45
Lauren
Con el puerto de Galveston recortándose por fin en el horizonte, la recepción es un hervidero donde los pasajeros ya han dejado atrás las preguntas para empezar a exigir respuestas a gritos.
Florencia aguanta tras el mostrador con el rostro más pálido que su propio uniforme, mientras Tanisha y Miriam se multiplican para contener a las primeras filas de una marea humana compuesta por maletas, reclamaciones y caras de pánico que amenaza con desbordarnos por completo.
En realidad, todo el barco debe ser desinfectado. El equipo de limpieza, tanto el interno como el que espera en tierra, está listo para entrar como un ejército en cuanto el último pasajero ponga un pie fuera.
Florencia ha intentado dejarme las directrices claras, pero la situación me viene grande y siento que el agua me llega al cuello.
Nada de esto tendría que haber estallado así, y mucho menos tocarnos a nosotras cargar con todo el peso de este desastre mientras aguantamos en primera línea de fuego; comprendo perfectamente que a esa gente le hayan reventado las vacaciones, pero no vinimos aquí para servir de saco de boxeo de nadie.
Mientras sigo preparando formularios, veo a lo lejos a Lydia y sus amigos. Parecen bastante recuperados. Desde la distancia me lanzan una sonrisa de ánimo que no me sirve de mucho, aunque que les agradezco devolviéndoles un guiño.
Me pongo en modo piloto automático, pero mi mente se fuga inevitablemente a hace tan solo unas horas.
Ni siquiera el caos de la recepción me permite olvidar el rostro de Rodrigo en el reflejo del espejo de mi camarote. Su cuerpo detrás del mío, su mano tapándome la boca mientras me follaba y ese «te amo» final. No lo entiendo. La situación empieza a volverse ridícula.
Me obligo a borrar la imagen. Respiro y me centro en mi trabajo.
—Lauren, el capitán pregunta por el reporte de movilidad para el desembarco —dice Florencia con voz cansada, tendiéndome el auricular mientras niega con la cabeza—. No puedo…
—Dámelo —le respondo, quitándole el aparato de las manos—. No te preocupes.
Sostengo el teléfono sabiendo de sobra que, al otro lado, en el puente de mando, es Rodrigo quien maneja la maniobra de aproximación y el atraque.
—Puente a Recepción. Florencia, necesito confirmación de que la zona de desembarco para los pasajeros con síntomas está despejada.
—Su voz llega a través del altavoz convertida en pura autoridad, fría y cortante—.
La autoridad portuaria exige una evacuación médica inmediata nada más atracar y no dispongo de margen para mantener el barco parado.
—Puente de mando, aquí Lauren Hall —respondo, esforzándome para que mi voz no traicione el temblor que siento en el pecho—.
Florencia no está en condiciones de atender el puente ahora mismo.
El reporte de movilidad está listo. Estamos evacuando a los afectados con prioridad, tal como solicita el servicio médico.
Al otro lado se hace un segundo de silencio tras un leve ruido en la línea y, en esa pausa, advierto al instante que se ha quedado descolocado al escuchar mi voz.
Se me encoge el ánimo en el pecho; de pronto, el eco de lo que ha sucedido hace unas horas en mi camarote golpea con muchísima más fuerza que la verdadera urgencia del atraque.
Luego, otra pausa antes de que vuelva a hablar. Por un segundo, su voz vacila.
—Entendido —responde, recuperando el control—. Lauren, necesito que el pasillo A esté despejado. Hay un par de pasajeros con complicaciones que requieren traslado directo a urgencias en cuanto toquemos el muelle. No quiero esperas ni bloqueos.
—Recibido. El equipo de seguridad y nosotras mismas nos encargamos de despejar la vía principal ahora mismo —respondo, asumiendo el control operativo.
—Bien. Asegúrate de verificar que el perímetro del sector esté bien controlado para que no se nos colapse el resto de la cubierta durante la evacuación. Mantened el ritmo y notificadme en cuanto esté libre. Cambio y fuera.
Cuelgo el auricular y me concentro de inmediato en transmitir las nuevas instrucciones al personal de tierra y a los auxiliares que siguen bloqueados en la zona de tránsito.
Estoy deseando que este maldito crucero de pesadilla termine de una vez por todas, que hasta el último de los pasajeros baje del barco, que los motores se apaguen por fin y poder refugiarme en mi camarote para dejar de temblar por dentro.