42
Lauren
¿Acaba de decir lo que creo que he oído? ¿En serio ha soltado un «te amo»? ¿Otra vez? Todavía intento recuperar el aliento tras el orgasmo, con la falda amontonada en la cintura, las bragas rotas en el suelo y mi dignidad pisoteada, ahí, justo al lado de mi ropa interior.
—¿Qué cojones acabas de decir? —le suelto, volviéndome hacia él.
Rodrigo ni siquiera me mira. Se abrocha los pantalones y se ajusta la camisa con una calma que me hierve la sangre, como si no acabara de lanzar una bomba justo cuando todavía me tiemblan las piernas.
—¿A qué te refieres? —responde, ajustando los botones frente al espejo—. No he dicho nada.
—¿Nada? No me jodas, Rodrigo. Lo he escuchado perfectamente —le replico, incapaz de asimilar su cinismo—. Tenía tu boca pegada a mi cuello, ¿sabes?
—No he dicho nada, Lauren. Te habrás confundido con uno de tus propios gemidos —dice, clavando sus ojos en los míos—. Y, por cierto, de nada por eso.
Recojo las bragas del suelo y me separo de él; no quiero ni mirarle a la cara, porque en este momento sería capaz de volver a soltarle una bofetada.
Lo malo es que mi dignidad no se puede recoger del suelo igual que mi ropa interior; esa se ha quedado enterrada mucho más abajo, y lo que más me jode es haber sido tan débil, haber caído a las primeras de cambio.
—Lo he escuchado perfectamente —susurro entre dientes—. Maldito gilipollas.
—Perdona… ¿Qué has dicho?
No hay marcha atrás y me da igual perder este puto trabajo o las consecuencias que mis palabras puedan acarrearme.
He estado callada semanas por miedo, por no arriesgarme, pero Lauren Hall no se achanta por un tío.
Por muy bueno que esté, por muchos galones que tenga en esa puta chaqueta blanca impoluta…
—He dicho que eres un maldito gilipollas —me envalentono, apuntándole directamente al centro del pecho con el dedo—. Y me dan igual las represalias o lo que puedas hacerme.
—¿Represalias? No digas tonterías, Lauren —exclama él, indignado—. Sabes que no soy esa clase de tío.
—De acuerdo —digo, relajándome y ajustando mi chaqueta—. Pues entonces me vas a oír.
Rodrigo se cruza de brazos, se apoya contra el borde de la litera inferior, cierra la boca y veo que me presta toda su atención.
Yo tengo demasiadas cosas que decir y esta vez no pienso callarme nada.
—En primer lugar, por mucho que intentes disimularlo, te he escuchado. Tenía tu boca a dos centímetros de mi oreja —me señalo el cuello—. No estoy sorda. Has dicho «te amo».
Me quedo observándolo. Desvía la vista, se muerde el labio y suelta un suspiro profundo. El silencio es un muro que no puede derribar; está claro que quien calla, otorga, y me apunto este primer tanto.
—Ya habíamos terminado —continúo—. Ya me habías follado, que era lo único que buscabas desde el principio. Otro trofeo para tu colección. Así que ahórrate el love bombing , ¿de acuerdo? —le digo con desprecio—. No te hacía falta antes y mucho menos ahora.
—¿ Love bombing ? ¿Qué estás diciendo? —reacciona él—. La que debería ahorrarse la psicología barata eres tú. No tienes ni idea de lo que hablas.
—Claro que sé de lo que hablo y eso es exactamente lo que haces. Es tu modus operandi . Me enseñas las estrellas, me hablas de todo lo que sientes, ¿para qué? Para echarme un polvo no hacía falta que me manipularas de esa manera, oficial Alana. No soy una cría.
—¿Que yo te manipulo? —contraataca él, dando un paso hacia mí—. ¿Y qué me dices de ti?
—¿Qué pasa conmigo? Venga, ilumíname.
—¿A quién le habías echado el ojo en este crucero? —suelta sin dejar de mirarme, con un tono que roza el insulto.
—¿El ojo? Yo solo estoy aquí para trabajar.
—Claro, por eso haces visitas a los camarotes de la cubierta seis fuera de horario, ¿verdad?
—suelta con sorna, apoyándose contra la pared—.
He revisado el manifiesto de pasajeros y he visto tus nombres preferidos: un cirujano millonario de Los Ángeles y un comandante de vuelo.
Aunque ten cuidado, porque el piloto viene con pareja, y no quiero tener que lidiar con las quejas de las pasajeras porque tú te pases de la raya en tus labores de…
—Hace el gesto de las comillas en el aire con los dedos— … «Atención al Cliente».
Me quedo helada un segundo. La rabia se esfuma de golpe ante una revelación que me deja sin argumentos.
Empiezo a reír, una carcajada que va creciendo mientras proceso la escena: su tono, su investigación, el hecho de que se haya tomado la molestia de rastrear el manifiesto solo por mí.
En el fondo, me resulta incluso enternecedor.
—¿De qué te ríes? —pregunta él, irritado por mi reacción.
—¡Estás jodidamente celoso! —exclamo, sin poder borrar la sonrisa de mi cara al ver cómo se tensa.
—¿Celoso? Sigue soñando, bonita.
—Entonces dime… ¿Qué clase de manipulación es esta? A ti qué más te da lo que yo haga en la cubierta seis. Solo soy otra cualquiera, ¿no? Como todas las chicas que te tiras en este crucero.
—Efectivamente —dice él, bajando la voz—. Eres igual que…
Se calla y a mí se me corta la sonrisa de inmediato, porque soy consciente de que no quiere decirlo, pero tengo la sospecha de saber con quién me está comparando.