Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 36
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Ceremonia de nupcias a bordo

Ceremonia de Nupcias a Bordo ( At-Sea Wedding Program ): Protocolo oficial regulado por la naviera mediante el cual el capitán —o un oficial delegado— oficia matrimonios legales en aguas internacionales.

El procedimiento exige coordinar a varios departamentos para recrear una estampa idílica y vender la ilusión del amor eterno en alta mar.

Sin embargo, los manuales de la tripulación omiten la advertencia más importante: en un entorno tan inestable como un barco, comprometerse a ciegas o romper las normas del uniforme suele terminar siempre en naufragio.

—¡Ese arco no está centrado! Lauren, si los novios salen torcidos en las fotos oficiales juro que te paso la reclamación a ti. ¡Cinco centímetros a la derecha ya!

La voz de Florencia me taladra el tímpano por encima del viento.

Va de un lado a otro de la cubierta con la tablet en la mano, repartiendo órdenes a las chicas de Atención al Cliente como si estuviéramos en un campamento militar en lugar de un crucero de lujo.

Nos tiene firmes, controlando hasta el último lazo de las sillas de madera.

Es una dictadora nata, incapaz de delegar sin amenazar con un informe negativo.

A su lado, Julian Dupont se mueve con una energía desbordante para sus cincuenta años. Coordina su parte con un ojo clínico: recoloca los centros de hortensias y rosas, y le da un golpe en la mano a un camarero que pretendía dejar las copas de champán antes de tiempo.

—Ni se te ocurra, mon cher —sisea Dupont con su marcado acento francés—. El champán se sirve cuando el capitán diga «puede besar a la novia», no antes. La burbuja tiene que estar viva, como el amor. ¡Venga, muévete!

A pesar de los gritos de Florencia, el escenario que hemos montado en la cubierta superior de popa es espectacular.

El sol del Caribe está empezando a caer, tiñendo el océano de un naranja encendido y un rosa violáceo que parece irreal.

La brisa es cálida, arrastra el olor a salitre y hace ondear las telas blancas del altar con suavidad.

Los invitados, un grupo selecto de unas treinta personas vestidas de lino claro, van ocupando sus asientos.

En primera fila, un niño de unos nueve años, con un traje de pantalón corto y una pajarita azul marino que le queda enorme, se balancea sobre los talones mientras sujeta con fuerza el cojín de terciopelo con las arras.

De pronto, un violín en directo empieza a sonar.

Los novios hacen el pequeño paseo hasta la posición del capitán, que los espera con un pequeño manual abierto entre las manos. A su lado, Rodrigo me mira, impecable con su traje de gala.

No es una mirada cualquiera. Le hago un gesto rápido con los ojos señalando hacia el violinista, buscando nuestra broma interna sobre el cuarteto que tocaba en la película del Titanic .

Pero él no sonríe. No responde a mi burla y sigue mirándome, serio, concentrado, como si fuera la única persona en toda la cubierta.

Por un momento me siento intimidada.

Todavía tengo sus palabras de anoche grabadas a fuego en la cabeza. La forma en que me rodeó con los brazos mientras me explicaba las constelaciones en la cubierta de proa, y el roce de sus labios en mi cuello cuando me susurró que yo era sus pléyades.

Casi no me entero de la ceremonia. El capitán Price oficia la renovación de las bodas de plata de la pareja en un barrido de palabras solemnes, aplausos de los invitados y el tintineo de las copas de champán que Dupont reparte con la soltura de quien lleva media vida haciendo equilibrios en alta mar.

Los novios se besan, la gente se emociona y nosotras nos ponemos a recoger de inmediato bajo la mirada de halcón de Florencia, que ya nos está metiendo prisa para despejar la cubierta.

Los pasajeros se marchan para continuar la celebración, y el capitán, Florencia y Dupont los acompañan entre halagos y sonrisas que sé que son completamente impostadas.

Puro protocolo para hacer caja con una ceremonia que, en el fondo, es un paripé de la naviera; aunque he de reconocer que ha sido bonita.

Romántica, a su manera.

Estoy doblando una de las últimas telas cuando noto unos pasos detrás de mí. Rodrigo se acerca, me coge suavemente del brazo y me guía un par de metros, apartándome del paso del resto de la tripulación.

—¿Qué te ha parecido tu primera boda a bordo? —me pregunta, serio, aunque hay un brillo distinto en sus ojos—. ¿De qué te reías antes?

Joder. Yo creyendo que me había pillado la broma a la primera, pero parece ser que Rodrigo se toma muy en serio esto de los enlaces oficiales.

—Ya sabes, Titanic … El cuarteto que toca mientras el barco se hunde.

Solo entonces, la tensión de sus facciones se relaja y aparece una tímida sonrisa.

—No debí contarte esa historia —murmura, dando un paso más hacia mí—. Aprovechas cada ocasión para meterte conmigo, Lauren.

—No me meto contigo, tonto…

Antes de que pueda terminar la frase, Rodrigo me arrastra hacia el hueco de la escalera de servicio, completamente fuera de las miradas de los que siguen recogiendo, y me acorrala contra el mamparo de metal.

Me besa con una urgencia que me deja sin aire, presionando su cuerpo contra el mío de una forma que me hace olvidar dónde estamos.

—Rodrigo… —consigo decir entre bocanadas de aire cuando sus labios se trasladan a mi cuello, justo en el mismo punto que me quemaba anoche—. Debería estar ayudando a las chicas a limpiar la cubierta…

—No importa —responde con la voz ronca, sin dejar de besarme la piel—. Te relevo de ese trabajo.

—¡No puedes hacer eso! —exclamo, intentando sonar indignada, aunque las manos se me van solas a sus hombros—. Además, no quiero empezar con mal pie ni llevarme mal con mis compañeras. Y…

—Por nosotras no te preocupes —escucho decir a Miriam, que pasa justo por el pasillo exterior cargando con una bandeja de copas vacías—. Disfruta tú que puedes, guapa.

Mierda. Lo que me faltaba.

Sé de sobra que en el barco la gente ya sospecha de lo nuestro, pero una cosa es que sospechen y otra muy distinta es airearlo delante de todo el departamento de Atención al Cliente.

Rodrigo se separa apenas unos centímetros, me mira con una sonrisa de suficiencia y me guiña un ojo.

—¿Lo ves? Nos dan permiso.

—Qué remedio… —resoplo, aunque no puedo evitar sonreír mientras me coloco un mechón de pelo detrás de la oreja.

Rodrigo no se mueve. Sigue con las manos apoyadas en el mamparo, a cada lado de mi cabeza, manteniéndome encerrada en su espacio. Su mirada vuelve a ponerse seria, pero de esa forma intensa que me acelera el pulso.

—No me has dicho lo que te ha parecido la ceremonia.

—Pues ya sabes, ha sido bonito. Muy idílico todo.

—¿Pero? —detecta mi tono al vuelo.

—Pero esto no es válido, ¿no? —pregunto, cruzándome de brazos—. Quiero decir, que es precioso para las fotos, pero en realidad es solo un paripé de la naviera para cobrarles un extra. El capitán no tiene poder real para casar a nadie.

Rodrigo suelta una risita y niega con la cabeza, mirándome como si fuera una alumna adorable pero completamente despistada.

—Te equivocas, Lauren. Es totalmente válido.

—Venga ya, Rodrigo. Eso es un mito de las películas. Ningún capitán de barco puede oficiar un matrimonio legal.

—En un barco español o estadounidense en aguas nacionales, no.

Pero el Meridian no ondea esas banderas —explica, inclinándose un poco más hacia mí, disfrutando de llevarme la contraria—.

Este barco tiene bandera de conveniencia de las Bahamas, y estamos en aguas internacionales.

Según el derecho marítimo y las leyes de Nassau, el capitán Price está plenamente facultado para oficiar matrimonios legales a bordo.

Me quedo mirándolo, parpadeando, tratando de procesar el dato.

—¿Me estás diciendo que esa pareja de mediana edad ha firmado papeles de verdad?

—Totalmente. Yo mismo he firmado como testigo oficial en el libro de registro —dice, dándole un toque con el dedo a mi nariz—.

Esos documentos se envían directamente al registro civil de las Bahamas en cuanto toquemos puerto, y de ahí se convalidan en su país.

Así que, de paripé nada. Es un contrato vinculante.

—Vaya —Me quedo un momento en silencio, mirándolo—. Así que te lo tomas muy en serio.

—Es lo que más me gusta de este trabajo —admite, y por un segundo deja a un lado esa fachada de oficial rígido para volver a ser el Rodrigo de anoche—.

Cuando la gente decide casarse o renovar sus votos a bordo.

Firmar algo así en mitad de la nada, donde solo importa el barco y el océano… Me parece lo más real del mundo.

Lo miro de frente, un poco abrumada por la intensidad con la que me habla. Para mí esto es solo un trámite estresante que nos hace correr de un lado a otro para cumplir el expediente; para él, significa otra cosa.

—Eres un romántico empedernido, oficial Alana —le provoco a media voz, intentando rebajar un poco el momento—. No me digas que eres de los que sueñan con casarse.

Rodrigo sonríe de lado, pero la diversión se le borra de la cara casi de inmediato. Se inclina un poco más, acorralándome con suavidad, y me mira con una atención tan absoluta que me corta la respiración.

—¿Y por qué no? —Su voz baja un tono, volviéndose peligrosamente íntima—. ¿Tú no crees en eso, Lauren? ¿En el matrimonio? ¿En el amor para toda la vida?

Me quedo helada. No es la típica pregunta estúpida para pasar el rato mientras terminamos la guardia; me está mirando de una forma que me deja claro que necesita saber si los dos jugamos a lo mismo.

Va jodidamente rápido, mucho más de lo que soy capaz de procesar, y esa seguridad suya me asusta tanto como me atrae.

Trago saliva, atrapada entre sus brazos y el metal de la pared.

—No sé… Supongo que nunca me lo había planteado así —consigo decir, desviando la vista un segundo—. En este trabajo todo parece tan efímero, tan de paso…

Rodrigo me toca la barbilla con los dedos, obligándome a volver a mirarlo. No hay rastro de duda en su cara; solo una determinación absoluta y yo siento vértigo solo de pensarlo. Pero al mismo tiempo, no puedo dejar de sonreír.