Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 44
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Recepción Privada Diamon nada grave.

Hemos tenido lo que podríamos llamar nuestra primera pelea de pareja.

Ahora, mientras me encamino a su camarote para intentar arreglarlo, ni siquiera recuerdo los motivos que la desencadenaron.

Hizo alguna alusión a las nuevas chicas de animación, como si yo tuviera ojos para nadie más que no fuera ella.

En realidad, me pareció adorable esa pequeña muestra de celos.

Pero después, justo cuando estábamos quedando para cuando terminaran nuestros respectivos turnos, dijo algo que me puso de mal humor.

Sí, ahora recuerdo el motivo exacto: insinuó que todo lo que le he dicho es lo mismo que les digo a las otras.

Vale, he sacado el sarcasmo y la ironía para picarla.

Me he regodeado en mi pequeña victoria de saber que ella también se pone un poco celosa por mí.

Quizás ha sido inmaduro por mi parte dejarle creer, aunque solo sea por un microsegundo, que las demás mujeres que trabajan en el barco me importan lo suficiente como para mirarlas más de dos segundos seguidos.

Quizás debería haberla besado en el crew piggy , con las estrellas iluminando su cara y el océano como testigo, y haberle dicho justo eso: que no hay nadie para mí en este barco ni en toda la puta Tierra que pueda hacerme dudar de lo que siento.

Debí decirle que, aunque solo llevamos un mes juntos, ha sido tan intenso y real que todo lo demás me parece insignificante.

Debí haberle dicho muchas cosas antes de verla marcharse enfadada.

Ahora, dos horas después y con mi turno terminado, quizás pueda decirle lo que antes me he callado.

Échale huevos, imbécil.

Me planto en la puerta de su camarote y, justo cuando voy a tocar con los nudillos, la puerta se abre.

—Callie —digo, mirando por encima de su cabeza hacia dentro del camarote—. He estado a punto de golpearte en la cabeza. ¿Y Lauren?

—No está.

—Ah… ¿Sabes dónde para? Habíamos quedado para…

—Ha pedido turno voluntario para la cena privada del señor Von Hindenburg. Florencia necesitaba a alguien y ella se ha ofrecido en cuanto lo ha oído.

—¿Voluntaria? —la interrumpo, descolocado—. Pero si teníamos planes.

Callie se encoge de hombros con una media sonrisa.

—Ya sabes cómo es la recepción Diamond habíamos quedado y necesito arreglar la estúpida discusión de antes, soltarle de una vez todo lo que llevo dando vueltas en mi cabeza.

Cruzo a zancadas los pasillos de moqueta gruesa que llevan al área exclusiva, dejando atrás el ruido de las cubiertas comunes para adentrarme en la zona donde se mueve el dinero de verdad.

Aquí el ambiente cambia por completo: las paredes de madera noble relucen bajo los apliques dorados y todo respira esa tranquilidad artificial que solo da tener la cuenta bancaria llena de ceros.

No la estoy espiando, no quiero ser ese tipo de tíos que no deja espacio a su chica, que vigila sus movimientos y desconfía. Pero mi historial con Ingrid… Joder, esa tía me debió dejar más tocado de lo que quiero reconocer.

Entro en la recepción y la veo al final de la barra.

Ahí están el señor Von Hindenburg y sus hijos, mezclados con otros nuevos ricos que reconozco al instante: uno de ellos es el típico dueño de un famoso concesionario de coches que empapela las vallas publicitarias de medio país con anuncios horteras de grandes descuentos.

Son de esos que se han forrado vendiendo utilitarios a plazos y ahora se pasean por los cruceros de lujo creyéndose de la alta sociedad.

A su alrededor, un grupo de señoras cargadas de joyas relucientes le sonríen con coquetería al mismísimo capitán, riéndole las gracias como si fuera poco menos que una eminencia mundial.

Las botellas de champán francés corren por las mesas mientras una de ellas gesticula con una copa entre los dedos.

Y cruzando esa línea de miradas falsas y sonrisas de cartón también está ella.

Lauren le devuelve una carcajada a uno de los hijos de Von Hindenburg mientras el tío se le echa encima disimuladamente, hablándole demasiado cerca, con esa confianza de los que creen que pueden comprarlo todo.

Y ella, tan metida en su papel, ni se entera de que estoy ahí.

Tanto que ni siquiera se percata de mi presencia.

He tenido bastante; un segundo más viendo esta mierda y voy a perder los papeles.

Doy media vuelta y salgo de la recepción, chocando casi con Norton en la salida sin importarme lo que balbucea.

Arranco a zancadas hacia mi camarote, tragándome la bilis, y cierro la puerta tras de mí lo suficientemente fuerte como para que el ruido me devuelva de golpe a la realidad.