Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 47
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Lauren

—Rodrigo.

Mi voz sale apenas como un susurro, pero él reacciona al instante.

Rompe el paso frenético que llevaba y se queda quieto, girándose hacia mí.

Por un instante, el eco metálico de mis propios pasos y el murmullo lejano del sistema de ventilación parecen apagarse, como si alguien hubiera bajado el volumen de toda la nave.

Estamos en un pasillo de la cubierta A, un corredor estrecho, de paredes industriales y luces fluorescentes que parpadean.

Sin embargo, de repente, el entorno pierde importancia.

Llevo bajo el brazo el manifiesto de tripulantes actualizado que Florencia me ha exigido a gritos, y sé que me estará esperando en recepción con los nervios a flor de piel.

Miriam y Tanisha estarán lidiando con el caos del desembarco, pero en esta parte del barco, en sus entrañas, el aire es distinto. Rodrigo no debería estar aquí; si ha bajado del puente es porque el protocolo de atraque lo requiere con la misma urgencia que a mí.

Debería seguir adelante. Debería ignorarlo y desaparecer por la siguiente escotilla.

Pero mis pies no se mueven, y los suyos tampoco.

Sus ojos se quedan fijos en los míos, y es imposible no recordar lo que pasó hace apenas unas horas en mi camarote: el eco de nuestra discusión, el desorden, y esa forma salvaje en la que nos buscamos, como si quisiéramos hacernos daño para sentir algo real.

Si la vida en el mar se magnifica, si cada roce a bordo se mide diez veces más intenso que en tierra, esto es una descarga de alta tensión.

Pero nuestra realidad siempre es esta: el tic-tac constante de las guardias, la fatiga acumulada y la tiranía de unos horarios que nunca nos dejan espacio.

A bordo de este barco, todo es demasiado rápido, demasiado intenso, una carrera contra el reloj que nos consume.

—Lauren —responde él.

No hay más que decir. Es como si el acero que nos rodea actuara de imán, ignorando cualquier barrera. Doy un paso hacia él y Rodrigo, sin dejar de mirarme ni un solo segundo, me sujeta de la cintura y me atrae hacia su cuerpo.

El beso es rápido y profundo, tan urgente como la situación que nos ha llevado hasta este momento. Es un desahogo que nos permite reconocernos en mitad del caos, un instante de pausa que dice mucho más que todo lo que nos hemos callado estas semanas.

—Lauren, yo… —empieza a decir—. Tengo que irme. El capitán…

—Sí, corre —le corto—. Florencia me espera también.

—¿Podremos hablar luego?

—Sí, deberíamos.

Nos separamos con la misma urgencia con la que nos hemos fundido en ese beso.

Sin añadir una palabra más, nos miramos una última vez antes de tomar caminos opuestos, cada uno a cumplir lo que nos han ordenado, perdiéndonos en la inmensidad metálica del barco.

Cuando llego a la recepción, el caos es peor que en cualquier otro día de desembarco que recuerde.

El ruido es ensordecedor; las protestas suben de volumen conforme los pasajeros se amontonan frente a las salidas, atrapados en la incertidumbre.

Mis compañeras reparten hojas de reclamaciones como si fueran golosinas, y la pobre Florencia, al frente de todo, parece al borde del colapso.

Por un segundo, incluso ella me da pena.

Al fondo distingo a Lydia y a sus amigos. El grupo mantiene un perfil bajo comparado con el caos generalizado que nos rodea. Cojo un fajo de formularios y me dirijo hacia ellos, tratando de esquivar los gritos de los pasajeros más alterados.

—Chicos, lo siento muchísimo —les digo, intentando mantener la compostura—. Os aseguro que esto no es lo normal. No había pasado nunca, según me cuentan mis compañeros.

—No te preocupes —me tranquiliza Lydia, con una media sonrisa—. Al menos los tres primeros días disfrutamos muchísimo. El barco es una maravilla y lo hemos pasado muy bien.

—Además, esto no es culpa tuya —añade Alice, cansada—. Estas cosas pasan.

Josh, que permanecía un paso por detrás observando la marea de pasajeros con una calma casi profesional, se acerca a nosotras y rodea a su chica por la cintura, apoyando la barbilla en su hombro.

—Alice tiene razón, Lauren —dice con tranquilidad—.

He pasado por situaciones así en cabina, cuando las condiciones o los fallos técnicos obligan a desviar un vuelo.

Y también hemos hecho frente a alguna urgencia sanitaria; una vez un pasajero entró en parada cardíaca en pleno vuelo.

Cuando tienes a trescientas personas a bordo entrando en pánico, te das cuenta de que el protocolo es lo único que mantiene el orden.

Alice lo mira con sorpresa, arqueando una ceja.

—¿En serio, cariño? Eso no me lo habías contado nunca.

Josh le devuelve una sonrisa y le besa la sien.

—Fue hace muchos años, en un vuelo a São Paulo. Una pesadilla. Pero al final aprendes que el caos siempre se gestiona mejor desde la serenidad.

Ethan, el marido cirujano de Lydia, que hasta ahora se había mantenido en silencio, asiente dándole la razón a su cuñado.

—Habéis estado trabajando muy duro, Lauren. Una intoxicación como esta puede ocurrir. Lo importante es que no hay enfermos graves, solo pasajeros descontentos porque habrán pagado mucho por sus vacaciones.

—Muy descontentos —contesto, dándole la razón.

—Es lógico —añade, con un gesto de aprobación con la cabeza—.

Y ahora, imagino que la naviera se va a encontrar con más de una demanda en los próximos días, pero tengo que decirte que has manejado la situación con mucha profesionalidad.

Ahora deja que sean los abogados y las aseguradoras quienes se encarguen del desastre.

Lydia asiente, apoyando la mano en el brazo de Ethan, mientras el bullicio a nuestro alrededor sube un par de tonos.

—No te preocupes por nosotros —repite Lydia—. De todas maneras, este viaje nos ha salido casi gratis. Hemos tenido mala suerte, pero repetiremos en otra ocasión, ¿verdad, Ethan?

—Eso espero, chicos —respondo con un suspiro, agradecida por la comprensión de todos—.

Escuchad, para los trámites rellenad estos formularios de reclamación y entregadlos en el mostrador central antes de bajar a la terminal; es el único modo de que la naviera procese vuestra compensación rápido.

Os recomiendo que los dejéis listos ahora mismo para evitaros horas de cola al salir.

Les entrego los documentos y, mientras los guardan, les dedico una última mirada.

—Disfrutad del resto del día, aunque sea en tierra. Ha sido un placer veros.

Los observo mientras se alejan hacia la zona de despacho con una calma que me devuelve un poco el aliento. Me giro, ajusto el uniforme y, antes de que Florencia empiece a gritar mi nombre de nuevo, me sumerjo de lleno en el caos del mostrador.