pasajeros, la purga de residuos, el reabastecimiento total de suministros y la desinfección integral de las instalaciones se ejecutan simultáneamente.
Para la tripulación, es el periodo de mayor intensidad operativa, donde la fatiga acumulada del viaje previo colisiona con las exigencias del nuevo ciclo, convirtiendo las áreas de servicio en un escenario de tensión permanente donde cualquier error es crítico.
El eco de los tacones de los últimos pasajeros se desvanece en el muelle, dejando tras de sí un silencio que no es paz, sino una tregua cargada de tensión.
El ambiente está cargado con ese aroma artificial a pino y ambientador de hipermercado que el ejército de limpieza siempre deja cuando el pasaje abandona el barco.
Es mi sexto turnaround consecutivo; conozco el ciclo mejor que mi propio nombre.
Sé cuántas horas me quedan antes de que la maquinaria vuelva a devorarme.
Estoy en la cubierta de popa. Es el único lugar donde puedo respirar, el rincón que guarda los fragmentos más felices de lo que Rodrigo y yo hemos construido en estas seis semanas.
Aquí, el tiempo no se mide en horas, sino en la intensidad con la que se vive todo a bordo. Para los de fuera, apenas nos conocemos. Para nosotros, esto ha sido una vida entera comprimida en un abrir y cerrar de ojos.
Pero esta semana, todo se ha descontrolado de una manera que hace apenas dos días no podría haber imaginado.
He pasado de disfrutar de cada caricia bajo las estrellas a pensar que solo soy un trofeo más en la colección de un marinero.
El dicho de que tienen un amor en cada puerto se queda corto; en el caso de Rodrigo, parece tener uno en cada departamento de este puto barco.
Pero lo que más me quema no es lo que me advirtieron Callie o Miriam, sino mi propia estupidez.
Fui yo quien cerró las puertas a todos los demás.
Rechacé a Adam y marqué distancias con el resto, convencida de que me había tocado la lotería desde el minuto uno.
Nada más llegar, el oficial por el que todas suspiraban se fijó en mí, me reclamó como si fuera su territorio y yo, orgullosa, me dejé seducir por la idea de ser su constelación de estrellas.
Joder, me lo creí tanto que no tuve ojos para nadie más. Si Sheryl o Anne May estuvieran aquí, tendría que tragarme cada uno de los sermones y reproches que les solté en su día por caer exactamente en lo mismo.
Rodrigo aparece en la cubierta unos minutos después. Viene con el uniforme de gala y está tan guapo que me duele. No me mira a los ojos, y ese detalle me adelanta por dónde van a ir los tiros.
—Tengo poco tiempo —dice al llegar—. Norton es un incompetente y no quiero que, por su culpa, se retrase la revisión del puente.
—Claro —respondo, intentando mantener el tipo—. Entonces será mejor que no perdamos más tiempo.
Nos quedamos callados. Ahora sí me mira, pero su postura —brazos cruzados, labios apretados— me deja claro que lo más sensato sería dejar la conversación aquí. Pero él tiene otros planes.
—Supongo que estarás encantada con el nuevo embarque —suelta con una sorna que me hace torcer el gesto—. He visto que sube una familia platino de Texas. Debe ser el tipo de gente que te pone, ¿no?
Ladeo la cabeza, sin entender hacia dónde va.
—¿De qué coño estás hablando, Rodrigo?
—Ya sabes: mucha pasta. Gasolineras, petróleo, toda esa mierda. Aunque los hijos son un poco jóvenes. El mayor solo tiene quince años… Qué pena, ¿no?
—No puedo creer que me estés diciendo esto.
—Solo te informo. No son como los hijos del señor Von Hindenburg. Estos están un poco verdes, pero quién sabe, quizás podrías…
—¿Podría qué? ¿Qué estás insinuando?
—No insinúo nada. Te vi despidiéndote de uno de los Von Hindenburg. Podrías haberte cortado un poco, ¿no crees?
Me cubro la cara con ambas manos, incapaz de entender el giro que ha dado la conversación en un momento.
—¿Todo esto es porque estás celoso de que un pasajero haya sido amable conmigo? ¿En serio?
—Celoso no. Los celos son sospechas injustificadas. Yo sé lo que he visto y… sé lo que me han contado.
Rodrigo se cruza de brazos y, a pesar de mi incredulidad, el tono en el que me lo suelta no deja lugar a dudas: está convencido de lo que dice.
—No tengo ni puta idea de lo que hablas. Lo único que has podido ver es cómo hago mi trabajo. Estoy en Atención al Cliente, ¿de acuerdo? Y respecto a lo que te han dicho… ¿quién?
—No tiene importancia. Al menos, ya no la tiene para mí.
Si me pincharan ahora mismo, no me saldría ni una gota de sangre. Por fin lo entiendo: Rodrigo está convencido de que le he sido infiel y se ha tragado cualquier basura que le hayan vendido.
—Por supuesto que tiene importancia —le rebato—. Si alguien va diciendo mentiras sobre mí, tiene toda la importancia del mundo.
—¿Eso es lo que te preocupa? ¿El qué dirán?
—Me preocupa porque es mentira. Así que dime, ¿quién te ha contado eso?
—No necesito que nadie me cuente nada. Lo he visto. Sé cómo son las chicas como tú y qué es lo que vienen a buscar cuando entran a trabajar a un crucero.
La sangre me sube a la cabeza con tanta fuerza que siento que voy a estallar. Que precisamente él, con su historial de ir saltando de camarote en camarote por toda la tripulación, tenga la desfachatez de juzgarme a mí, es el colmo del cinismo.
—Eres un narcisista —digo, escupiendo cada palabra—. Yo solo hacía mi trabajo, y me estás acusando de algo que tú haces por deporte. Si te has cansado de mí, no te preocupes; me ha quedado claro que no voy a perder ni un segundo más con alguien como tú.
Doy media vuelta, apretando los puños con impotencia hasta que me duelen, y me alejo a zancadas hacia la puerta estanca que da a los pasillos interiores.
—Lauren —escucho a mis espaldas—. Espera.
—No, Rodrigo —digo sin volverme—. Que te den.