Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 38
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Lauren

La llamada de Florencia me ha devuelto a la realidad de golpe. Al menos he podido descansar unas horas seguidas, pero haberme cruzado con Rodrigo en el pasillo me ha dejado mal el cuerpo. No me venía nada bien verlo ahora.

Me dirijo a la oficina de mi departamento, la de Recursos Humanos. Florencia está sentada detrás de su escritorio y se la ve realmente demacrada; se nota que la intoxicación le ha metido una paliza tremenda.

Parece haber adelgazado varios kilos en un día, ha perdido ese brillo malicioso en la mirada y sus mejillas tienen un tono blanco mortecino que echa para atrás.

Sentada en la mesa, completamente desbordada, los formularios de quejas, los partes médicos y las reclamaciones del pasaje forman una montaña invisible que parece aplastarla contra el respaldo de la silla.

Se la ve minúscula y, aun así, en cuanto empieza a soltar órdenes, recupera la forma.

Estos dos días habrá vomitado hasta la bilis, pero el veneno lo sigue escupiendo igual.

En esta ocasión, la entiendo perfectamente.

No se trata solo del dinero de unas vacaciones estropeadas o de los días encerrados con cólicos y vómitos; es que hay cosas que no se compensan con una simple transferencia de la naviera.

Para muchos de los que viajaban a bordo, este crucero no era un capricho de fin de semana, sino el fruto de años de sacrificios y de ahorrar cada céntimo.

Las ilusiones rotas de una boda cancelada, el esfuerzo acumulado para permitirse algo así...

Lidiar con todo ese desastre emocional y técnico cuando lleguemos a tierra va a ser una auténtica pesadilla para los directivos, pero ahora mismo los únicos que damos la cara ante los pasajeros somos nosotros.

—¿En qué quedó la boda de los canadienses? —me pregunta, sacándome de mis pensamientos.

—Entre el oficial Alana y yo conseguimos contener a la madre de la novia —respondo—. Pero las demandas van a tener varios ceros. Esa señora es abogada en Canadá y…

—Vale, vale —me corta, tragando saliva para frenar una náusea—. Has coordinado bien esto en mi ausencia.

La hostia. ¿Eso ha sido un puto cumplido? Desde luego, no me lo esperaba.

—Gracias. Intentamos hacer todo lo posible. Tanisha, Miriam y yo, aunque…

—Sí, sí…—me interrumpe sujetándose la cabeza—. Bueno, mañana de madrugada atracaremos en Galveston. Conoces el protocolo de desembarque en crisis, ¿verdad?

—Perfectamente.

—Mejor, porque no sé si estaré en condiciones. Espero recuperarme, pero…

No llega a terminar la frase. Se lleva la mano a la boca, se levanta de golpe y sale corriendo hacia el aseo privado del despacho.

Me echo hacia atrás. No sé ni cómo aguanto el tipo sin echarlo todo yo también; supongo que mi olfato ya se ha inmunizado al tufo agrio a vómito y desinfectante de las últimas veinticuatro horas. Al otro lado de la puerta se escucha la cisterna y el grifo abierto a fondo.

—¿Te puedo ayudar en algo? —le grito.

—No, vete. Solo necesito descansar. Y yo de ti haría lo mismo. Mañana te va a tocar coordinarlo todo junto a Miriam y Tanisha, incluyendo la atención al pasaje. En cuanto la gente se recupere, se nos va a acumular el trabajo. Reclamaciones, quejas y papeleo... Y yo… No sé cómo estaré.

Al otro lado se oye su voz entre arcadas, seguidas de inmediato por el chorro de la cisterna.

Me quedo parada un segundo, escuchándola toser con desesperación y, de golpe, todo resentimiento hacia ella se evapora.

No quiero ni imaginarme el cuadro que hay ahí dentro.

Por mucho que me cueste admitirlo, al final hasta me da lástima.

—No te preocupes. Estoy preparada.

Mentira. No lo estoy en absoluto.

Dejo a Florencia a lo suyo y bajo al crew mess a buscar algo frío que beber. Allí me encuentro a Callie tonteando con Adam en una de las mesas del fondo. En cuanto asomo, mi amiga me sonríe de reojo y saca una botella de vino de una bolsa de tela.

—Vamos a cubierta —propone en un susurro—. He cogido prestado esto del catering de la boda. Con la que hay liada a bordo, nadie la va a echar de menos.

—¡Callie! ¿Prestado? —le recrimino, indignada—. Eso es…

—Ni se te ocurra decir que es robar. Solo es justicia poética —me interrumpe ella con un guiño—. Bastante hemos aguantado ya. Vamos a secar esta botella antes de que los canadienses se despierten a reclamar.

—Yo ya llevo el sacacorchos en el bolsillo —añade Adam, levantándose con una sonrisa.

Me enseña el abridor con disimulo, haciéndolo girar entre los dedos.

Yo dudo unos instantes, mirando la silueta de la botella de vino bajo la bolsa de tela.

Pero entonces me viene a la cabeza todo lo que hemos tenido que tragar estas últimas veinticuatro horas.

Hemos hecho de personal de limpieza, de improvisados niñeros y de sacos de boxeo, recibiendo todos los golpes de los pasajeros enfadados.

Me acuerdo de la señora Tremblay, la madre de la novia canadiense, y de cómo he tenido que aguantar sus gritos, sus aspavientos y sus amenazas de demandar a toda la naviera porque la boda se había cancelado y su hija y la mitad de los invitados estaban en el camarote doblados por los cólicos de las ostras.

¿Qué es «tomar prestada» una botella de vino en comparación con todo el infierno que he tenido que soportarle a esa mujer?

Que la jodan.

—Vale, me habéis convencido —suspiro, acercándome de puntillas a su mesa—. Pero si nos pillan, la culpa es vuestra.

Callie intenta disimular la risa y me pasa la bolsa de tela con un apretón cómplice en el brazo.

Los tres salimos del crew mess en silencio, esquivando el pasillo principal con cuidado, directos hacia la escalera que lleva a cubierta.

La brisa salada de la noche nos da en pleno rostro nada más abrir la puerta pesada, barriendo por fin el persistente olor a encierro y desinfectante del interior.

Y mientras caminamos hacia la oscuridad de popa, escuchando el agua rompiendo contra el casco, por fin me parece que puedo respirar.