Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 37
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Rodrigo

Los motores del Meridian rugen a máxima potencia.

La vibración es distinta. Acostumbrados a una travesía calmada, forzar las máquinas para que el barco navegue a toda velocidad provoca un zumbido extraño que se cuela directo en el puente de mando.

Llevo ya casi veinticuatro horas de guardia y el cansancio empieza a pasarme factura.

Me pican los ojos. El café de filtro de aquí arriba ya no me sabe a nada y ha dejado de hacerme efecto hace horas. Los chicos del timón no están mucho mejor; hace rato que la conversación murió entre nosotros. Todos compartimos un silencio de puro agotamiento.

Miro las pantallas de navegación. Dejar atrás la costa de Roatán y cancelar la escala va a traer problemas.

A la naviera, sobre todo, cuando toque aflojar la cartera para indemnizar al pasaje.

Pienso especialmente en los canadienses y en el desastre de su boda cancelada.

Por suerte, el Golfo de México nos recibe con un mar relativamente tranquilo, lo cual es un milagro; lo último que necesitarían los pasajeros ahora mismo es que el barco cabecee mientras intentan no deshidratarse encerrados en sus camarotes.

El teléfono del mamparo rompe el silencio. Me acerco y descuelgo al primer tono.

—Puente de mando, oficial Alana.

—Rodrigo, soy Price. —La voz del capitán suena pastosa, pero notablemente más firme que ayer—. Informe de la situación.

—Mantenemos rumbo norte, veintidós nudos de velocidad de crucero —respondo, forzando la voz para no sonar tan destrozado como me encuentro—. Si el viento sigue a favor, avistaremos la costa de Texas mañana de madrugada. ¿Cómo se encuentra, señor?

—Mucho mejor, Rodrigo —responde con una exhalación—. Al menos ya no tengo que correr al baño cada quince minutos. Norton también está bastante recuperado. En diez minutos subimos al puente para relevarte.

—No es necesario, capitán, puedo aguantar un par de horas más hasta el siguiente reporte.

—Es una orden, Rodrigo. Llevas demasiadas horas al timón y te necesito lúcido para la maniobra de atraque en Galveston.

Además, acabo de hablar con el hospital de a bordo.

El doctor Karas ya se ha incorporado para echarle una mano al pobre Sherman, que estaba desbordado. Las cosas empiezan a normalizarse.

—Entendido, señor.

A los diez minutos, tal y como ha prometido, el capitán, entra en el puente acompañado de Norton.

Ambos están pálidos, con las ojeras marcadas a fuego.

Por un momento me compadezco de los dos, sobre todo de Norton, que parece sacado de una película de terror.

Se le ve ridículo, flotando dentro del uniforme.

Está claro que el viejo ha tenido que arrastrarlo para sacarlo del camarote.

No me sorprende; Norton es de los que estiran las bajas médicas lo máximo posible y le importa una mierda que los demás tengamos que comernos sus guardias.

Me despido de ellos y salgo del puente con el único objetivo de llegar a mi camarote. Solo quiero cerrar los ojos más de cinco minutos seguidos.

Por el camino, justo antes de llegar a la zona de alojamiento de la tripulación, me encuentro con ella.

Lauren sale de su camarote, cerrando la puerta a sus espaldas con cuidado.

Al contrario que yo, se nota que ella ya ha podido rascar unas horas de sueño; lleva el uniforme limpio, el pelo recogido de forma impecable y esa expresión de quien se está mentalizando para lo que viene.

Yo, en cambio, debo de tener un aspecto horrible, porque es exactamente así como me siento.

En cuanto escucha mis pasos, se gira. Nos quedamos mirándonos en silencio. Son apenas unos segundos que parecen en realidad una confesión en toda regla.

—Yo… iba a… —dice ella, dudando. Mira hacia los lados, evitando mis ojos—. Florencia me ha llamado. Supongo que tiene preparada una lista de tareas que no puedo eludir.

—No te he preguntado nada. No tienes que darme explicaciones.

—Ya, pero no quiero que pienses que me estoy escaqueando o…

—Lauren, no pienso eso en absoluto.

—Ya, bueno, recuerda que dijiste que en el Meridian dejaban entrar a cualquiera…

Otra vez. Está claro que esto no tiene arreglo. Ni siquiera aunque intente ser amable o dejar atrás el orgullo herido. Lo peor es que esas palabras las dije yo, no puedo negarlo, y supongo que me merezco su desprecio.

—Lauren, me voy a dormir —la interrumpo, dando un paso hacia ella—. Llevo más de veinticuatro horas sin cerrar los ojos y no estoy para aguantar esta mierda.

Paso por su lado sin volver a mirarla. No me quedan fuerzas para discutir y queda claro que ese muro que hemos levantado no tiene ninguna intención de caerse por sí solo. Ninguno de los dos va a dar el brazo a torcer, y menos ahora.

Y es una putada, porque cada vez que la tengo cerca, su olor me trae de vuelta unos sentimientos que creía tener bien enterrados.