Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 43
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Rodrigo

Sé que no debería estar pensando en ella. Ingrid abandonó este barco y mi vida hace más de un año.

La tengo superada, o eso me repito cada vez que el recuerdo se cuela en mi cabeza.

Sin embargo, la historia se repite con una precisión que me pone enfermo: un año después, he vuelto a caer con alguien que me hace exactamente lo mismo.

El mismo juego, la misma traición, la misma manera de echar todas mis expectativas por la borda.

Aunque, siendo exactos, lo que tiró por la borda fue mi capacidad de confiar. Me dejó el corazón hecho trizas y abandonó el barco como una…

Joder, durante estos últimos doce meses he vivido aquí como un novato otra vez. Disfrutando de los placeres de una vida sin más compromiso que el océano y más responsabilidades que los galones de mi uniforme.

Mi única ambición y objetivo es llegar a capitán antes de los treinta. Lo tenía todo bajo control hasta que Lauren subió al Meridian y desordenó todo lo que había construido.

—Termina la frase, Rodrigo —me exige, agarrándome del brazo para obligarme a mirarla—. ¿Igual que quién?

Es curioso cómo cambian los sentimientos en un suspiro. Lauren tiene ese efecto: paso del odio al deseo sin escala. Pero ahora, la expresión en su rostro es pura decepción. La risa de hace un momento ha desaparecido, y sus ojos solo reflejan dolor.

Eso es lo que me está matando.

Puedo soportar que me odie, que me desafíe, que me desprecie; lo que no puedo soportar es ser el motivo de ese brillo en sus ojos.

—No sé cómo hemos llegado a esto —respondo, esquivando la pregunta.

Porque no quiero entrar ahí. Sé que hurgar en esta herida solo nos llevaría a hacernos más daño.

—Las cosas se hablan, Rodrigo —insiste, sin soltarme el brazo.

—Será mejor que me marche.

Escucho sus protestas mientras salgo del camarote sin mirar atrás y me alejo con la vista clavada en el suelo del pasillo, caminando hacia el puente de mando como si el aire me pesara una tonelada.

De pronto, noto unas manos que me agarran por los hombros y me obligan a frenar. Al levantar la vista, me encuentro con Callie.

—¡Eh, marinero, mira por dónde pisas!

—Callie… Hola. Yo… iba al puente —balbuceo, sintiéndome desubicado—. Tengo que relevar a Price y Norton para la maniobra de aproximación a Galveston.

La miro y veo en su cara una extrañeza que me confirma lo evidente: se me nota nervioso y me estoy justificando demasiado. Mi mente sigue atrapada en el camarote y, ante mi silencio atropellado, ella se detiene a observarme.

—Rodrigo, ¿qué te pasa?

Callie me conoce demasiado bien. Basta una mirada suya para saber que algo va mal. Me fastidia mentirle, pero ahora mismo no tengo energía para dar explicaciones. Solo quiero mi puesto, el ruido de los motores y el control de la navegación.

—Nada, solo me marcho. Venía de… —Hago un gesto vago con el pulgar hacia el fondo del pasillo—. Nos vemos luego.

Callie se queda callada, pero me sujeta del brazo antes de que pueda escabullirme.

—Rodrigo, sabes que estoy aquí para lo que sea, ¿verdad? Solo tienes que hablar.

—Gracias, Call. Hasta luego.

Me suelto con delicadeza y retomo el camino hacia el puente. Mientras avanzo, mi mente viaja inevitablemente a hace dos meses, al momento exacto en que todo empezó a torcerse.