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Callie
Si algo bueno tiene este día de mierda, es que la cubierta de la tripulación está desierta.
Y, joder, no me extraña. Después de pasarse doce horas limpiando vómitos, haciendo de camareros de urgencia y de enfermeros improvisados, a nadie con dos dedos de frente le apetece subir aquí.
La mayoría del personal de a bordo está recluida en sus camarotes, rezando para que mañana la puta intoxicación nos dé un respiro antes de tocar Galveston.
Eso nos deja el jacuzzi libre para nosotros tres. Un lujo que a bordo de este barco rara vez ocurre y, cuando pasa, hay que aprovecharlo.
Adam y yo hemos ejercido de niñeros la mayor parte del tiempo, realizando tareas que no entran en nuestras obligaciones ni de lejos. Pero hoy tocaba arrimar el hombro o hundirse con el barco, pasajeros y tripulación incluidos.
Los críos no probaron las malditas ostras, pero el reflejo de imitación lo tienen intacto, así que de tanto ver a sus padres vomitar, se les despertaba la arcada a la mínima.
Y yo soy cantante, joder. No firmé este contrato para hacer un curso de guardería ni de animación infantil. A los veinte minutos de encadenar canciones del Cantajuegos , he estado a punto de tirarme literalmente por la borda.
La pobre Lauren se abraza a las rodillas en cuanto subimos, hecha un ovillo sobre la tumbona. Adam, en cambio, pasa de protocolos: se queda en calzoncillos en tres segundos y se mete en el agua.
Este chico tiene unos abdominales de infarto y esa seguridad insultante del que vive y trabaja todo el puto día en bañador. Yo ya los he probado otras noches y confirmo que están tan duros como aparentan.
Lauren deja escapar un suspiro de agotamiento mientras le da un trago a la botella de vino robada, y yo…
Bueno, yo no soy de las que se hace de rogar.
Me quito el vestido y el sujetador, y me meto en el jacuzzi con Adam llevando solo las bragas.
El choque del agua cálida contra la piel me hace gemir de puro placer.
—¿En serio? ¿Os podéis cortar un poco? —protesta Lauren cuando nos ve reír y chapotear demasiado cerca.
—No seas mojigata, texana —le suelto sin mirarla y flotando hacia Adam para colgarme de sus bíceps—. No vamos a hacer nada que te vaya a dejar traumatizada. ¿A que no, guapo?
—No soy tan inocente como pensáis, ¿sabes? —protesta mi amiga, picada.
Eso hace que tanto Adam como yo nos giremos al instante, rodeados de burbujas.
—¿Ah, no? Pues dinos algo que nos haga cambiar de opinión —se interesa el socorrista, apoyando los brazos en el borde—. Ya sabes que lo que se cuenta en la cubierta de tripulación, se queda en el jacuzzi .
—No pienso contaros una mierda. Pásame la botella, anda —dice ella, acercándose al borde para quitármela de las manos.
A mí me queda claro que Lauren no tiene un pelo de inocente.
Nadie sobrevive intacta si se pasa el día lidiando con pasajeros de primera que actúan como si hubieran comprado el barco entero.
En estos tres meses compartiendo camarote me ha soltado más de un secreto, pero qué le voy a hacer: me divierte sacarla de quicio. No lo puedo evitar.
—¿Habéis visto la cara de Dupont esta tarde? —suelto, cambiando de tercio—. Parecía un muerto viviente de película gore de sobremesa. El puto estirado francés apenas podía darnos instrucciones sin que le dieran las ganas de vomitar.
—Y tanto —coincide Adam con una sonrisa gamberra—. A los dos ingenieros de máquinas que les he llevado el suero esta mañana les salía la mierda por las orejas. Parecían dos malditos moribundos a punto de recibir la extremaunción.
—No seáis bordes —pide Lauren, aunque muerde el borde de la botella para no sonreír—. Florencia estaba fatal también, no deberíamos reírnos. Lo están pasando realmente mal.
—En los casi tres años que llevo cantando en el Meridian, nunca habíamos tenido una crisis así —les cuento, haciendo memoria mientras le arrebato el vino a Lauren de los labios—. Aunque, Adam… ¿Te acuerdas del virus del año pasado? Aquello sí que fue la jungla.
El chico echa la cabeza hacia atrás, apoyándola en el revestimiento de fibra de vidrio mientras los chorros de agua caliente le golpean los pectorales.
—¿El año pasado? Qué va, si solo llevo nueve meses en el Meridian.
—¡Es cierto! Pues menos mal que te destinaron aquí, porque has subido el nivel estético de la tripulación una barbaridad —le suelto acercándome con mi mejor sonrisa pícara.
Me deslizo por el agua hasta quedar pegada a él. Le paso la palma de la mano por el pecho, dejando que mis dedos caminen despacio por la boca del estómago antes de hundirse en la línea de sus abdominales.
—Callie. Si vais a follar ahí dentro, me largo —advierte Lauren, demasiado seria.
Y, aunque solo nos conocemos tres meses, sé cuándo mi amiga no está para tonterías.
—¿Sabes cuál es tu puto problema? —Me incorporo, salpicando agua, y la señalo con el cuello de la botella—. Que te colgaste enseguida de un tío. Y a bordo… A bordo esa es la primera regla que jamás se rompe.
—Exacto. Te estás perdiendo lo único bueno que tiene firmar con esta naviera —me secunda Adam—. Y lo mejor de trabajar en un crucero.
Veo a Lauren suspirar y me compadezco. Entonces le doy un codazo con disimulo a Adam para no meternos demasiado con ella.
—Pero bueno, ¿cómo lo llevas? —le pregunto, suavizando el tono y tendiéndole el vino—. La tensión que tenéis en el pasillo es tan bestia que se puede cortar con un cuchillo.
—Lo llevamos, simplemente —suelta Lauren, esquivando el tema.
—Pues no será porque no te lo advertí desde la primera semana.
Te lo dije muy clarito: aquí no puedes enamorarte de nadie —insisto, reafirmando mi teoría—.
La vida en un crucero es un paréntesis. Las relaciones son efímeras, nacen con fecha de caducidad impresa en el contrato.
Liarte en exclusiva con alguien es una pérdida de tiempo y de salud. ¿Verdad, Adam?
El socorrista sonríe, entornado los ojos mientras bebe. Me guiña un ojo a mí y luego le lanza una mirada cargada de intención a Lauren.
—Tiene toda la razón, guapa. Yo llevo nueve meses en este barco y creo que… Joder, Callie, creo que contigo es con la única que he repetido más de dos noches.
—Exacto. Porque nosotros sabemos a lo que venimos. El amor a bordo es un deporte de riesgo; hay que tomárselo de otra manera o te destruye.
—Además, somos demasiado jóvenes para amargarnos —añade él—. Yo me largo en cuanto finalice este contrato. En cuanto entregue el uniforme, ya sabes, me busco un resort en el Caribe lleno de mujeres ricas de vacaciones que me paguen las copas.
—Qué uniforme, si tu uniforme es un bañador y una boya —masculla Lauren desde la tumbona.
Me incorporo otra vez en el jacuzzi , olvidándome de todo lo demás, y el contraste del viento frío contra la piel mojada me hace tiritar y volver a sumergirme de inmediato hasta el cuello.
Luego me pego a su espalda, apoyando la nuca en su hombro mojado mientras le cojo las manos y las apoyo en mi pecho.
—¿Cómo que te vas? Joder, pues te echaré muchísimo de menos —le digo, ronroneando contra su piel, antes de ladear la cabeza hacia la tumbona—. ¿A que es jodidamente guapo, Lauren?
Mi amiga nos mira desde el borde, fuera del agua. Agarra la botella otra vez, le pega un trago largo y se la devuelve a Adam.
—Sí. Claro que lo es. Es un chico guapísimo.
La combinación del vino barato y la madrugada empieza a distorsionar las esquinas de la realidad.
El Golfo de México es una balsa de aceite negro, una masa de agua tan oscura y densa que parece devorar el horizonte, fundiéndose con un cielo cuajado de estrellas que, esta noche, parpadean solo para nosotros.
El contraste del viento helado de alta mar contra el agua caliente crea como una especie de neblina. El vapor flota sobre el jacuzzi y nos aísla del resto del barco. Nos envuelve en una atmósfera clandestina y jodidamente sexy .
El ronroneo constante de los motores vibra bajo nosotros como un latido mecánico que te invita a apagar la cabeza y dejarte llevar.
—Entonces, ¿qué os parece si los tres…? —propone Adam, soltando el anzuelo de forma deliberada—. Podríamos divertirnos un rato, ya sabéis. Romper la rutina. ¿Tú qué dices, Callie? ¿Te apetece?
La pregunta me pilla completamente desprevenida.
A ver, joder, yo no soy ninguna santa ni le rindo cuentas a nadie. Tengo veintisiete años y colecciono batallas, pero siempre juego en pareja. Jamás he hecho un trío, y mucho menos metiendo a otra mujer en la ecuación.
Miro a Lauren, que nos observa desde el borde, cruzada de brazos, con una ceja alzada y esa media sonrisa de incredulidad mientras niega despacio con la cabeza. Está a mil kilómetros de nosotros.
—Adam, creo que ni siquiera deberías haber abierto esa boca —le digo, dándole un manotazo suave en el agua para cortar el rollo—. Está claro que la texana no está por la labor.
Me jode ver así a mi amiga. Pero como le he dicho, enamorarse de alguien en este barco es una muy mala idea.
Es una de las primeras cosas que le expliqué, pero haciendo memoria, no debió quedarle muy claro.