Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 46
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Rodrigo

La maniobra de atraque en Galveston es un ejercicio de precisión bajo una presión que no figura en ningún manual de la compañía.

Por protocolo, esta tarea de aproximación le correspondería al capitán, pero Price está pagando el peaje físico de las últimas horas; sostiene el vaso de café entre las manos y observo cómo le tiembla el pulso al intentar mantener la estabilidad frente a los mandos.

A su lado, Norton supervisa la estiba con la mirada vidriosa y perdida, todavía arrastrando los estragos de la intoxicación que ha arruinado la travesía.

Ninguno de los tres decimos una palabra más de lo estrictamente necesario, limitándonos a ejecutar cada comando mientras las revoluciones de las máquinas bajan de forma paulatina.

El puente de mando es, ahora mismo, una especie de cámara de vacío donde solo resuena el peso de las consecuencias.

Lo que nos espera en cuanto los cabos estén firmes a muelle marcará nuestro futuro profesional.

Los inspectores de Sanidad no vendrán a hacer preguntas de cortesía; vendrán a buscar un culpable.

La naviera intentará que los seguros cubran el desastre económico, pero todos somos plenamente conscientes de que el foco de la auditoría se centrará en nuestras responsabilidades directas sobre el terreno.

—¿Qué crees que pasará en cuanto atraquemos, Rodrigo? —pregunta Norton, rompiendo el silencio con la voz ligeramente quebrada.

Está pálido, casi gris bajo el brillo verdoso de los monitores de navegación.

Intenta disimular el temblor de sus manos apoyándolas en la consola, pero está aterrorizado, y con razón: gran parte de la supervisión de las cámaras frigoríficas y la estiba de los suministros ha dependido directamente de él en este viaje.

Al verlo ahí, tan superado por la situación y al borde del colapso, no puedo evitar sentir cierta compasión; sé de sobra que, en cuanto los auditores crucen la puerta de embarque, su gestión va a estar en el centro de todas las miradas.

Me muevo con paso lento hacia la palanca de empuje, ajustando los mandos para mantener el barco al ralentí contra el muelle.

No le miro a la cara; no quiero ver el reflejo del miedo en sus ojos.

Su pánico es un problema del que no puedo ocuparme ahora mismo, con la maniobra todavía pendiente de asegurar y la tripulación al límite.

—Lo que marca el protocolo, Norton —respondo, bajando la voz—. Nos someterán a una auditoría inmediata. El equipo de crisis de la naviera ya está en el muelle.

El Capitán Price, que hasta ahora parecía ajeno a nuestra conversación, se endereza. A este hombre no se le escapa nada. Tiene más millas a sus espaldas que todos los del puente juntos.

—¿Auditoría? —interviene, dejando la taza sobre la consola con dificultad por el temblor de manos—.

Eso es quedarse corto. Van a desmontar este barco pieza por pieza hasta encontrar a alguien a quien sacrificar.

Buscarán el origen de la contaminación en las cámaras, en los registros de entrada de mercancía y en la cadena de frío.

—Pero eso es competencia del Departamento de Cocina, señor —tartamudea Norton, buscando desesperadamente cualquier vía de escape—. La cadena de frío y…

—La cadena de suministro es una responsabilidad compartida, oficial Norton —lo corta Price con frialdad—. Pero sí, el jefe de cocina será el primero en caer.

—¿A qué se refiere con «responsabilidad compartida»? —insiste Norton, cada vez más nervioso.

Escucharlo preguntar eso me produce un vuelco en el estómago. Price no necesita ser más explícito; el mensaje está ahí, flotando en el aire. La naviera no buscará justicia, buscará una cabeza visible para calmar a los inversores y a los abogados de los pasajeros.

Alguien sobre quien volcar el desastre. Norton no solo ha fallado en su supervisión, sino que ahora, con su insistencia, está cerrando el cerco sobre sí mismo.

Me invade una oleada de lástima al mirarlo.

Siempre he pensado que este puesto le venía grande, que navegaba a la deriva bajo una responsabilidad que nunca supo gestionar, pero verlo ahora así, acorralado y desmoronándose en directo, me resulta difícil de digerir.

Sé que, en cuanto los auditores crucen esa puerta, va a ser el primer señalado.

Es una caída anunciada y, aunque sea fruto de su propia ineptitud, no puedo evitar sentir pena al ver cómo se desvanece su carrera ante mis ojos.

El barco se detiene. El rugido de los propulsores laterales cesa, reemplazado por ese silencio tenso que precede al caos de puerto. Price se endereza, recuperando el gesto rígido de mando.

—Norton —dice, sin mirarlo—. Quédate al mando. Supervisa la conexión de la pasarela y confirma que los auditores tienen acceso total al sistema. No quiero ni una sola incidencia técnica que puedan usar en nuestra contra.

Norton asiente, todavía con la mirada perdida. Price se gira hacia mí.

—Rodrigo, baja a la Oficina de Administración. Necesito que entregues en mano el registro de carga y la copia del cuaderno de bitácora al equipo de crisis. Hazlo por el pasillo técnico de la cubierta A. No quiero que te vean paseando por las zonas comunes con documentación oficial.

—Entendido, señor —respondo.

Salgo del puente y camino rápido, bajando por las escaleras de servicio hacia las entrañas del barco.

El silencio aquí es distinto, denso, y solo parece romperse por el zumbido constante de los generadores.

Mientras doblo la esquina hacia el pasillo que comunica con la zona de administración, mis pasos se frenan al toparme con ella.

Lauren está ahí, inmóvil al verme, como si hubiera estado esperando este instante tanto como yo. El caos del puerto parece desvanecerse poco a poco, dejándonos a solas en la penumbra técnica del pasillo.

No hay palabras, solo el aire tenso que nos separa y la urgencia de estar en un lugar donde no deberíamos cruzarnos.