Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 40
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Cubierta de camas balinesas

Cubierta de camas balinesas (Solárium VIP). De día: un paraíso de tapicería náutica blanca, champán y ricos buscando un bronceado perfecto. De madrugada: el refugio clandestino de la tripulación cuando el pasaje duerme y necesitas un lugar donde esconderte para romper las reglas.

La celebración se ha alargado más de lo que estipula mi contrato, pero es el peaje de las bodas a bordo: a la banda nos hacen currar el doble.

Mientras mis compañeros recogen los instrumentos, la pista empieza a vaciarse de invitados que desfilan, aferrándose al primer brazo que encuentran. Lo hemos dado todo en el escenario, pero entre canción y canción he jugado mi propia partida, agenciándome las botellas abandonadas en las mesas.

Miro de reojo hacia la esquina: cuento cinco. Con lo que queda en todas ellas me da de sobra para llenar una entera.

Marcus y Leo me dedican una mirada divertida y un guiño cómplice; conocen mis costumbres.

Saben que, después del show , me toca disfrutar de mi propia fiesta.

Casi siempre termino en el crew bar , pero a estas horas los que siguen allí me llevan demasiada ventaja.

Lo más seguro es que estén todos emparejados, y yo no tengo la más mínima intención de irme directa y sola a la cama.

Así que, haciendo malabarismos, trasvaso los restos a una botella limpia que oculto en el bolso.

Ni de coña voy a desperdiciar un Brunello di Montalcino de los caros.

Con el botín a salvo, voy directa al camarote: toca quitarse el vestuario y ponerse algo menos sexy , pero mucho más cómodo.

Lauren está tumbada en la litera cuando entro.

Intento no hacer ruido porque sé que mañana madruga en su puesto, pero yo no pienso tocar la cama todavía.

Tras dos horas cantando los éxitos de los ochenta, necesito una dosis de alcohol urgentemente.

Y no es que no me guste esa música, que me encanta; una cosa es vaciarte los pulmones con algún temazo de Whitney Houston y otra muy distinta cantar La Macarena por tercera vez consecutiva.

Por no hablar del tipo que ha intentado sobarme media docena de veces, creyéndose con derecho a llevarme a la cama como si fuera un extra más del contrato. Empiezo a estar más que harta de que los pasajeros a bordo crean que estamos incluidos en el precio del crucero.

—¿Qué tal la boda? —pregunta Lauren en voz baja desde la penumbra.

El corazón me da un vuelco y me llevo la mano al pecho instintivamente.

—Joder, tía, qué susto. Creía que estabas dormida.

—Lo siento, no quería asustarte —responde ella, girándose sobre las sábanas—. Pero es que me está costando bastante más de la cuenta dormir.

Alargo el brazo y enciendo la luz de cortesía. Lauren sigue tumbada, con los hombros hundidos y la mirada perdida en el techo, jugueteando nerviosa con el borde de la sábana.

—¿Te pasa algo? ¿Estás enferma? Mira que no pienso quedarme aquí metida si vas a pegarme algún virus.

—No, no es eso. Solo que… no puedo dormir.

A ver, nos hemos hecho muy amigas en poco tiempo.

Compartimos cuatro metros cuadrados y, en los cruceros, todo va a contrarreloj; las relaciones se magnifican.

No quiero sonar borde, pero mis rutinas son sagradas.

Mis planes de hoy incluyen cobrarme ese vino prémium como extra por haber soportado a los borrachos de la boda, meterme en el jacuzzi y beber hasta que me floten las ideas.

Ahora mismo, lo último que me apetece es escuchar los dramas de una novata.

—Vale, Lauren… ¿Necesitas algo? —Le enseño la botella mientras la saco del bolso—. Porque lo único que puedo ofrecerte ahora mismo es compartir esto y unas risas entre burbujas. Necesito desconectar. Y, si quieres soltar alguna pena, bueno, con un vino de este nivel seguro que duelen menos.

No sé si por suerte o por desgracia, no hace falta que insista. Me abruma la velocidad con la que salta de la cama, agarra el biquini y me sonríe como si acabase de salvarle la vida.

Nos dirigimos juntas hacia la cubierta de la tripulación. Mientras subimos la escalinata, me confiesa que todavía no ha pisado el jacuzzi de los empleados, así que me ofrezco encantada para realizarle el bautismo oficial: burbujas y un vino italiano de más de trescientos dólares.

En menos de diez minutos ya estamos arriba. La oscuridad del océano nos rodea por todas partes bajo el cielo del Caribe, que parpadea de manera increíble sobre nuestras cabezas, y ambas soltamos un suspiro de puro placer en cuanto el agua caliente nos cubre hasta el cuello.

—Dios, esto es placer absoluto —suspiro, bebiendo un trago y pasándole la botella—. No puedo creer que aún no hubieras venido. Se me pasó iniciarte en los secretos del jacuzzi .

—Es cierto, parece mentira que no haya subido antes.

La miro de reojo. Lauren tiene la vista clavada en el firmamento, hipnotizada por un espectáculo que no me canso de ver y que disfruto siempre que puedo. Afortunadamente, esta noche el espacio es solo para nosotras.

Estamos así unos minutos más: bebiendo, riendo y disfrutando de la calma. Pero sé que no ha venido solo por el vino.

—Bueno, chica —le digo, cambiando el tono—. Venga, suéltalo. ¿Qué te preocupa?

Nos vamos pasando el brunello de mano en mano, bebiendo directamente de la botella.

Solo conozco a Lauren desde hace tres semanas, pero a bordo, conviviendo veinticuatro siete, el tiempo se deforma; esas semanas equivalen a meses en tierra firme y creo que empiezo a conocerla bastante bien.

Está tensa, se le nota en la rigidez de los hombros, y sé de sobra que se muere por desahogarse.

Ahora, con un par de tragos encima, me siento mucho más dispuesta a escucharla.

—Es por Rodrigo...

Me pongo en guardia al instante, aunque intento disimularlo bebiendo un trago largo de vino. Sé que se han estado viendo más de lo aconsejable, pero su tono no presagia nada bueno.

Y Rodrigo…Bueno, Rodrigo es territorio sagrado. Es mi amigo desde hace dos años y, por mucho que Lauren me caiga bien, ella no tiene ninguna posibilidad frente a eso. En este barco, mis lealtades están grabadas a fuego.

—¿Qué pasa con él? —pregunto con cautela, sin apartar la mirada del agua.

—Tú me dijiste que… —empieza a decir, titubeando. Se humedece los labios y se aferra al borde del jacuzzi , como si buscara un ancla—. Bueno, me dijiste que él…

—A ver, Lauren —la corto de inmediato, dejando la botella a un lado—. Antes de que sigas, tienes que entender una cosa. Rodrigo es mi amigo. Lo conozco de hace mucho y…

—No voy a decirte nada malo —me interrumpe ella, clavándome unos ojos brillantes por la luz de las estrellas—. Al contrario. Es solo que… Necesito entender algunas cosas.

—¿Qué cosas?

—Verás, es que conmigo está siendo… no sé, súper romántico. Todo un caballero.

—Espera un momento. —Esta vez soy yo la que frena en seco—. ¿Rodrigo? ¿Romántico?

Me incorporo en el jacuzzi , sorprendida de verdad, pero el bofetón de aire frío en contraste con el calor del agua me obliga a hundirme de nuevo hasta los hombros. Lauren, en cambio, se recuesta contra el borde, mirando al cielo con la sonrisa más bobalicona que le he visto a nadie en la vida.

—Me estuvo hablando de constelaciones —dice, embobada—. Me contó una historia, un mito de marineros y estrellas. El de Orión. Y luego me dijo algo que… Bueno, en realidad no fue solo una cosa. Es lo que me dijo entonces y lo que me ha vuelto a decir hoy.

—Joder, Lauren, ¿qué coño te ha dicho? —protesto, impaciente—. Le estás metiendo demasiado misterio al asunto.

Y la verdad es que mi impaciencia no es solo curiosidad; tiene un matiz mucho más oscuro.

Sé que se han visto varias veces. Que incluso Rodrigo ya no se suele pasar por el crew bar a pesar de las nuevas empleadas que han embarcado en este contrato.

Y claro que me he percatado de las noches que Lauren no ha pisado nuestro camarote.

Pero todo este secretismo me está poniendo de los nervios.

Lauren me arrebata la botella de las manos y le da un trago largo, casi desesperado.

—De acuerdo, ahí va. Esta noche, justo al terminar la boda, me ha dicho algo —suelta volviéndose hacia mí, con los nervios a flor de piel—. Ha sido jodidamente intenso y no sé cómo tomármelo porque…

—¿Qué te ha dicho?

—Me ha preguntado qué pienso del matrimonio.

—A ver, eso es una pregunta de lo más normal.

Como quien te pregunta qué te pareció el simulacro de salvamento de los domingos.

No tiene tanta importancia, Lauren, o es que…

—Me detengo en seco y suelto una carcajada limpia—.

Espera. No estarás pensando que Rodrigo te estaba ofreciendo un anillo, ¿verdad?

—No, no. No es eso. Pero… me estoy enamorando de él, Callie. Y creo que él también está sintiendo lo mismo.

Trago saliva. Me quedo seria, procesando toda esta información y pensando mucho mis siguientes palabras.

—¿Enamorada? —repito—. Solo os conocéis un par de semanas.

—Tres semanas —me corrige—. Lo sé, es muy poco tiempo y por eso quería preguntarte. Tú conoces a Rodrigo y no sé. Estoy hecha un lío.

—Lauren, escúchame bien. Eso que me cuentas es un error de novata y debes saber algo.

—La miro a los ojos, intentando sonar lo más seria posible—.

No eres la primera chica que Rodrigo se sube a la cubierta del barco, le enseña las estrellas y le hace sentir especial.

Y te lo aseguro, —digo haciendo una pausa—. no vas a ser la última.