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Rodrigo
Hacía meses que mi cuerpo no sabía lo que era dormir ocho horas seguidas.
En cuanto caí en la cama, el agotamiento acumulado y el estrés de los últimos días me pasaron factura, dejándome fuera de combate.
Es irónico; pensaba que el último encuentro con Lauren me provocaría el insomnio habitual que arrastro tras cada una de nuestras discusiones, pero esta vez la fatiga pudo más que el rencor.
Price y Norton ya están operativos, así que mi breve mando de emergencia ha llegado a su fin.
Tengo órdenes directas de no retomar mi puesto hasta el mediodía, momento en el que deberé supervisar la maniobra de aproximación y el practicaje para el atraque en el puerto de Galveston.
Por fin vamos a poner fin a este crucero de mierda.
Solo recuerdo una crisis sanitaria similar el año pasado, cuando un brote de norovirus dejó a medio barco en cuarentena, pero aquello ocurrió al final de la travesía y el caos fue manejable.
Esto, en cambio, ha sido un naufragio administrativo en toda regla.
Son apenas las diez. Tengo un par de horas de respiro antes de volver a mi rutina de segundo oficial.
Price y Norton ya han cubierto la guardia nocturna, devolviendo al puente ese equilibrio de mandos que tanto necesito para mantener la cabeza fría, antes de que Lauren aparezca y lo dinamite todo de nuevo.
Subo al wardroom con el estómago vacío. El comedor de oficiales es un desierto de mesas vacías y silencio sepulcral.
Solo veo a un par de ingenieros de máquinas con los monos de trabajo atados a la cintura, las camisetas blancas rozadas por el hollín y la misma cara de haber sobrevivido a una guerra que debo de tener yo.
Adela está reponiendo las estaciones de café y los restos de un bufé que hoy da lástima ver. Todo está bajo mínimos; la abundancia habitual del Meridian Star ha sido sustituida por lo estrictamente necesario para mantenernos en pie.
—Rodrigo —me saluda Adela con voz pastosa mientras desliza una bayeta por el mostrador—. ¿Cómo estás?
—Sobrevivo, por ahora. ¿Y tú? —respondo, forzando la única sonrisa que soy capaz de gestionar a estas horas.
Me cae bien Adela. Llevamos dos años encadenando contratos y es de las pocas personas que conoce mis horarios de guardia mejor que el propio sistema; siempre se las apaña para guardarme un postre en la recámara cuando sabe que mi turno se va a alargar más de la cuenta.
—Harta de ver caras pálidas —suspira.
Deja el trapo a un lado para acomodar una bandeja de fruta que hoy, en lugar de la abundancia habitual, parece un botín de guerra.
—¿Cómo va el ambiente por la cocina? —pregunto, más como amigo que como segundo oficial.
—Pues, si te digo la verdad, esto ha servido para retratar a los «listos» de restauración.
Me detengo con la cafetera en la mano y arqueo una ceja.
—¿A qué te refieres?
Adela se inclina sobre el mostrador, bajando la voz con un brillo de complicidad en los ojos.
—Ya sabes cómo funciona esto. La tripulación tiene prohibido tocar el marisco de las cenas de gala, pero la otra noche más de un camarero se creyó cliente Platino y decidió darse un festín a escondidas.
—Vaya —murmuro, comprendiendo por dónde va el asunto—. ¿Tantas bajas tenemos?
—Demasiadas, Rodrigo. Ha sido un desastre —asiente ella, pasándose una mano cansada por los ojos para disimular las ojeras—.
Ahora mismo el medical center parece una reunión de personal fuera de turno.
A esos idiotas se les va a caer el pelo en cuanto Dupont recupere las fuerzas para empezar a tramitar los despidos.
Dejo atrás a Adela con cualquier excusa y me escabullo a una mesa en el rincón más alejado, buscando el anonimato que solo el silencio de este barco puede darme. No quiero hablar con nadie. No quiero pensar.
Pero entonces, ella decide entrar.
Lauren camina con una energía que me irrita y me fascina a partes iguales. Parece descansada. Verla bien, sin esa palidez que arrastran los demás, me provoca una sonrisa involuntaria que me apresuro a borrar.
Detrás aparece Adam Fox, rodeando sus hombros con una familiaridad que me enciende la sangre.
El humor se me tuerce de golpe. ¿Qué cojones hace aquí?
Adam es personal de staff ; su lugar es el crew mess , no el wardroom .
Y, desde luego, no debería estar pisando este comedor ni mucho menos tocándola así.
Lauren me encuentra con la mirada, pero no hace amago de detenerse. Coge una botella de agua del mostrador y cruza la puerta de servicio seguida por el socorrista.
Debería quedarme aquí. Debería tragarme la rabia en soledad hasta que el nudo del cuello ceda y me deje de quemar la vista.
¿Por qué demonios sigo dejando que me afecte?
¿Por qué me escuece tanto ver que otro tipo la toca?
Debería borrarla de mi cabeza, negarle un solo segundo más de espacio en mis pensamientos, pero el impulso gana a la disciplina.
Así que estrello la bandeja en la estación de retorno y salgo del comedor tras ellos con el pulso a cien por hora.
Los sigo por el pasillo técnico que bordea la sala de máquinas, esquivando a un marinero que arrastra un carro de lavandería por la I-95.
Me detengo justo antes de doblar la esquina que da a las escaleras de servicio de popa.
En la penumbra, los veo. Adam le dice algo al oído; ella responde con una sonrisa radiante, cargada de una luz que hace semanas que no brilla para mí. Es una complicidad tan limpia que siento un dolor agudo en el pecho, como un cuchillo clavado en las costillas.
En cuanto Adam desaparece por el pasillo de la I-95, me acerco a ella.
—Vaya, cómo se nota que los pasajeros platino están todos indispuestos —digo lo suficientemente fuerte para que me escuche, se pare ante su puerta y se gire—. Ahora te juntas con los del staff … Vas rebajando tus estándares.
—¿Qué se supone que estás insinuando?
—¿Insinuar? No insinúo nada, constato un hecho. Los pasajeros VIP están vomitando las ostras de la cena de gala o…—Hago una pequeña pausa acercándome más a ella—. O algo mucho más escatológico, y no pierdes el tiempo, ¿verdad?
—No sigas, Rodrigo, te estás pasando.
—Qué va. Conozco a las tías como tú. Venís a trabajar aquí, y lo primero vais a por los oficiales, claro, pero cuando descubrís que los pasajeros platino tienen tarjetas ilimitadas, subís vuestras aspiraciones.
Con suerte engancháis a algún soltero que todavía sea capaz de tener una erección sin necesidad de tomar las pastillas azules y… ¡Bingo! Futuro resuelto.
Lauren me mira con los ojos encendidos. He dado en el clavo, supongo.
Pero lo que sucede a continuación no me lo esperaba: suelta la mano y me da un bofetón de esos de película en blanco y negro, de los que te cruzan la cara y te dejan el rostro marcado.
El escozor me hace girar la cabeza, pero antes de que pueda procesar lo que acaba de pasar, me sale un impulso que no logro entender.
La arrincono contra la puerta de su camarote y le planto un beso.
No es uno de esos besos de película antigua. Es un choque de labios cargado de rabia y tensión que me deja descolocado incluso a mí. Apenas dura un segundo y me separo de golpe, sorprendido de lo que acabo de hacer.
Me quedo ahí, parado, esperando otra bofetada, que seguramente merezco. Por haber insinuado lo de los pasajeros platino y, sobre todo, por haberla besado sin su consentimiento.
Lauren no se mueve. Me mira fijamente un segundo antes de agarrarme de la camisa con brusquedad, tirando de mí hacia dentro. Sus dedos se hunden en mi nuca y me devuelve el beso con la misma urgencia.
Tropezamos al cruzar el umbral sin romper el contacto, forcejeando con las manos en la ropa entre los cuatro metros cuadrados del pequeño recibidor, hasta que nos estrellamos contra el espejo del tocador.
—Crees que tienes el control —le digo, separándome apenas unos centímetros—, pero el mando aquí lo llevo yo.
La giro de espaldas, le subo la falda y le rasgo la tela de las bragas sin miramientos. Me coloco detrás, la obligo a apoyarse en el cristal y empiezo a follarla.
Hay algo retorcido en esto. Mi cabeza me grita que no puedo soportarla, que debería largarme, pero mi cuerpo tiene otros planes. Estar así, sin mirarla a los ojos, es mi única tabla de salvación. Necesito desahogarme, correrme rápido y terminar con esto antes de que la frustración me coma vivo.
No sé si es un consuelo o una excusa, pero me convenzo de que quiero dejarla a medias, en una especie de venganza estúpida, para demostrar quién manda.
Cierro los ojos con fuerza para no verla, para no dejar que su reflejo me vuelva loco. Pero cuanto más gime, cuanto más escucho su respiración, más me enciendo.
—Cállate —le suelto al oído, tapándole la boca con la mano.
No quiero escucharla. No quiero pensar que le está gustando. Pero cuanto más arquea la espalda contra mí, cuanto más jadea entre mis dedos, más dura se me pone.
La odio.
La odio tanto que me quema. La noto en cada centímetro y su olor me envenena, recordándome que no he dejado de desearla ni un solo puto segundo.
Abro los ojos un instante y me encuentro con su reflejo en el espejo: la camisa abierta, sus pechos rebotando bajo el sujetador. El espectáculo es una trampa mortal. Aprieto sus caderas y la embisto con más fuerza, acompasando el ritmo contra ella mientras el camarote se llena de nuestros jadeos.
Me jode reconocerlo, pero es una diosa.
En esta estúpida lucha por ver quién es más indiferente, aparto la mano de su boca solo para verla tensar los labios e intentar contenerse.
Se niega a demostrarme lo mucho que le gusta, ahogando los sonidos que se le escapan, así que le meto los dedos en el pelo y tiro con fuerza hacia atrás para exponer su cuello y obligarla a arquear más la espalda.
El silencio en el camarote es brutal; solo se escuchan sus jadeos y el golpe rítmico de mi cuerpo contra el suyo.
La miro en el espejo y el espectáculo me desborda.
Su cuello palpitando me provoca. No quiero besarla, solo quiero correrme dentro de ella para demostrarle que esto es solo un polvo más, que no me importa nada y que puedo vivir sin sus ojos azules o sin la necesidad de oler su pelo cada vez que está cerca.
Solo córrete de una vez y déjala con las ganas.
Pero soy un inútil porque solo puedo llegar cuando ella se corre; escucharla así, es lo que me hace estallar en segundos.
Y lo peor no es admitir ante mí mismo lo jodidamente pillado que estoy, es que, además, se lo acabo de demostrar y, mucho peor todavía: lo verbalizo.
—Joder, Lauren —susurro sobre su piel—. Te amo.